Actores en pie de lucha

Millones de seres humanos se han movilizado en las últimas décadas en el continente americano. La grave situación en la que les ha sumido la economía de este fin de milenio ha hecho surgir propuestas de acción colectiva muy diversas y algunas de ellas con un alto grado de organización, fuerte presencia mediática y capacidad de presión frente a los respectivos gobiernos. Pero las razones de la protesta han ido mucho más allá de la gravedad del contexto económico.

Así, han emergido voces de mujeres desde plataformas feministas que luchan contra la opresión del patriarcado y por la consecución de sus derechos en igualdad. Junto a la reivindicación de un espacio político propio en cada nación, las comunidades indígenas han desarrollado una propuesta identitaria de raíz cultural e histórica, que una y otra vez ha logrado reinventarse a lo largo de los siglos y que en tiempos recientes se ha unido al tradicional reclamo por la tierra. Ello implica enfrentar la creciente actividad extractivista de empresas multinacionales que operan con el permiso de los gobiernos.

Al mismo tiempo, poblaciones desplazadas de sus lugares de origen y orientadas hacia el extrarradio pobre de las ciudades han logrado conformar movimientos unificados de  reivindicación territorial, de derechos sociales y sobre la actividad productiva cotidiana, en clave comunitaria y redistributiva, frente a los poderes políticos locales o nacionales. Jóvenes, obreros, desempleados, campesinos despojados de sus modos de vida… el elenco de actores que se ha involucrado en las marchas, protestas, caceroladas, piquetes, huelgas, y otras muchas formas de movilización, antiguas y novedosas, es amplio y variopinto. Desarrollaremos algunas de sus principales características.

Para empezar, históricamente los movimientos sociales han sido claves en la oposición a las dictaduras latinoamericanas y en los procesos de transición a la democracia. En los últimos cincuenta años su presencia ha sido una constante en el escenario político y social del continente así algunos hayan cambiado sustancialmente, otros hayan desaparecido y otros tantos nuevos hayan surgido. Para Marisa Revilla, las luchas de este período reciente de la historia de América Latina han producido una concepción alternativa de ciudadanía (2010, 53-54), capaz de incidir en la política.

Confirman los estudios clásicos de los movimientos sociales que décadas atrás insistían en que no se puede interpretar la vida política de un país o una región sin dirigir la mirada hacia las protestas y movilizaciones de miles de personas anónimas (MacAdam, Mcarthy y Zald 1999). En este sentido, el último informe del Latinobarómetro llamaba la atención sobre el aumento de la participación ciudadana: “La diferencia con el pasado, entre los que han tenido hambre siempre, es que ahora salen a la calle a protestar, mientras que antes eran pasivos. Es la participación de un amplio espectro de ciudadanos antes pasivos lo que hace cambiar la faz de la región” (2016: 71).

Una tendencia común a buena parte de los movimientos sociales y populares de las últimas décadas es su territorialización, es decir “su arraigo en espacios físicos recuperados o conquistados a través de largas luchas”, en palabras de Raúl Zibechi (2007:22-23). Si bien el arraigo territorial tomó forma en el medio rural (Sin Tierra brasileños, indígenas ecuatorianos, indios lacandones y otros), se impuso también en los desocupados urbanos, quienes crearon asentamientos en las periferias de las ciudades mediante la ocupación de terrenos y la creación de formas de producción y reproducción de la vida (los piqueteros argentinos, por ejemplo).

La presencia masiva de las mujeres en las organizaciones sociales ha modificado profundamente los rasgos más patriarcales de las mismas. Asociaciones feministas que interactúan con movimientos de mujeres no necesariamente definidos como tales, y con organizaciones populares mixtas se han expandido por toda América Latina, y conforman un universo socialmente muy diverso “[…] en el feminismo indígena, negro o de los barrios latinoamericanos emergen crecientes demandas de despatriarcalización, se desarrolla una renovada pedagogía feminista y se ponen en cuestión las propias jerarquías de las organizaciones” afirma Claudia Korol (2016:142). Mujeres indias se desempeñan como diputadas, comandantes y dirigentes sociales y políticas. Campesinas y piqueteras ocupan lugares destacados en sus organizaciones. Todo ello revela unas nuevas relaciones entre géneros: la presencia de mujeres y niños es fuerte en las actividades vinculadas a la subsistencia; son aglutinadoras de las relaciones familiares cuando los hombres están ausentes (en áreas migratorias) y aseguradoras de los vínculos de continuidad y unidad comunitarias.

Las organizaciones sociales en general han buscado asegurar su autonomía material y simbólica respecto de los Estados y los partidos políticos. Han trabajado también por reafirmar la cultura y la identidad de sus pueblos y sectores sociales. Junto a las diferencias de género se han consolidado, pues, los componentes étnicos, sobre todo en los movimientos indígenas (Rodríguez Mir 2008). Han luchado para ello por la profundización de la escolarización y la educación de los sectores populares que los conforman. La auto-organización educativa ha sido objetivo básico en muchos movimientos (ejemplo de ello son las universidades indígenas en diversos países o las escuelas de los Sin Tierra brasileños) (Zibechi 2007:24). Además, nuevos escenarios de las protestas han emergido en las últimas décadas gracias a las redes sociales e Internet, espacios cada día más importantes para las acciones de los movimientos sociales, sin necesidad de líderes visibles pues todos los participantes tienen su propia voz, con una alta capacidad para realizar convocatorias y de auto representarse; prueba de ello fue la movilización del #YoSoy132 en México (Rovira 2014).

El inmediatismo de las redes sociales y de Internet, según el Latinobarómetro, muestra descarnadamente un nuevo sentido del tiempo “donde el pasado parece no existir” (2016:7). La aceleración del tiempo histórico —que hace que las noticias pierdan vigencia enseguida pero que la política no se adapte a la misma velocidad— genera impaciencia y frustración y ha transformado los movimientos sociales, que ya no están dispuestos a tolerar esperas ante problemas concretos que exigen soluciones concretas.

Las organizaciones, finalmente, están sometidas a debates profundos que afectan a múltiples factores como su actitud hacia los Estados, gobiernos y partidos, sus formas de organización y liderazgo, su expansión más allá del territorio y la horizontalidad de las bases frente a las formas confederadas más amplias y complejas. Se requieren aún buenas dosis de ingenio y creatividad, tantas como de paciencia y perseverancia, para reafirmar la presencia de la gente en movimiento en la región latinoamericana.

Bibliografía

Corporación Latinobarómetro (2017), Informe de 2016. El declive de la democracia. Santiago de Chile: CAF, IDB.

Korol, Claudia (2016). “Feminismos populares. Las brujas necesarias en los tiempos de cólera”. Nueva Sociedad 265: 142-152.

MacAdam, D., Mcarthy, J. y Zald, M. (1999). Movimientos sociales: perspectivas comparadas. Madrid: Istmo.

Revilla Blanco, Marisa (2010). “América Latina y los movimientos sociales: el presente de la ‘rebelión del coro’”. Nueva sociedad 227: 51-67.

Rodríguez Mir, Javier (2008). “Los movimientos indígenas en América Latina. Resistencias y alteridades en un mundo globalizado”. Gazeta de Antropología 24 (2): 1-20.

Rovira Sancho, G. (2014). ‘El #YoSoy132 mexicano: la aparición (inesperada) de una red activista.’ Revista CIDOB d’Afers Internacionals, 105, pp. 47-66.

Zibechi, Raúl (2016). “Mujeres en movimiento”. La Jornada, 9.12.2016.

—— Autonomías y emancipaciones. América Latina en movimiento. Lima: Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

 

 

Acerca de Alicia Gil Lazaro

Área de Historia e Instituciones Económicas. Departamento de Economía e Historia Económica. Universidad de Sevilla
Aún no hay comentarios

Deja un comentario