¿Amenazadas o revitalizadas? Las democracias latinoamericanas desde el prisma agonístico de Chantal Mouffe

¿Qué es la democracia? O, en todo caso, ¿cómo debería ser conceptualizada desde un punto de vista teórico? Estos interrogantes gozan de una renovada vitalidad en buena parte de los actuales sistemas políticos latinoamericanos. A su modo, las polarizaciones que han venido ocurriendo en sociedades como la venezolana, la boliviana, la ecuatoriana y la argentina –por señalar los casos más emblemáticos- vienen a reeditar un debate profundo y políticamente determinante. Las oposiciones dicotómicas entre chavistas/anti-chavistas o kirchneristas/anti-kirchneristas[1], por citar algunos ejemplos, ¿ponen en riesgo la estabilidad de las democracias latinoamericanas o, en cambio, revitalizan la dimensión activa de una ciudadanía capaz de tomar partido?

En definitiva, la discusión versa sobre si estas novedosas y maniqueas identidades políticas, forjadas alrededor de –o partir de- regímenes pos-neoliberales o neo-populistas, representan una amenaza para el orden democrático o, más bien, permiten profundizar y radicalizar su horizonte político. Sobre el trasfondo del clásico dualismo entre comprensiones consensualistas y conflictivitas de lo político, se ensaya aquí un breve repaso del enfoque democrático desarrollado por Chantal Mouffe como posible marco interpretativo de las experiencias de fragmentación política en el actual contexto latinoamericano.

El eje de análisis consenso/conflicto, constituye una constante dentro de la teoría política. En el pensamiento contemporáneo esta división conecta respectivamente con los planteos de Hannah Arendt y Carl Schmitt. En contra de la representación del poder como una relación verticalista en la que unos sujetos mandan y otros obedecen, Arendt afirma: “Poder corresponde a la capacidad humana, no simplemente para actuar, sino para actuar concertadamente” (Arendt 2006). En las antípodas de esta formulación, Schmitt asevera que “la distinción política específica, aquella a la que pueden reconducirse todas las acciones y motivos políticos, es la distinción de amigo y enemigo” (Schmitt 2002).

De esta manera, en tanto los arendtianos conciben lo político como un espacio de libertad y deliberaciones públicas, los schmittianos lo entienden como un terreno antagónico. Mientras que la primera de estas corrientes pone el acento en el rasgo asociativo de la acción política, la segunda focaliza en el momento disociativo de este tipo de interacción (Marchart 2009).

En línea con Schmitt, Mouffe concibe lo político como la dimensión de antagonismos constitutivos de las sociedades (Mouffe 2003; 2007). Así, repara en el desafío que el planteo del jurista alemán acarrea para el pensamiento democrático consensualista de ascendencia liberal (Mouffe 1999). Tradicionalmente, el liberalismo se ha postulado como portador de una legitimidad inherente, derivada del supuesto de una completa inclusividad ciudadana. En este punto debería rastrearse el mérito del razonamiento schmittiano: “Al subrayar que la identidad de una comunidad política democrática depende de la posibilidad de trazar una frontera entre ‘nosotros’ y ‘ellos’, Schmitt destaca el hecho de que la democracia siempre implica relaciones de inclusión/exclusión” (Mouffe 2003).

Ahora bien, el problema medular de esta visión aparece al momento en que se la intenta amalgamar con el pluralismo propio del orden democrático. En efecto, la propuesta de Mouffe representa un esfuerzo denodado por conciliar la ontología conflictivista schmittiana con el horizonte de pensamiento democrático-liberal. En su concepción el antagonismo permanece como trasfondo ontológico inerradicable. Sin embargo, a diferencia del planteo schmittiano, el agonismo mouffeano concibe al oponente “no como un enemigo a destruir” sino como un “‘adversario’; es decir, “como alguien cuyas ideas combatimos pero cuyo derecho a defender dichas ideas no ponemos en duda” (Mouffe 2003).

Según este esquema, la empresa democrática no debería perseguir la resolución final de los conflictos sino el aprovisionamiento de canales capaces de transformar el antagonismo en agonismo. En tanto, la autora belga rechaza los enfoques democráticos consensualistas ya que acabarían obscureciendo la naturaleza antagónica de lo político[2]. Pues, en el objetivo de establecer una sociedad reconciliada sobre la base de un acuerdo racional universal, tales concepciones se dejarían orientan por una quimera que pone en peligro al sistema democrático como tal. Por el contrario, “la tarea de los teóricos y políticos democráticos debería consistir en promover la creación de una esfera pública vibrante de lucha ‘agonística’, donde puedan confrontarse diferentes proyectos políticos hegemónicos” (Mouffe 2007).

A la luz del diagrama agonístico, puede vislumbrarse la importancia de las experiencias de polarización de las sociedades latinoamericanas, sobre todo cuando se las contrasta con el quietismo de las actuales democracias europeas. De hecho, estas particionesdicotómicas permitirían que los ciudadanos dispongan de alternativas reales a la hora de elegir. Todo lo contrario de lo que sucede en Europa, en donde el predominio del principio liberal habría conseguido entronar al neoliberalismo como la única opción válida, anulando toda diferencia entre centroderecha y centroizquierda. De allí que Mouffe haga un llamamiento a latinoamericanizar Europa. Para ella, el modelo de fragmentación y conflictividad de las sociedades latinoamericanas constituye un buen espejo en donde confrontar las aletargadas “posdemocracias” del viejo continente.

La discusión entre concepciones conflictivistas y consensualistas se actualiza hoy en el contexto latinoamericano en torno al debate sobre el significado de la democracia. De acuerdo a la posición que se tome al respecto, el conflictivismo de nuestras sociedades se comprenderá como una amenaza o bien como un resurgimiento y una activación del ideario democrático. Claramente, la interpretación mouffeana se inclina por esta segunda alternativa. Desde esta perspectiva, el objetivo de una política auténticamente democrática, antes que apaciguar o evitar los enfrentamientos, debería ser el de proporcionar canales para que el conflicto propio del dominio político pueda ser procesado de forma agonística, evitando así su desmadre y su retroversión en algo destructivo.

 

Referencias bibliográficas:

Arendt, Hannah. 2006. Sobre la violencia. Madrid: Alianza.

Marchart, Oliver. 2009. El pensamiento político posfundacional. La diferencia política en Nancy, Lefort, Badiou y Laclau. Buenos Aires: FCE.

Mouffe, Chantal. 1999. The Challenge of Carl Schmitt. Londres: Verso.

Mouffe, Chantal. 2003. La paradoja democrática. Barcelona: Gedisa.

Mouffe, Chantal. 2007. En torno a lo político. Buenos Aires: FCE.

Schmitt, Carl. 2002. El concepto de lo político. Madrid: Alianza.

 



[1] Advirtiendo sobre este tipo de polarización, el mediático e influyente periodista Jorge Lanata afirma que en Argentina existe una grieta que está separando de manera irreconciliable a “dos medias Argentinas”.

[2] Los dos autores emblemáticos que Mouffe ha criticado como teóricos consensualistas de la democracia son John Rawls y Jürgen Habermas.

Acerca de Julián González

Julián Gozález es Doctor en Ciencia Política por el Centro de Estudios Avanzados, Universidad Nacional de Córdoba.

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2 respuestas a ¿Amenazadas o revitalizadas? Las democracias latinoamericanas desde el prisma agonístico de Chantal Mouffe

  1. Julián 16 Julio, 2014 at 1:10 #

    Hola Yanina,
    Muchas gracias por tu lectura y tus interesantes comentarios. Aquí va un ensayo de respuesta, por cierto, muy demorado.

    En cuanto a la primera cuestión, me parece que la gran virtud del análisis de Mouffe –tanto como el de Laclau y otros autores posfundacionalistas- es recalcar, una vez más, en que cualquiera sea la metodología o las instituciones que enmarquen o “resuelvan” el conflicto, ellas siempre serán “políticas” y por lo tanto revisables y contingentes. De ahí que el conflicto permanece como algo que nunca es definitivamente “solucionado”. Esta comprensión parece haber quedado relegada en muchos enfoques democráticos de tinte institucionalistas o racionalistas que, con la idea de evitar la violencia –violencia que, en este contexto, debería ser diferenciada del conflicto- o la inestabilidad política, terminan confiriendo legitimidad a un único modelo democrático –el liberal- encaminado hacia la meta última de un consenso social pleno y sin exclusiones. Claro que, una vez reconocido el antagonismo como elemento ontológico, la propuesta mouffeana del pluralismo-agonístico, en tanto orden político específico capaz de evitar la violencia como mecanismo de resolución de conflictos, es algo que muchos autores le han criticado. De hecho, en este plano la autora termina asumiendo un esquema democrático-liberal bastante parecido a aquel que critica. Ahora bien, uno podría decir, en defensa de Mouffe, que la posibilidad misma de discusión de su esquema político particular tiene lugar sólo allí donde no existe un fundamento último del orden democrático.

    Con respecto a la idealización de la experiencia latinoamericana, estoy de acuerdo contigo. Considero que el hecho de que existan dos bandos marcados –y sólo dos- dista mucho de representar un auténtico pluralismo democrático. En este sentido, me parece que Mouffe arrastra en su propio análisis los límites del enfoque schmittiano. La distinción amigo-enemigo, en la práctica, implica la existencia de dos identidades que saturan el campo de lo político. No hay espacio allí para terceras opciones. Y esto, precisamente, constituye la definición política de Schmitt. En este sentido, si se mira desde esta óptica, podría pensarse que en Latinoamérica hay efectivamente un renacimiento de la política. Sin embargo, la deseabilidad de este dualismo, así como la calidad o la razonabilidad de la alternativas en pugna es una cuestión que, a la postre, puede redundar en un puro y nefasto decisionismo. Considero que aquí el planteo mouffeano podría complementarse con otros modelos democráticos, especialmente con la democracia deliberativa, ya que ésta podría aporta orientaciones para evaluar la legitimidad y la calidad de los argumentos en juego.

    Sobre si los ciudadanos latinoamericanos han visto incrementado su poder-político-formal es una cuestión abierta. Por mi parte creo que en algún sentido esto ha sido efectivamente así, precisamente porque esa base de bienestar a la que vos te referís constituye una condición de posibilidad para la conquista de otros derechos y de poder-político-formal. Como sea, esto último debería analizarse caso por caso y es absolutamente debatible.

    Te reitero el agradecimiento. Un abrazo,
    Julián

  2. Yanina Welp (@Welpita) 2 Julio, 2014 at 7:35 #

    Hola Julián,

    felicitaciones por esta reflexión sobre cuestiones tan relevantes. Tu trabajo me resulta muy sugerente y creo que es clave para abrir algunas discusiones. Por un lado, me parece necesario profundizar en esa “lucha agonística, donde puedan confrontarse diferentes proyectos políticos hegemónicos” (Mouffe, citado por ti) porque los métodos de resolución de conflictos pueden tener profundas influencias sobre la solución que se encuentre a los mismos (una elección o una asamblea). Por otro, me parece que la autora -como tantos otros- idealiza la experiencia latinoamericana. Si tomamos la experiencia post-transición a la democracia no está tan claro esto de que los latinoamericanos “dispongan de alternativas reales a la hora de elegir”. Puede que en unos cuantos casos haya dos opciones más o menos marcadas, pero ¿son suficientes? ¿Basta eso para celebrar un renacimiento de la política? Opino que no basta. Volviendo a mi primer punto, creo que habría que profundizar en la reflexión sobre los métodos de negociación, dando un peso destacado a la cuestión del poder. En este sentido, no creo que los ciudadanos hayan visto incrementado su poder-político-formal con las nuevas alternativas latinoamericanas (en muchos casos, sí su bienestar).

    ¿Qué dices?

    Un saludo,
    Yanina

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