Cadenas de violencia en el conurbano bonaerense*

En Argentina, las discusiones públicas sobre inseguridad suelen tener como protagonistas a los sectores medios y medio-altos de la estructura social. Ellos son quienes dominan el discurso sobre la violencia urbana –quienes más hablan de este tema– porque, supuestamente, serían quienes más la sufren. Sin embargo, quienes experimentan la victimización con mayor frecuencia son quienes están en lo más bajo del orden social y simbólico – allí, entre los más desposeídos, es donde encontramos la mayor cantidad de homicidios y heridos graves. A ellos, a los habitantes de los márgenes urbanos, no se los suele escuchar hablar públicamente de la inseguridad. Ellos la viven a diario, pero el discurso de la inseguridad pertenece a (es fabricado y manipulado por) otros. Así la experiencia de la violencia interpersonal (y del miedo a ésta) entre los más pobres se vuelve algo indecible y el trauma que se vive a diario en los territorios de relegación en los que estos habitan se torna en una experiencia negada.

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En el aula en la que enseña Fernanda, Chaco colorea una nueva versión de su dibujo favorito: un pibe chorro. La ilustración mezcla el cómic japonés con estética del conurbano bonaerense: el chico, de mirada desafiante, remera a rayas y pantalones rotos, porta un revólver en la mano izquierda.

“Ésta es una 22” le muestra Chaco a Fernanda. A los 13 años ya sabe distinguir entre una 9, una 22, una 38 y una 45. “Son muy distintas. Mi tío tiene una 22. Yo  a veces voy con él, cuando sale a afanar. Voy de campana ¿Te conté que a mi otro tío lo mató la policía? Estaba robando un colectivo”.

Chaco, sus cuatros hermanos y la mamá viven en una casa de ladrillos a la vista y techos de chapa. Allí comparte un pequeño cuarto con los hermanos. Tatiana, la mamá, trabaja de empleada doméstica en la Capital Federal. De lunes a sábado, sale muy temprano, antes de que Chaco se levante para ir a la escuela; regresa alrededor de las nueve de la noche, poco antes de que Chaco se acueste. Con el sueldo de empleada doméstica, complementado por un programa social del gobierno, llega con lo justo a fin de mes.

El de Chaco es un mundo de carencias materiales y afectivas, y también un universo en el que la violencia interpersonal se hace presente con intermitente, pero brutal, frecuencia. No sólo en su barrio donde, según él, “son todos transas, se cagan a tiros todos los días,” sino en su hogar. “Yo lo quiero ver muerto,” dice Chaco sobre su papá. “En casa falta todo, y él no hace nada. Duerme todo el día. Chupa un montón. Y encima se pelea con mi vieja”. Tatiana sufrió más de una vez la furia alcoholizada de su pareja. “La última vez casi la mata”, contó Chaco. Una vecina de la familia de Chaco describió una gresca doméstica: “El tipo la arrastró de los pelos por la calle, y la puteaba a los gritos. Por suerte la salvó un vecino. Ella tuvo mala suerte. Le cocina, le lava la ropa, y él es un vago. Dice que es remisero pero no hace nada”. Chaco recuerda a la perfección la última vez que vio a su padre: “Desde que lo corrió con la cuchilla, él no apareció más. Es mejor que no vuelva nunca más”.

El turbulento mundo en el que Chaco vive y crece quizás explique sus amenazas reiteradas a los compañeros de clase: “Te voy a cagar a tiros” “Te voy a pegar un tiro en la cabeza”, les grita, simulando tener un revolver en sus manos. Y quizás también sirva para entender el destino que él cree tener, un futuro similar al de los pibes chorros que él tan bien bosqueja: “Seño -le dice a su maestra- un día me vas a ver en la tele. Voy a robar un banco y me van a cagar a tiros. Me vas a ver, me va a matar la policía”.

Este libro examina las formas y los usos de la violencia en la vida cotidiana de los pobres urbanos en un partido del sur del conurbano bonaerense. Esta violencia sofoca de tal manera la vida diaria de los más desposeídos que es difícil imaginar cómo alguien podría salir intacto de allí. El área donde llevamos a cabo nuestro trabajo de campo es un lugar tan hostil para vivir que, en el transcurso de los tres años que duró nuestra investigación, nuestra preocupación constante giró en torno a las marcas difíciles de disipar que la demoledora violencia está dejando en los cuerpos, los corazones y las mentes de aquellos más afectados por ella. Fue esta preocupación – una preocupación no sólo académica, sino sobre todo ética y política – que nos llevó a escribir el libro.

En términos muy resumidos, el argumento que desarrollamos en el libro es el siguiente. Buena parte de la violencia que sacude a barrios pobres de Buenos Aires sigue la lógica de la ley del talión: se ejerce como represalia, como respuesta, frente a una ofensa previa. Ojo por ojo, diente por diente. En esto, la violencia en la zona se asemeja a aquella que azota al ghetto negro y al inner city en Estados Unidos, a la favela en Brasil, a la comuna en Colombia y a tantos otros territorios urbanos relegados en las Américas. Pero existen otras formas de agresión física que ocurren tanto dentro como fuera del hogar, en la casa y en la calle, que transcienden el intercambio interpersonal y adquieren una forma menos demarcada, más expansiva. La violencia no queda restringida a un ojo por ojo, sino que se esparce, y se parece a veces a una cadena, que conecta distintos tipos de daños físicos, y otras a un derrame, un vertido que si bien se origina en un intercambio violento, luego se expande y contamina todo el tejido social de la comunidad.

* Adelanto del libro de Javier Auyero y María Fernanda Bertí. Cadenas de Violencia. Una maestra y un sociólogo en el conurbano bonaerense (Buenos Aires: Katz Editores, 2013).

Acerca de Javier Auyero y María Fernanda Bertí

Javier Auyero es profesor en el Departamento de Sociología de la Universidad de Texas, Austin, Estados Unidos. María Fernanda Bertí es maestra en una escuela de primaria de Ingeniero Budge, Lomás de Zamora, Argentina.

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4 respuestas a Cadenas de violencia en el conurbano bonaerense*

  1. Javier Auyero 14 Abril, 2013 at 23:19 #

    Gracias por los comentarios. El libro sale en Mayo, por Katz Ediciones, en Argentina. Nuestra intención no es solo visibilizar la violencia que sufren los más desposeídos, sino proponer una manera de entenderla que vincule a distintos tipos de violencia y que examine sus encadenamientos.

  2. angel san juan marciel 29 Marzo, 2013 at 12:49 #

    Este estudio sobre la violencia, que se ha presentado por el sociólogo y la maestra en barrios periféricos donde las necesidades más básicas no se cubren, y estas carencias se convierten en el denominador común de la población, van a tener implicaciones muy serias, tanto en la falta de seguridad como en actos violentos en la cotidianidad.Los niños tienen como referente el mundo de los adultos que en su pervivencia tienen que acudir al robo,aplicando para ello la ley del más fuerte. La triste lógica que profesa la casta política es la de mirar para otro lado ante la situación de miseria,ya que ellos deberían sacar a esa población de la situación de abandono en la que se encuentran; por eso como excluidos de la sociedad difícilmente salen en las noticias de los medios de información:periódicos,televisiones,radios….,porque en general se está mirando para otro lado.Lo triste es,que mientras no se tomen medias para la mejora de vida de estos marginados la situación está garantizada sine die,por la reproducción de estos males en el propio contexto, vía las nuevas generaciones de jóvenes con el único referente de la población adulta y sus conductas de indoctrinamiento adquiridas.Cuando uno tiene hambre,es pérdida de tiempo hablarle de otras cosas, que no sea mitigársela con algún alimento.

  3. Federico 14 Marzo, 2013 at 14:48 #

    Quisiera saber cuándo sale a la venta el libro, me parece muy interesante.
    Muchas gracias.

  4. Virginia García Beaudoux 14 Febrero, 2013 at 0:57 #

    Me parece un planteo muy interesante el que realizan Auyero y Bertí, al menos por dos razones. En primer lugar, coincide con algo que hemos venido planteando desde el Centro de Opinión Pública de la Universidad de Belgrano a partir de la medición periódica que realizamos del tratamiento que la violencia social y el delito reciben en los medios de comunicación: los sectores más afectados por la inseguridad, que como bien señalan los autores, son las personas marginadas y ubicadas en la periferia social, son casi “invisibles” en las noticias de los medios que, en cambio, centran su atención en los hechos de inseguridad (por supuesto que también traumáticos y dolorosos) sufridos por las clases medias. Es decir, la violencia publicada no necesariamente coincide con el mapa de la violencia real desde el punto de vista estadístico. Eso da lugar a distorsiones. Insisto, no es que no exista la violencia para la clase media ni que sea menos importante que la otra. Lo que significa es que hay todo un sector de la sociedad que la padece y de eso casi no se habla, En segundo término, comparto plenamente la idea de que uno de los principales problemas de la violencia social es, más allá de los graves hechos en sí mismos, el deterioro y la destrucción del tejido social, el aumento de la desconfianza interpersonal. Esas son consecuencias muy destructivas en el largo plazo.

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