Corrupción: un fenómeno político y cotidiano en Brasil

En los últimos seis meses, Brasil ha presenciado a una serie de manifestaciones en las calles de diversas ciudades, mientras en la academia los investigadores han intentado explicar la crisis de representación del actual sistema político. Entre las múltiples demandas populares se encuentran las críticas a las instituciones – en especial a los partidos políticos y a los Parlamentos[1]– así como hay un clamor por un sistema sin corrupción.

El 2014, año electoral, los movimientos sociales y organizaciones civiles prometen nuevas protestas en el país. Aunque la participación y la libertad de expresión sean consideradas requisitos a la calidad de las democracias (Dahl 2005), es interesante ir más allá de la crítica institucional hecha por la población cuando se desea entender la política y sus errores. La política es parte de la sociedad y sus instituciones reflejan las prácticas recurrentes de los ciudadanos. Dicho de otro modo, urge analizar la corrupción brasileña como un fenómeno político, pero también cotidiano. Y en ambos casos, la corrupción se encuentra asociada a la desconfianza.

El fenómeno de la corrupción en la política es frecuentemente publicitado en el país, lo que posiblemente explica el puesto de 69º en el Índice de Percepción de la Corrupción de la ONG Transparencia Internacional en un conjunto de 176 países analizados (Veja 2012). Los medios de comunicación han dado efectiva visibilidad a los innúmeros escándalos de corrupción política – Anões do Orçamento (1993), Mensalão (2005), Máfia dos Sanguessugas (2006), Mensalão do DEM (2009), entre otros[2] – lo que no suele pasar cuando se trata de identificar la corrupción social cotidiana.

El Informe 2013 de la Corporación Latinobarómetro identificó avances considerables en el proceso de consolidación de las democracias en los países latinoamericanos – en especial en lo que se refiere a las áreas económicas y de la inclusión y combate a la pobreza –, sin embargo, hay un punto que sigue débil cuando se trata del apoyo a la democracia en la región: el alto nivel de desconfianza de la población hacia el Estado y sus instituciones. El dato de 2013 corrobora las demás mediciones hechas por la citada organización desde 1995[3].

La desconfianza no se limita a las instituciones. El déficit de confianza interpersonal es evidenciado por la creencia de la población de que la mayoría de las personas es deshonesta y no obedece a las leyes, lo que posiblemente explica la baja confianza institucional captada por el Latinobarómetro (Lagos 2000). Ello porque la baja confianza en los políticos y en las instituciones políticas sería solamente una de las expresiones de la desconfianza generalizada evidenciada por los estudios sobre Latinoamérica (Power & Jamison 2005).

 En Brasil, la percepción de la población sobre la aplicación selectiva de las leyes se vincula a la sustitución de un concepto de derechos comunes a los ciudadanos – interés público – por otro en que el acceso a los servicios y bienes es un privilegio asegurado solamente a determinados segmentos de la población (Lagos 2000). De ahí, no sorprende que algunos  sujetos crean que es necesario presentar un comportamiento corrompido para obtener algún beneficio, lo que parece no favorecer al buen funcionamiento de la democracia. La desconfianza se mantiene cuando se trata de evaluar la política, una vez que la población piensa que los representantes no defienden los verdaderos intereses de los ciudadanos, pero sí sus intereses privados (Lagos 2000).

 La asociación entre comportamientos cotidianos corruptos y el descrédito institucional ha sido verificada en la experiencia italiana. Putnam et al. (1996), al intentar entender la razón de por qué algunos gobiernos democráticos presentan buen desarrollo y otros no, hallaron como principal variable explicativa la calidad de la vida cívica. Regiones de Italia que presentaron un alto nivel de participación cívica y de solidaridad social poseían instituciones democráticas con mejor desarrollo en comparación con regiones consideradas menos cívicas. Ello sugiere que el alto grado de civismo incentiva la presencia de ciudadanos más tolerantes con los opositores y relaciones de confianza mutua, lo que permite que los intereses comunes prevalezcan sobre los individuales (Putnam et al. 1996).

Presentando una tendencia opuesta al alto grado de civismo, la deshonestidad y la desobediencia se revelan en diversos aspectos en la vida cotidiana y en el comportamiento de los brasileños – y de los latinoamericanos en general. Usualmente se constata la falta de respeto al interés público en prácticas como: parar el coche en la franja de peatones, ignorar la cola al reconocer un amigo ubicado más adelante en ella, sobornar un policía, entre otras. [4]En cierta medida, lo que algunos estudios señalan es que en Brasil hay una “construcción social que permite que ella [la corrupción] sea tolerada como práctica” (Filgueiras 2009:394). Además, los brasileños suavizan la crítica a las prácticas corruptas siempre y cuando la corrupción ocurre en el privado y, por lo tanto, se relaciona a las necesidades cotidianas (Filgueiras 2009)[5].

Por fin, lo que se defiende es que la corrupción política no es una categoría aislada en Brasil, lo que exige una crítica que no se restrinja a las instituciones políticas, si lo que se desea es promover una real democracia. Para ello, es necesario promover un debate y pensar en instrumentos (direccionados a la socialización, especialmente en el área de la educación) que refuercen elementos de una cultura política verdaderamente democrática.


[1] Según sondeo divulgado por Ibope (Instituto Brasileño de Opinión y Estadística) en 2013, 81% de los brasileños creen que los partidos políticos son corruptos o muchos corruptos, 72% creen que el Parlamento es corrupto. Fuente: http://www.estadao.com.br/noticias/nacional,partidos-sao-corruptos-ou-muito-corruptos-para-81-dos-brasileiros,1051458,0.htm

[2] Dar visibilidad a la corrupción es un factor positivo cuando se trata de medir la calidad de la democracia, una vez que suele evidenciar cierta transparencia del sistema. Sin embargo, seria relevante hacer una reflexión sobre dicha práctica en Brasil que incluyera la sociedad en su totalidad y no solamente la política. Otras informaciones sobre los escándalos de corrupción en Brasil están disponibles en: http://veja.abril.com.br/idade/exclusivo/corrupcao_brasil/

[3] Sobre datos anteriores, entrar en la página de la organización: http://www.latinobarometro.org/lat.jsp

[4] No se trata de especular cuál es la dirección causal entre desconfianza interpersonal y el fenómeno de corrupción política y social, pero es posible intuir la presencia de una correlación robusta entre las dos variables.  Así, la presencia de una de ellas refuerza la otra. Una serie de estudios sobre la corrupción tiene adoptado la confianza como uno de los indicadores de la corrupción (Power & González 2003). Investigaciones analizan, por ejemplo, la relación entre confianza y comportamiento corrupto. Husted (1990, apud Power & González 2003: 53) señala la correlación negativa entre confianza e incertidumbre, proponiendo que cuanto más grande la confianza habrá menor frecuencia de corrupción. “En situaciones en que los resultados son inciertos, la corrupción puede servir para asegurar un resultado más preciso” (Husted 1990, apud Power & González 2003: 53).

[5] Según el estudio, los brasileños son capaces de reconocer y discordar de situaciones de corrupción, en especial cuando se refiere a la corrupción política. Sin embargo, la corrupción es más tolerable cuando se encuentre relacionada a la necesidad cotidiana – es decir, ayudar a la familia, en situación de pobreza etcétera.

 

Referencias bibliográficas:

Dahl, Robert. 2005. Poliarquia: participação e oposição. São Paulo: Edusp.

Filgueiras, Fernando. 2009. “A tolerância à corrupção no Brasil: uma antinomia entre normas morais e prática social”. Opinião Pública 15 (2): 386-421.

Lagos, Marta. 2000. “A Máscara Sorridente da América Latina”. Opinião Pública 6 (1): 1-16.

Corporación Latinobarómetro. 2013. Informe 2013. Santiago de Chile: Corporación Latinobarómetro. 

Putnam, Robert; Leonard, Robert y Nanetti, Raffaella. 1996. Comunidade e Democracia: a experiência da Itália Moderna. Rio de Janeiro: FGV.

Power, Timothy y Jamison, Giselle. 2005. “Desconfiança política na América Latina.” Opinião Pública 11 (1): 64-93.

Power, Timothy y González, Júlio. 2003. “Cultura política, capital social e percepções sobre corrupção: uma investigação em nível mundial.” Rev. Sociol. Polit 21: 51-69.

 

Acerca de Daniela Paiva

Daniela Paiva es Graduada del Máster en Estudios Latinoamericanos del Instituto de Iberoamérica de la Universidad de Salamanca.

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8 respuestas a Corrupción: un fenómeno político y cotidiano en Brasil

  1. Mauro Fernandes 18 mayo, 2014 at 18:19 #

    O texto de Daniela é instigante e nos provoca algumas reflexões. As últimas manifestações “populares” no Brasil apresenta, a princípio, um cunho de desaprovação à corrupção, bem como à precariedade dos serviços públicos que servem à grande maioria de nossa população, dentre os quais: saúde, educação, transporte público, segurança. É legítima a perspectiva de associar o aumento ou continuidade da corrupção com a precariedade de tais serviços, principalmente quando se trata de recursos públicos envolvidos. A preocupação com uma formação ético-política mais significativa e que, a exemplo do que foi citado por Daniela, tensionaria a exacerbação de ações corruptas faz sentido e envolve a participação efetiva de uma pluralidade de insituições sociais em nossa nação. Nesse sentido o entendimento uma formação política no sentido lato através de educação de qualidade não poderia estar restrito apenas à escola pública, mas perpassaria por essa instância, inclusive com investimentos mais nobres; cabendo também às demais instituições sociais esse papel. O crescente “engajamento” político presente nas recentes manifestações em nosso país a partir do viés “copa do mundo” ainda necessita ser melhor investigado. As históricas demandas por melhorias nos serviços de saúde, educação, segurança, a partir dos profissionais dessas categorias, culminando em manifestações, paralisações, greves, ainda não chegou a “afetar” mais diretamente um contingente significativo de nossa sociedade. Nesse caso vale a reflexão de se construir uma relação das atuais manifestações desencadeadas a partir do evento “Fifa” com aquelas que historicamente vem se constituindo em nosso cotidiano com visibilidade e legitimidade ainda em frangalhos.

    • Daniela 18 mayo, 2014 at 20:33 #

      Mauro,

      Obrigada pelo comentário e por compartilhar, aqui, suas reflexões.
      Concordo com a sua posição de que é necessário valorizar a educação de qualidade se queremos fomentar, no país, uma formação ético-política. A escola, enquanto instituição central para a formação do sujeito-cidadão, tem sido negligenciada por nós e nossos representantes. Ademais, como você aponta, é preciso analisar essa infinidade de agendas mal resolvidas que emergiram com as manifestações.

  2. Thiago Borges 17 mayo, 2014 at 22:20 #

    O artigo de Daniela é interessante especialmente se pensarmos que a maior tolerância da chamada corrupção cotidiana pode relacionar-se com a não-identificação por parte da população, da corrupção pública e de governo com o comportamento diário das pessoas. É como se o conceito de corrupção fosse reconhecido somente no universo da “política profissional”.
    Além disso, a visão antropológica do “jeitinho brasileiro” como resposta sócio – cultural às desigualdades e injustiças fomentadas por governos corruptos tem seu limite se não é levado ao debate e reflexão a necessidade de formação e mudança nos hábitos políticos e eleitorais da população em geral, por exemplo, tentando levar “mais a sério” o ato de votar, não entregando ao ceticismo de que todos os candidatos são iguais. Os protestos recentes no Brasil também apresentam um alternativa para um novo comportamento político.

    • Daniela 18 mayo, 2014 at 20:43 #

      Thiago,

      Obrigada pelos comentários.
      Penso, assim como você, que as manifestações indicam um caminho de participação política que transcende o momento eleitoral. As manifestações, de certa forma, são tentativas de dar voz pública aos que reivindicam seus direitos – hoje, precarizados e constantemente ignorados por nossos representantes.

  3. alessandra 17 mayo, 2014 at 16:20 #

    Muito bom!

    • Daniela 18 mayo, 2014 at 20:43 #

      Alessandra,
      Muito obrigada.

  4. Julio Saraiva 12 mayo, 2014 at 2:12 #

    Óptimo texto.

    • Daniela 18 mayo, 2014 at 20:44 #

      Julio,
      Muchas gracias.

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