De luchas y conflictos en el agro latinoamericano

Seguramente que somos muchos los que alguna vez nos hemos preguntado por qué se han producido tantas y tan intensas luchas, de aparente carácter campesino y de propósito revolucionario, en América Latina. Las razones de estos levantamientos se hallan, sin lugar a dudas, en la profunda desigualdad en el acceso a la tierra y, sobre todo, en la permanente apropiación de la misma llevada a cabo, en primer lugar, por los grandes beneficiarios de las concesiones regias desde los inicios de la colonización, tales como la Corona, los funcionarios privilegiados, las instituciones eclesiásticas y otros, y, posteriormente, tras la constitución de las nuevas repúblicas, por la oligarquía terrateniente, en una época “áurea” que se extiende, con algunas variaciones, hasta finales del primer cuarto del siglo XX. Las tierras usurpadas a las comunidades indígenas no fueron restituidas jamás, con discutibles excepciones como la que se refiere a la constitución de los ejidos mexicanos en 1934, durante el gobierno populista de Lázaro Cárdenas.

Este dominio de los latifundistas, fueran personas físicas o jurídicas, ha ahogado las posibilidades de supervivencia del campesinado en sus múltiples formas, unas veces como pequeños propietarios y otras como arrendatarios, medianeros, o apareceros en cualquiera de sus variantes, pero también la de un enorme contingente de jornaleros, braceros y temporeros condenados a la miseria. De acuerdo con la información de la CEPAL [1] (Comisión Económica para América Latina y el Caribe) correspondiente a 2010, en países como Bolivia, Honduras y Nicaragua los pobres constituyen más del 70% de los habitantes del medio rural, cuya gran mayoría es clasificada en la indigencia. Paraguay y Guatemala se hallan, asimismo, muy cerca de estos dolorosos parámetros, mientras que algunos más, como Colombia, no están lejos. De otros, simplemente carecemos de información.

Lo dicho explica que, en el caso de América Latina, la mayoría de las rebeliones acontecidas presenten una impronta básicamente rural, dado que ha sido el campo el lugar donde se han concentrado tradicionalmente las grandes masas de desfavorecidos, como observaba muy acertadamente hace algunos años C. Kay (2001). Los textos de referencia sobre el tema no dejan lugar a dudas, y entre ellos sirva como ejemplo el de C. Brockett (1988) sobre Centroamérica. De hecho, no ha sido raro que a estos levantamientos se les haya llamado revoluciones campesinas, como sucedió primero en México (1910), y más tarde en Bolivia (1953) y en Cuba (1959), aunque posteriormente los revolucionarios cubanos prefirieran definir a esta última como “revolución y además también campesina”. Incluso, como aconteció en Nicaragua en 1979, si queremos reconocer con L. Horton(1998) el fuerte componente rural y campesino del movimiento sandinista. Hablar de revolución, stricto sensu, es hablar de un movimiento social de masas que, amparado en el estallido del descontento y con la ayuda de la amenaza o del uso de la violencia, provoca el desmantelamiento de un sistema político y su sustitución por otro.

Campesino guatemalteco. Autor: Tomas Castelazo. Licencia: CC BY 3.0.

Campesino guatemalteco. Autor: Tomas Castelazo. Licencia: CC BY 3.0.

Adviértase, sin embargo, que en el mundo rural latinoamericano los campesinos constituyen sólo una fracción del conjunto de las personas que participan en la actividad agraria. El resto corresponde a los trabajadores agrarios que, en su condición de asalariados, quedarían fuera del campesinado. De este modo, si se piensa en la masiva dedicación a las tareas agrícolas en muchos países de Latinoamérica, será necesario hacer referencia a porcentajes de la población que todavía hoy, en la segunda década del siglo XXI, en países como Honduras, rondan el 40%, y en otros, como Haití o Bolivia, se hallan por encima de este porcentaje, mientras que El Salvador, Honduras, Perú y Paraguay se acercan al 25%, de acuerdo con los datos suministrados por la FAO [2] (Organización para la Alimentación y la Agricultura) para el año 2010 y  por el Banco Mundial [3] (2011). Todavía podríamos añadir, de acuerdo con estos indicadores, que, generalmente, la participación de las mujeres en los quehaceres agrarios es abrumadora, y así, por ejemplo, en Bolivia se concretaba en el año 2010 en una magnitud superior al 41% de la población activa, con el agravante de que la misma se viene incrementando a buen ritmo desde 1980. En el resto de los países de América del Sur el porcentaje, por término medio, ronda el 25%, si bien la tendencia al crecimiento del empleo femenino en el sector agrario es general (FAO 2012: 122), al tiempo que se produce una notable regresión de la dedicación masculina a la agricultura. Todavía en 2010, en algunos de estos países, cerca de la mitad de la población, o aún más, se concentraba en las áreas rurales, y de ello pueden resultar sobradamente expresivos los casos de Guatemala y Honduras.

La política posee reglas propias encaminadas a lograr que las discrepancias acaben en grandes conflictos. Ahora bien, en las repúblicas latinoamericanas se han quebrantado con frecuencia principios tan fundamentales como el de la fiel observancia de los resultados electorales, el de la concurrencia a las elecciones en igualdad de condiciones, el de la garantía de las libertades civiles, entre otros. Por el contrario, han sido comunes el favoritismo político, el caciquismo, el fraude electoral y el golpismo, que han cercenado, generación tras generación, la fe de los ciudadanos en la democracia y que han provocado recelos y resentimientos difícilmente superables. El juego de las influencias políticas ha menoscabado frecuentemente el ejercicio del poder. La sospecha de que los enfrentamientos en la arena política carecían de las garantías mínimas ha propiciado los levantamientos llamados campesinos.

No obstante, somos muchos los que dudamos que hayan existido auténticas revoluciones campesinas en Latinoamérica, especialmente después de que el historiador inglés D. Brading (1985) y sus colaboradores demostraran que, tal vez, la mexicana de 1910, a pesar de haber sido tenida por faro de cuantas rebeliones se produjeron con posterioridad en el agro latinoamericano,  acaso lo fue menos que ninguna y, por el contrario, desprovista de un soporte agrarista, más bien representó una guerra de sucesión en la cual los vencedores hubieron de buscar apoyos en el campo, que más tarde fueron pagados con el reparto de las haciendas confiscadas para sufragar la guerra. Hasta el presente, el medio rural latinoamericano ha sido escenario de cruentas luchas que parecen esconder espurios intereses. Si de las reformas agrarias llevadas a cabo en el siglo XX (véase Thiesenhusen 1995) se descontaran las aparentes, las marginales, las superficiales, las convencionales y las estructurales fallidas, se vería lo magras que han sido las conquistas de los oprimidos. La sangre derramada en América Latina por causa de la tierra no ha sido suficiente para que la justicia social floreciera en sus fértiles campos.

El agro de América Latina y del Caribe se muestra hoy sembrado de millones de pequeñas explotaciones, muchas de ellas salidas de las numerosas reformas agrarias impulsadas en la segunda mitad del siglo XX, en las que malviven las familias que las ocupan. Alrededor de 12 millones de las mismas no llegan a las 5 hectáreas de superficie. Otras exceden de esta medida a duras penas[4]. En su conjunto alimentan una agricultura familiar, que representa a las tres cuartas partes del total de las explotaciones y supone el 60% de la producción alimentaria de América Latina y del Caribe [5], caracterizada porque la familia suministra la mano de obra empleada en las explotaciones y porque el acceso a unos modestos recursos constituye la actividad preponderante del grupo doméstico. La falta de productividad, la ausencia de equidad en la distribución de la tierra y las dificultades de capitalización y de modernización que fueron los grandes problemas del pasado en el agro latinoamericano persisten en el presente con entera lozanía. Una vigorosa demografía y la ausencia de una demanda de puestos de trabajo en la industria y en el sector servicios se oponen a que muchos habitantes del campo, campesinos unas veces, campesinos semiproletarizados otras y, en fin, trabajadores agrícolas muy a menudo, encuentren un destino mejor. Por eso, la única salida que encuentran muchos a tanta frustración es la emigración a unas ciudades que lo único que pueden ofrecer es la desdicha de un empleo precario en el sector informal.

A lo largo del siglo XX no han sido pocas las luchas campesinas fracasadas, unas veces por la incapacidad de sus líderes para consumarlas y otras por la impudicia de los mismos, que no han dudado en incorporarse a la ideología del Estado cuando se les ha presentado la ocasión, haciendo del movimiento que dirigían un partido cooptado y servil. A decir verdad, y por regla general, las revoluciones que devinieron en reformas agrarias radicales hubieron de ceder con posterioridad ante el avance de los regímenes de signo contrario que les sucedieron, tal como nos recordaban hace algún tiempo J. Petras y H. Veltmeyer (2003), y la Nicaragua de 1983, correlato de la revolución de 1979, comporta un nítido ejemplo. Frecuentemente, la violencia brutal ejercida por el Estado se ha convertido en una contienda desgraciada de todos contra todos que ha perjudicado especialmente a los más débiles, es decir, a los campesinos y a los trabajadores agrarios, habitantes de una tierra inmisericorde. La lucha por superar el presente no está conduciendo, por el momento, a un futuro mejor. Sólo cabe esperar que del dinamismo del sistema socio-económico y de la racionalidad que presida el mismo nazcan unas instituciones más democráticas y robustas, capaces de trascender los agudos conflictos que asolan las sociedades rurales de América Latina.

 


Brading, D. 1985. Caudillos y campesinos en la revolución mexicana. Bogotá: Fondo de Cultura Económica.

Brockett, C. D. 1988. Land, Power, and Poverty: Agrarian Transformations and Political Conflict in Rural Central America. Boston: Unwin Hyman.

FAO. 2012. El estado mundial de la agricultura y la alimentación. Roma: Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura.

Horton, L. 1998. Peasants in Arms: Warm and Peace in the Mountains of Nicaragua, 1979-1994. Ohio: Ohio University Press.

Kay, C. 2001. “Estructura agraria y violencia rural en América Latina”. Revista Mexicana de Sociología  63 (4): 159-195.

Petras, J. y Veltmeyer, H. 2003. “The Peasantry and the State in Latin America: A Troubled Past, and Uncertain Future”. En Brass, T. (Ed.), Latin American Peasants. London: Frank Cass (41-82).

Thiesenhusen, W. 1995. Broken promises: agrarian reform and the Latin America campesino. Boulder: Westview.

Acerca de Eloy Gómez Pellón

Eloy Gómez Pellón es Catedrático de Antropología Social en la Universidad de Cantabria, España.

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8 respuestas a De luchas y conflictos en el agro latinoamericano

  1. Carlos Montes Pérez 8 abril, 2013 at 23:43 #

    Agradezco al profesor Gómez Pellón la reflexión presentada sobre uno de los elementos radicales en la conformación de las sociabilidades humanas, como es la tierra. Señal de identidad, fábrica de tecnologías, espejo de metáforas y de analogías, foco de conflictos, recurso de supervivencia, fuente de memorias colectivas, tesoro patrimonial y espacio de trabajos compartidos. Todo eso es la tierra para los grupos humanos, y probablemente mucho más. La pertinencia del tema obliga a la antropología a mantenerse alerta sobre los conflictos agrarios, sobre los nuevos usos de la tierra, sobre las formas tradicionales y modernas de gestión, así como sobre los nuevos movimientos sociales en torno a ella ofreciendo un análisis transcultural.
    Mientras la vieja Europa se despide de los campesinos tradicionales, y del omnipresente y esmerado cuidado de los labrantíos, el llamado nuevo mundo clama por un reparto más equitativo de la propiedad de la tierra. Me sumo a la esperanza esbozada por el profesor Gómez Pellón y le felicito no sólo por la temática planteada, sino por el cuidado, el esmero y el rigor mostrado en la forma expresiva de decirlo.

    • Eloy Gómez Pellón 9 abril, 2013 at 22:00 #

      Carlos, muchas gracias por tu elaborado comentario. En efecto, el tema de la tierra y el papel del campesinado fueron durante mucho tiempo los ingredientes de una discusión muy intensa en Europa, en la que durante el siglo XIX no faltaron abanderados de los campesinos tan distinguidos como J. Stuart-Mill. Y eso sin mencionar a los populistas rusos. Los cambios políticos, la transformación económica, motivada por la industrialización y otras modernizaciones, acabaron allanando, o disimulando, muchos de los problemas ligados a la tierra. En Latinoamérica, sin embargo, las cosas no acontecieron de la misma manera. La dramática colonización, externa primero e interna tras el nacimiento de las nuevas repúblicas, no ha hecho sino generar una injusta distribución de la tierra, sólo paliada con reformas agrarias que, por lo regular, han sido de resultados muy modestos. Los desheredados no han tenido otro remedio que seguir siendo campesinos tradicionales o, en la actualidad, vivir a la intemperie de las llamadas “nuevas ruralidades”. La alternativa a tan triste sino ha sido la pobreza urbana, por no decir, a menudo, la miseria. En fin, gracias por tu fina reflexión.

  2. Hernán Salas 8 abril, 2013 at 4:04 #

    Eloy, gracias por el artículo, es muy interesante que desde Europa, específicamente desde España se dé la reflexión sobre el despojo. La sociología y antropología estadounidense ha tenido varias aportaciones al respecto, me inclino por mencionar a David Harvey, quien ha caracterizado esta época actual del capitalismo como un proceso de acumulación por despojo. Después de tantas décadas, los campesinos siguen siendo despojados, no solamente de la tierra, si no de sus recursos naturales, de su trabajo, de los miles de hijos mexicanos que ahora están en Estados Unidos en los peores trabajos. Necesitamos seguir con esta reflexión antropológica.

    • Eloy Gómez Pellón 8 abril, 2013 at 15:32 #

      Hernán, muchas gracias por tu sugerente comentario. Has mencionado a uno de mis autores preferidos, a David Harvey, cuyas obras vienen siendo vertidas al español desde hace más de treinta años, gracias sobre todo a editoriales tan arraigadas en México como Fondo de Cultura Económica y Siglo XXI, pero también gracias a Alianza y a Akal en España y a Amorrrortu en Argentina. Harvey posee una fuerza inusitada para explicar los devastadores efectos del neoliberalismo, y lo hace, curiosamente, a través, como muy bien dices, de la antropología y la sociología, pero también de la geografía cultural y de las ciencias sociales en general. Siento un gusto muy especial por una de las referencias de Harvey, The Condition of Postmodernity. Me ha encantado el comentario y está muy bien traído al caso.

  3. Iñigo González de la Fuente 6 abril, 2013 at 19:35 #

    Eloy, muchas gracias por el post. Por añadir algún elemento más al debate, las investigaciones que un grupo de antropólogos estamos desarrollando actualmente en el estado mexicano de Tlaxcala, señalan que uno de los más importantes efectos de las transformaciones señaladas en el post ha sido la consolidación de estrategias de formación del ingreso familiar mucho más dúctiles, con mayor énfasis en la pluriactividad laboral de los hogares rurales para satisfacer sus necesidades básicas, en donde el trabajo asalariado se ha convertido en una fundamental, pero no única, fuente de ingresos. Así, es común encontrarse con familias que tienen, cuando menos, a uno de sus miembros laborando en la industria; que cuentan con un muy pequeño comercio; y que continúan cultivando para el autoconsumo y criando animales de traspatio.

    • Eloy Gómez Pellón 8 abril, 2013 at 15:39 #

      Íñigo, agradezco tu preciso y exacto comentario. Conocía la intensidad de las investigaciones llevadas a cabo por vuestro grupo, integrado por Hernán Sala, por Leticia Rivermar y por ti, entre otros, tratando, muy eficazmente, de aportar luz a las nuevas ruralidades. Desde hace algún tiempo sigo vuestra trayectoria, especialmente en Tlaxcala, donde habéis desvelado las características de la pluriactividad de las familias rurales. La importancia de vuestro trabajo reside en que muchos de los aspectos que tratáis son extrapolables a otras partes de América Latina, de modo que, en pocos años, podremos tener una información muy minuciosa de este fenómenos, que es visto con enorme interés desde Europa en general y desde España en particular, debido sobre todo a la existencia de estrategias compartidas a este lado del Atlántico. .Estoy seguro de que vuestros estudios estarán siendo seguidos con sumo interés por los grandes pioneros en el tema, como R. Stavenhagen. Gracias de nuevo por este atinado comentario.

  4. Mario Helio Gomes de Lima 5 abril, 2013 at 15:14 #

    Muy bueno el artículo. Me fijé especialmente en esto: “lo magras que han sido las conquistas de los oprimidos. La sangre derramada en América Latina por causa de la tierra no ha sido suficiente para que la justicia social floreciera en sus fértiles campos.” No solamente para los países hispânicos. En Brasil el problema es tremendo de los tiempos de la esclavitud, y las luchas de las Ligas Camponesas y el MST lo dicen con énfasis. Un documental como este de E. Coutinho nos puede enseñar un poco de la tragedia del mundo rural brasileño: http://www.youtube.com/watch?v=VJ0rKjLlR0c

    • Eloy Gómez Pellón 8 abril, 2013 at 15:37 #

      Mario, tu comentario es muy acertado. Aunque los problemas derivados de la desigualdad en el reparto de la tierra son comunes a Latinoamérica entera, en algunos países como Brasil este asunto ha sido muy doloroso desde hace largo tiempo. Muchos fazendeiros no han sentido escrúpulos despojando a los pobres de sus tierras. ¡Cuánta sangre se ha derramado en Brasil por causa de tierra! No es extraño que en Curitiba y en otros lugares se cargara de razones, hace treinta años, el Movimento dos Trabalhadores Sem Terra, el más poderoso de cuantos existen en América en este contexto. Se comprende que ello haya sucedido en la inmensa República Federativa de Brasil, donde todavía, a día de hoy, y a pesar de los esfuerzos realizados, existen cientos de miles de campesinos sin tierra que viven dolorosamente su pobreza. Creo que, tal vez, la clave se halla en que la reforma agraria de los años sesenta fue débil, apenas un esbozo, por no decir inexistente, y sólo después de la Dictadura, a mediados de los ochenta, pudo ser retomado el problema y aún tardaron algunos años en verse los primeros resultados, Me ha gustado mucho tu comentario.

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