Desafíos globales y conservadurismo en Davos

«Creando un futuro compartido en un mundo fracturado» fue la consigna con la cual el Foro Económico Mundial convocó a líderes de los cinco continentes entre el 23 y 26 de enero en las montañas suizas de Davos. En su 48vo encuentro los tres mil participantes pusieron en el centro de la discusión los grandes desafíos que enfrenta la humanidad relacionados con la desigualdad, pobreza, y medio ambiente. En este se apostó por la cooperación internacional para definir el devenir global.

Las fracturas casi insolubles a las que la elite económica hace alusión no son un tema reciente, lo desalentador es que el pensamiento conservador con el que abordan estas temáticas desde 1971 se perpetúa. Una visión que apunta a mantener y promover las instituciones y regímenes que sostienen el orden actual existente, es decir, un enfoque pro permanencia de las relaciones de poder que lo configuran, que favorece su conservación y sirve a los intereses cómodamente asentados en un orden dado.

La razón de este conservadurismo recae en que el Foro es un espacio pensado por y para la élite empresarial global, muchos de sus miembros ahora convertidos en presidentes de Estados. Por ende, son parte interesada en el objeto que analizan y buscan sostener. Pero esta visión conservadurista no está a la altura de los retos que afronta el mundo contemporáneo y que requiere entender el cambio y conflicto a la luz de planteamientos alternativos que promuevan su transformación.

Existe la certeza de que el nuevo milenio materializa un conjunto de profundas transformaciones en la naturaleza del orden mundial creado por la Pax Americana, fundamentado por el Sistema de Bretton Woods y ahondado por el Consenso de Washington, que institucionalizó el orden económico internacional bajo principios neoliberales de apertura de la economía y desregulación de las finanzas, visión que se ha impuesto como “globalización” y constituye el signo ideológico del capitalismo actual. La certeza de esta transición histórica de gran envergadura se cristaliza alrededor de tres ejes: la crisis del capitalismo internacional, el desplazamiento del orden mundial del Atlántico-Norte al Este-Pacífico y la crisis de la hegemonía mundial de Estados Unidos.

La descomposición del capitalismo manifestada en periódicas crisis desde mediados de la década de los setenta, y que en su última expresión en 2008 ha arrastrado al mundo a un grave desmoronamiento económico liderado por tres jinetes del apocalipsis capitalista. Primero, el estancamiento económico en las últimas décadas (Figura 1) y anémica recuperación en los países de la OCDE del 3.6% en 2018, que sin embargo no elimina el riesgo de afrontar nuevas turbulencias financieras.

 

Segundo, la deuda global (Figura 2). La deuda pública como porcentaje del PIB en los países de la OCDE se situó en cerca de 73% en 2017; mientras que en 2007 el ratio era de 49.8%. En Estados Unidos alcanzó alrededor de un 107% en el 2016.

 

Tercero, la desigualdad (Figura 3). El 1% más rico de la población mundial acaparó el 82% de la riqueza generada en 2017, mientras que la mitad más pobre no se benefició en absoluto. Para ilustrar mejor, un típico CEO gana en cuatro días lo que una costurera en Bangladesh a lo largo de toda su vida (Oxfam 2018).

 

 

Los entusiastas de la globalización neoliberal nos han hecho creer que la solución a los desafíos globales está fuera de la intervención de la política y han expandido la ideología de que la economía se configura en un sistema autorregulado por los bancos, bufetes de abogados, redes financieras e instituciones fuera del control democrático, y por lo tanto, debe escapar al control político. De ahí que las respuestas que los empresarios plantean desde el súper lujoso centro de esquí en Davos es atenuar los problemas con programas sociales y proyectos filantrópicos que parecen una broma, combatir el desempleo estableciendo programas de subempleo, y proteger el medio ambiente sin regulaciones relevantes, etc.

Delinear salidas a estos desafíos requiere considerar el actual tablero de ajedrez geopolítico en el que China se posiciona con paso firme. Lejos queda el tiempo en que la hegemonía estadounidense era única e indiscutible. El gigante asiático desafía pacientemente la “buena gobernanza mundial” instaurada por EEUU con el proyecto central de la política exterior del presidente Xi denominado la “Ruta de la Seda”, cuya visión se antoja mundial y marcará nuevas reglas de juego en el escenario internacional. Sus tentáculos en Europa se definirán con la “Ruta de la Seda Polar” -título del documento político lanzado en Beijín el día del desenlace del Foro- que une a China con Europa y el Atlántico a través de una ruta de navegación. Para Medio Oriente, Europa y África Oriental promete inversiones en infraestructura, autopistas, puertos, centrales eléctricas, en gran parte financiadas con préstamos de bancos estatales chinos. Mientras que en América Latina, aunque no está formalmente incluida en la iniciativa, su influencia se extiende a través de las enormes inversiones y prestamos por ejemplo con Ecuador y Venezuela.

Estos cambios lejos de responder a una dinámica puntual y pasajera constituyen un fenómeno con visos de permanecer e intensificarse en el tiempo, dado que su aparición está en clara conexión con la modificación de las relaciones de poder y conflicto que experimenta el orden vigente. Lo que está estrechamente relacionado con la relevancia adquirida por los países emergentes en el escenario internacional.

El enfoque imperante de solución de problemas promovido en el Foro insiste en considerar a los desafíos globales de manera aislada y de forma descontextualizada del conjunto de la economía política internacional, lo que esconde las causas reales de la pobreza, desigualdad y demás fracturas que afectan a la humanidad. El corolario de ello es que todo esfuerzo resulta estéril si no se acompaña con alternativas orientadas a transformar las estructuras que perpetúan la inequidad y no de simples maquillajes, pero acontece que las primeras implicarían tomar acciones poco gratas para los intereses de las élites.  De seguir así, Davos continuará mitigando, endulzando y perpetuando la realidad de un sistema fraccionado y polarizante que juega con el “desarrollo” y la “cooperación” oportunamente convertidos en mercancías. Además seguirá legitimando el sistema de dominación existente haciendo oídos sordos a las voces y preocupaciones de todos los que no están invitados a la estación de esquí.

Bibliografía

Cox, R. W. (1981). Social forces, states and world orders: beyond international relations theory. Millennium10(2), 126-155.

Streeck, W. (1950). ¿Cómo terminará el capitalismo?. Ensayos sobre un sistema en decadencia. Francia800, 900.

 

 

 

 

 

 

 

Acerca de Sandra Zapata Mafla

Doctoranda Programa de Ciencias Sociales de la Universidad de Salamanca. Investigadora asociada en el área de Relaciones Internacionales de Flacso-Ecuador. Sus líneas de investigación son cooperación internacional, cooperación Sur- Sur, economía política del desarrollo, integración regional en América Latina.
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