El dinero no es todo, pero explica algunos comportamientos electorales

Una de las “piedras filosofales” de la ciencia política es comprender, entender, conocer, y por qué no, predecir, el comportamiento electoral. Entre los modelos teóricos más sugerentes está el denominado voto económico. En parte, recibe sus axiomas de la teoría del “Rational Choice”. El análisis económico, o de la elección racional, ha sido una importante línea de trabajo de los estudios políticos en la segunda mitad del siglo XX.

Tuvo una fuerte (y publicitada) apoyatura empírica cuando en 1999 el presidente de EEUU, Bill Clinton, superó un proceso de “impecheament” de manera exitosa. Para muchos, el voto económico explica la supervivencia de Clinton, quien usó como lema de campaña (1992) la frase “It’s the economy, stupid”.

En la primera mitad del siglo XX se entendía que economía y política eran elementos separados; últimamente se considera que existe una relación bidireccional. Por ello, la importancia de la teoría del voto económico, que considera al desempeño económico como un elemento fundamental del comportamiento electoral, y contribuye a que los gobiernos pueden ganar o perder elecciones como resultado del impacto en la economía de sus decisiones políticas.

Downs (1957)[i] argumentó que los gobiernos eligen la política económica con vistas a ser reelegidos y además postuló la existencia de un “mercado político”, donde “los partidos formulan políticas en orden a ganar elecciones, más que ganan elecciones en orden a formular políticas”. Esta línea de pensamiento fue continuada en diversos estudios por otros investigadores, como es el caso de “Ley de reacciones anticipadas”, texto en el que se explica cómo los políticos toman decisiones buscando resultados electorales (Fiedrich,1963).

Esto es claro en los trabajos de la tesis moderna o “racional”, que proponen la racionalidad de los votantes, quienes atribuyen los resultados económicos a los gobiernos, y premian o castigan en consecuencia (Rogoft y Sibert, 1988) (Alesina, 1988). Así como Norpoth (1996) afirma que los electores están  motivados por sus propias experiencias y expectativas a la hora de votar.

Se han aplicado estos principios a casos específicos, en conjunción con las nuevas situaciones políticas, como la idea del “voto de intercambio”, frente a la decadencia de las tradiciones electorales de elección por clase social o económica en los sistemas democráticos consolidados.[ii] Ahora bien, aún quedan varias discusiones pendientes sobre la teoría del voto económico. Por ejemplo, si el elector valora sólo su situación personal, o todo el conjunto de políticas económicas, y/o el bienestar general (Chappell y Keech, 1990).

También es necesario considerar si en los votantes priman los resultados pasados (voto retrospectivo) o la proyección a futuro (voto proyectivo). Aunque también se puede teorizar sobre las proyecciones realizadas extrapolando al pasado (Uslaner, 1989).

A nivel empírico, casi todos los modelos entienden el voto (función del voto) como variable dependiente, y como variables independientes la inflación, el desempleo, la evolución del PBI, el consumo, y el impacto de la política fiscal y monetaria. Algunos trabajos aúnan inflación y desempleo como un indicador de “bienestar económico”. Otros entienden que las políticas fiscales y monetarias expansivas favorecen el consumo, y por tanto son percibidas por la población como bienestar.

Por un lado, se debe observar cuáles son los incentivos para los partidos políticos en el poder. Por otro lado, se puede suponer que buscan maximizar sus votos en base al manejo de la política económica, dejando de lado las ideas o posiciones ideológicas, o todo  lo contrario.

Algunos investigadores se enfrentan a la posición economicista y proponen entender el comportamiento electoral desde otras variables, o que la relación entre economía y política puede ser intermitente (Hirschman, 1994). Por ejemplo, se sostiene que los electores no consideran la economía para votar. En parte, continúan la propuesta clásica de Nordhaus (1975), que entiende que el elector tiene un comportamiento no racional, proveniente de una visión miope de la economía. Claro que no se debe dejar de lado que existen elementos exógenos que influyen en la decisión de los electores, como crisis políticas u otros eventos.[iii]

Entre los elementos implícitos del voto económico están la racionalidad de los agentes políticos, con objetivos de maximizar beneficios individuales o colectivos, utilizando información perfecta. Por ello, parte de las críticas a este modelo son el problema de la percepción, la no información perfecta, las decisiones emocionales, los clivajes de clase (incluso la pertenencia a una clase puede ser objetiva o subjetiva), etc.  En parte, la pretensión de racionalidad está oculta tras el velo de la percepción y la subjetividad.[iv]

En una posición intermedia, otras teorías complementan al voto económico con otros elementos. Por ejemplo, la estructura social o la identidad partidaria. Esta última sería determinante en la manera en cómo se percibe la economía. El partido otorgaría un marco de referencia para opinar y evaluar el desempeño económico de un gobierno. Además de entender que los partidos políticos son un medio de representación de intereses de grupos, sean sociales o económicos. Por ello, se ha propuesto que cuanto mayor es el voto partidista, menor  sería el voto económico.[v]

Debe comprenderse que el voto económico puede explicar parte del comportamiento electoral, en sí, complejo y multicausal. Las correlaciones entre la percepción (sea individual o grupal) del electorado y la situación económica en muchos casos es alta. Pero el análisis sólo se puede completar atendiendo a otros elementos, de contexto y situacionales, endógenos y exógenos, así como los propios de la subjetividad del elector.

Referencias

  • Alesina, Alberto. 1988. “Macroeconomics and politics”. NBER Macroeconomics Annual, pp. 13-52.
  • Chappell, Henry y William Keech. 1990. Citizen information, rationality, and the politics of macroeconomic policy, Information and Democratic Processes. University of Illinois Press, Urbana and Chicago.
  • Downs, Anthony. 1957. The Economic Theory of Democracy, Harper and Row, New York.
  • Droussen, Han y Michael Taylor (ed.). 2002. Economic voting, Routlege, New York.
  • Friedrich, Carl. 1963. Man and His Government. An Empirical Theory of Politics, Mc Gaw-Hill, New York.
  • Hirschman, Alfred. 1994. “The on-and-off connection between political and economics progress”, American Economic Review, vol. 82, nº 2, pp.
  • Maravall, John y Adam Przeworski. 2001. “Political Reactions to the Economy: The Spanish Experience”, en Stoke (ed.), Public support for Marker reforms in New Democracies, Cambridge University Press, Cambridge, pp. 35-76.
  • Nordhaus, William. 1975. “The Political Business cycle”, The Review of Economic Studies, vol. 42, nº 130, pp. 169-190.
  • Norpoth, Helmut. 1996. “Presidents and the Prospective Voter”, The Journal of Politics , Volume 58, Issue 03, August, pp. 776-792.
  • Rogoft, Kenneth y Anne Sibert. 1988. “Elections and Macroeconomics Policy Cycles”, The Review of Economic Studies, nº 181, pp. 1-16.
  • Uslaner, Eric. 1989. “Looking forward and looking backward: Prospective and retrospective voting in the 1980 federal elections in Canada”, British Journal of Political Science, vol. 19, nº 4, pp. 495-513.

[i] http://www.hec.unil.ch/ocadot/ECOPOdocs/cadot2.pdf

[ii] http://www.icps.cat/archivos/WorkingPapers/wp206.pdf?noga=1

[iii] http://politica.elpais.com/politica/2013/11/02/actualidad/1383393052_384144.html

[iv] http://scholarcommons.sc.edu/cgi/viewcontent.cgi?article=1003&context=econ_facpub

[v] Ver Maravall y Przeworski (2001). Para un análisis de este trabajo, ver http://campus.usal.es/~dpublico/areacp/Doctorado0507/seminario_inv/TextoWladimir_seminario06.pdf

Acerca de Martin Cuesta

Doctor en Historia de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Profesor de la Universidad de Buenos Aires. Investigador de Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas de Argentina (CONICET). Miembro del Centro de Estudios Económicos de la Empresa y el Desarrollo (CEEED) y del Instituto Interdisciplinario de Economía Política de Buenos Aires (IIEP-Baires) de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires.
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