Enseñanzas de las elecciones ecuatorianas

La doble vuelta con la que se cerró el proceso electoral ecuatoriano el pasado 2 de abril confirma cuatro tendencias de la política latinoamericana que vale la pena presentar en una perspectiva comparada, asimismo reclama de una reflexión sobre las características del proceso iniciado justo hace una década conocido como “revolución ciudadana” y sus posibilidades de continuidad.

En primer lugar, el resultado final mostró una diferencia porcentual muy reducida que hace de estas elecciones las cuartas más disputadas en la región en los cinco últimos años. En El Salvador, Sánchez Cerén ganó a Norman Quijano en las elecciones de 2014 por el 0,2% (6.000 votos); en Perú, Pedro Pablo Kuczynsky derrotó a Keiko Fujimori también por el 0,2% (41.000 votos); y en Venezuela Nicolás Maduro lo hizo sobre Henrique Capriles por el 1,5% (265.000 votos). Ahora, en Ecuador, Lenin Moreno ha vencido a Guillermo Lasso por un margen del 2,3% (230.000 votos). Ello viene a reforzar la idea de que las elecciones presidenciales en América Latina tienden a traducir un fenómeno arraigado en democracias consolidadas, que es su alto nivel de competitividad, pero a la vez, hace descansar un mayor peso y responsabilidad en los organismos electorales que requieren altas cotas de profesionalidad e independencia.

La segunda tendencia tiene que ver con el alto grado de polarización existente que plantea discursos con alto contenido emocional reflejando posiciones programáticas aparentemente opuestas. Los bloques que se enfrentaban en Ecuador, medidos en la escala izquierda-derecha (valores medios en una escala que va del 1, que significa extrema izquierda, al 10, que significa extrema derecha), estaban claramente posicionados en los polos de la misma. Datos procedentes de una encuesta a diputados ecuatorianos realizada por la Universidad de Salamanca muestran que el presidente saliente Rafael Correa estaba situado en el 3,05 mientras que el líder opositor, Guillermo Lasso, se encontraba en el 9,02. El partido del primero, Movimiento Alianza País se colocaba en el 4,01, mientras que el del segundo, Movimiento CREO, estaba en el 9,34. Esta es una situación que no siempre se da en otros países de América Latina donde la polarización es muy reducida, como es el caso de República Dominicana, Paraguay, Panamá, Honduras, Perú, Colombia o Guatemala, pero es frecuente en Uruguay, Chile, Costa Rica, Bolivia, El Salvador, Nicaragua, Venezuela y Argentina.

En tercer lugar, hay que tener en cuenta el efecto aglutinador que supone la segunda vuelta en términos de la necesidad de sumar apoyos variopintos por parte de las dos candidaturas confrontadas, lo que sin duda tiene consecuencias notables en los sistemas de partidos. El caso concreto ecuatoriano es, sin embargo, una excepción toda vez que Movimiento Alianza País, el partido de Lenin Moreno, obtuvo en los comicios legislativos una cómoda mayoría absoluta (74 escaños de un total de 137). Es una situación excepcional en relación con lo ocurrido en los tres últimos años donde los presidentes elegidos, salvo en Nicaragua y República Dominicana, contaron con mayorías fruto de alianzas puntuales con otras agrupaciones, lo que hizo que a continuación se encontraran en minoría legislativa.

La cuarta tendencia tiene que ver con la alternancia. Adan Przeworski ha señalado que la prueba de que una democracia funciona es que el gobierno pueda perder las elecciones o, dicho de otro modo, que la alternancia esté asegurada. Hoy hay una evidencia empírica suficiente en América Latina de elecciones presidenciales con la que se puede testar ya en un período de casi cuatro décadas la frecuencia con que se producen situaciones de alternancia. Los datos para 132 casos posibles indican que el índice de alternancia (el cociente entre los casos de alternancia y los casos totales posibles) se acerca al punto ideal del 0,5 ya que es del 0,53 (la alternancia se ha producido en 71 ocasiones entre 1978 y hoy); en Ecuador, donde esta vez no hubo, ese índice es de 0,72 tomando las once elecciones habidas desde 1984 hasta este año.

Finalmente, las elecciones ecuatorianas ameritan una reflexión en relación con su ubicación en el proceso político que vive el país desde que Rafael Correa asumió la presidencia tras su éxito arrollador en las elecciones del 26 de noviembre de 2006. Esa cita electoral cerró un ciclo de gran inestabilidad política que se extendió durante la década precedente en la que también se ubicó una fortísima crisis económico financiera en 1999. El triunfo de Correa, inicialmente sin apoyo de partido político alguno, fue revalidado obteniendo también mayorías absolutas en las elecciones presidenciales de 2009 (tras la aprobación de una nueva Constitución) y de 2013. En sendos casos estuvo arropado por el Movimiento Alianza País, una herramienta manejada directamente por el presidente y con poca vocación de convertirse en un partido.

El ciclo de Correa puede caracterizarse por tres ejes de actuación. El primero se da al amparo del alza enorme de los precios del petróleo teniendo la economía ecuatoriana un periodo expansivo hasta 2013 que le llevó en 2011 a crecer al 7,9% (ya había registrado en 2004 un crecimiento de su PIB del 8,2%). Ello le permitió incrementar el gasto público -situándose en 2013 en el 5,2% en el gasto en educación y en el 3,9% en el gasto en salud, el doble del porcentaje destinado por sus vecinos Perú y Colombia-. El crecimiento económico también permitió rebajar la tasa de pobreza del 22,5% en 2008 al 12,0% en 2014, de acuerdo con el Pulso Social de América Latina y el Caribe (2016) del Banco Interamericano de Desarrollo, mientras que en ese mismo lapso en Colombia pasó del 26,5% al 16,6%.  Paralelamente, el país entró en una etapa de fuerte inversión pública en infraestructuras (viarias y represas) con un alto endeudamiento con China.

El segundo eje dibuja un escenario de liderazgo carismático de Rafael Correa, un economista formado en Bélgica y Estados Unidos con una experiencia política previa muy reducida. La habilidad de Correa, unida a su personalidad narcisista hizo que la política  ecuatoriana alcanzara unas cotas de capricho muy elevadas que, en ocasiones, proyectaron sombras de comportamiento autoritario. El manejo permanente, atrabiliario y obsesivo de la comunicación, la incapacidad de institucionalización del proceso y el personalismo fueron notas dominantes.

Por último, Correa alineó su proyecto con el bolivarianismo, pero fuera de compartir tarima y retórica con Chávez y Morales, su actuación tuvo visos más conservadores, en términos de valores, al estar claramente alineado con el catolicismo más moderado (bloqueó cualquier reforma favorecedora de la interrupción voluntaria del embarazo). Igualmente, al proseguir con una política extractivista se enfrentó con los movimientos indígenas y ecologistas poniéndose de relieve la vacuidad propositiva de la engolada filosofía del “buen vivir” que pretendió ser guía programática ilusionante del correismo.

Lenin Moreno confronta ahora una situación de crisis económica (en 2017 el PIB se contraerá el 2,9%), de enorme polarización social, y no cuenta con el instrumento de dominación carismática que poseía su predecesor, aunque esto último pudiera ser, a fin de cuentas, una ventaja.

*Una versión en francés ha aparecido el 28.04.17 en

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