Estados Unidos y las revoluciones de América Latina. El caso de Bolivia (1952) y el rol de la Argentina peronista

El tema de la reacción estadounidense a las revoluciones latinoamericanas ha sido siempre de gran interés para la historiografía americana[1]. Generalmente se ha asociado a Estados Unidos una actitud negativa frente a las trasformaciones sociales y políticas. Los casos de México (1910), Guatemala (1954) y Cuba (1959) confirman la tendencia de la diplomacia norteamericana a impedir cambios radicales en la región.

En ese panorama, se destaca el episodio boliviano de 1952. Washington no sólo no se opuso a esa rebelión, sino más bien se convirtió en un aliado del gobierno que se instaló en el poder, a pesar de sus características nacionalistas y antimperialistas. Durante muchos años se ha estudiado la anomalía de Bolivia, casi siempre considerada como un éxito de la diplomacia estadounidense y una prueba de la posible convivencia entre los imperativos de seguridad norteamericanos y las necesidades latinoamericanas.

La razón de esta singular actitud ha sido identificada en la falta de aquellas preocupaciones económicas e ideológicas que determinaron la reacción violenta de Estados Unidos en Guatemala o Cuba[2]. Esa perspectiva parece sugerir que, en ciertas condiciones, Estados Unidos hubiera podido aprobar o favorecer las revoluciones latinoamericanas.

Pero, si se mira a los acontecimientos bolivianos desde una óptica regional – es decir, en el cuadro de las relaciones interamericanas de aquella época – la opinión sobre la estrategia norteamericana resulta muy diferente. La hipótesis de este trabajo es que fue el resultado de un simple cálculo de los equilibrios regionales de poder y no de una muestra de buena voluntad estadounidense hacia el pueblo andino.

En esta perspectiva, es indispensable añadir un factor que ha sido olvidado por muchos historiadores: el peronismo argentino. Inevitablemente, los juicios sobre la política exterior de Perón son condicionados por sus resultados negativos y por el fracaso de su primer gobierno. Eso no puede hacer olvidar el peso que Argentina tuvo en las relaciones interamericanas en esa fase histórica. De hecho, en aquellos años, en Buenos Aires se estaba cumpliendo la elaboración de la Tercera Posición, el proyecto de Perón que pretendía transformar Argentina en el líder de la región[3]. Y, en un momento histórico en que el sentimiento antiestadounidense parecía extenderse, la ambición peronista representó sin duda un desafío a la hegemonía de EEUU.

Esta consideración es aún más verdadera respecto al caso boliviano. El país andino fue el que más pareció dispuesto a acercarse a la Tercera Posición. Y no sólo por el vínculo que históricamente lo unía a Buenos Aires. En efecto, el nacionalismo que el MNR[4] encarnaba tenía notables semejanzas con el justicialismo argentino y para muchos líderes de la revolución, Perón representó un punto de referencia imprescindible[5]. Por eso, al momento de la victoria revolucionaria, se habló de un éxito del peronismo y de una inversión de los equilibrios regionales.

Fue sustancialmente para impedir la formación de esa alianza nacionalista en el corazón del continente que Washington decidió aplicar una estrategia altamente realista. Entrar en conflicto con los revolucionarios hubiera significado empujarlos definitivamente a la órbita peronista; por el contrario, ofreciendo su ayuda económica, Washington hubiera impulsado la alianza boliviana y la moderación de su ímpetu radical. Estados Unidos eligió esta segunda opción y así desplazó a Perón y sus ambiciones[6].

 Esta reflexión no influye sobre el juicio final de la estrategia estadounidense. Es decir, es innegable que – desde la perspectiva norteamericana – el caso boliviano fue un éxito diplomático[7]. Lo que no se puede aceptar es la idea que fueron sólo los factores económicos e ideológicos los que condicionaron la actitud de EEUU. Ni tampoco se puede creer que fue un verdadero sentimiento de participación y solidaridad lo que determinó su estrategia. En Bolivia, Washington jugó un importante partido para su hegemonía en la región y por eso – a pesar de la incompatibilidad con los revolucionarios – decidió no oponerse a la rebelión andina.

 

 

[1] Blasier (1976), Lehman (1997), Schlesinger (2013), Siekmeier (1999).

[2] Muchos historiadores han identificado en el bajo nivel de inversiones norteamericanas en el país la explicación de la disponibilidad del Departamento de Estado a dialogar con los revolucionaros. Otros han sugerido que fue la moderación ideológica de estos últimos lo que permitió la realización de un compromiso con EEUU. Según la opinión más difusa, esas condiciones estuvieron ausentes en Guatemala y Cuba y de aquí las diferentes respuestas estadounidenses a las tres – parecidas – revoluciones.

[3] Mucho se ha escrito sobre ese tema y sobre las posibles interpretaciones de la política peronista: ha sido asociada al contexto bipolar de la Guerra fría y, por eso, a una forma de no alineación ante litteram; otros han identificado el tercerismo peronista como un auténtico proyecto de integración cultural y política o, en términos negativos, como una expresión de la tendencia imperialista del nacionalismo argentino.

[4] El Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) fue la expresión política de la amplia coalición social que llevó a cabo la revolución de 1952. Fundado a principios de los años Cuarenta por el abogado Víctor Paz Estenssoro, su primera aparición política relevante tuvo lugar con el gobierno reformista del gen Gualberto Villarroel (1943-1946). En dicha ocasión se registró un duro enfrentamiento con Estados Unidos, que en el Libro Azul colocó al partido boliviano – junto al peronismo – en la lista de las formaciones fascistas de la región y pidió la remoción de sus miembros antes de reconocer el gobierno.

[5] Y no se trató sólo de afinidad ideológica. Perón, por ejemplo, fue un aliado fundamental del gobierno de Villarroel y, por eso, no fue extraño que – tras su caída – los miembros del MNR se refugiaran en Buenos Aires, donde recibieron la hospitalidad interesada del peronismo. De hecho, fue desde el territorio argentino que se planificó el levantamiento popular de 1952.

[6] Sólo en la década siguiente a la revolución La Paz recibió doscientos millones de dólares en préstamos y ayudas técnicas, más de cualquier otro país de la región. Y esta cantidad fue aún más significativa si se tiene en cuenta el bajo nivel de inversiones que en esos años Washington destinaba a Latinoamérica.

[7] La ayuda económica – como en muchas otras ocasiones – se convirtió para Washington en un importante instrumento de presión política. A través de esta presión, el Departamento de Estado obtuvo la moderación de los propósitos reformistas del gobierno de Paz Estenssoro y el respeto de los principios panamericanos sobre el tema de las inversiones extranjeras. Así se explica, por ejemplo, porque en 1955 el gobierno nacionalista de Bolivia adoptó uno de los regímenes más liberales de toda la región con respecto a las inversiones y las exportaciones petroleras.

Acerca de Carlos Catapano

Máster en Ciencias Internacionales y Diplomáticas en la Universidad de Bolonia, Italia. Pasante en el Instituto de Iberoamérica (mayo-julio 2016)
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