I Love Pinochet 2.0

En el año 2001, la reconocida realizadora Marcela Said presentó su segundo documental y el primero de autor, su título es simplemente “I love Pinochet”, dicha obra marcó su carrera cinematográfica al  captar la atención de los medios de comunicación masivos, debido a la polémica que creó el hacer una película que ponía voz a los defensores de la dictadura en pleno siglo XXI, después de una década del retorno a la democracia.

El tema era en la misma medida novedoso y complejo, ya que propuso, casi sin mediación, dar la posibilidad a los entrevistados de explicar quiénes eran y lo qué pensaban, después de un año del eufórico triunfo que fue traer a Pinochet de vuelta a Chile, tras su arresto en Londres. Fue un año de celebración para los defensores del régimen, y la cineasta pudo captar con profundidad qué representaba el “pinochetismo”, ese imbricado nudo de discursos y creencias que ponían en lo alto, no sólo la figura del general, sino que también su obra, a lo largo de los 17 años que estuvo en el poder.

A pesar de los prejuicios que se pueden tener al ver el film e incluso pese a la gracia que puede generar, descubres a personas defendiendo lo indefendible, quienes apoyaban al dictador no eran un conjunto, exclusivamente, de hombres y mujeres de clase alta, directos beneficiarios de las prebendas de Pinochet, sino que era un grupo transversal, no había solo personas de edad avanzada, también había jóvenes y familias de clase media y de escasos recursos. Todos ellos veían a Pinochet como un hombre de calidad moral, con lo que se justificaba la violación a los derechos humanos, a través de relatos contrafácticos de la alternativa del “marxismo totalitario”. Ello recordaba el orden y la paz de los que disfrutó el país, además del desarrollo económico que procuró. A su vez, muchos de sus seguidores le reconocían como un verdadero “padre”. Es el culto a la persona (Friedrich y Brzezinski, 1968) que se gestó tras años de discursos de odio hacia el enemigo posible como eran el marxismo, los violentistas, la política, los políticos, etc. (Huneeus, 2016). Uno de los entrevistados, un hombre de clase baja, Israel Arcos, resume el núcleo del Pinochetismo: “(…) el comunismo en ninguna parte ha triunfado, en cambio, la revolución de Pinochet, la revolución del gobierno militar triunfó y apenas con 17 años y eso es lo que le duele al comunismo” (Said, 2001, 6:18”-31”).

El documental ganó varios premios al año siguiente de su estreno, y fue presentado en diversos festivales a nivel nacional e internacional, sin embargo, pese a la repercusión que alcanzó con los años, lo que ahí se proyectó quedó en el olvido, como una prueba de que lo difundido era una muestra de un grupo minoritario. Las personas que apoyaban a Pinochet en el documental eran solo una pequeña muestra de algo que se ha querido omitir, a pesar de que en el plebiscito de 1988 el Sí a Pinochet alcanzo el no despreciable 43 %  con una participación que alcanzaba el 98% de los ciudadanos, lo que querámoslo o no, puso de manifiesto un apoyo –por diversas causas- al legado de la dictadura.

¿Desaparecen los Pinochetistas? Al menos, momentáneamente, después de este breve “triunfo” en 1988, se vino la debacle en el discurso que sostenía el legado dictatorial, gracias a sendas acusaciones de corrupción que se destaparon en el año 2004, a propósito de unas cuentas ocultas que tenía Pinochet en el banco Riggs de Estados Unidos,  donde escondía más de 21 millones de dólares mal habidos durante su mandato. La figura de Pinochet no se desmoronó por las acusaciones de crímenes humanitarios, ni por su desdén por la democracia, sino por la falsa imagen de probidad que proyectó. Después de esta situación, y durante los años que siguieron a su muerte, en el año 2006, muchos quisieron alejarse de su figura, especialmente aquellos políticos que veían que, si se les asociaba con el dictador, podrían  perder votos. Con todo, no fue el final de la historia del pinochetismo.

En los últimos años se han producido una serie de cambios a nivel internacional, especialmente por el resurgimiento de las derechas más extremas, que reivindican ciertos aspectos del pasado, como sucede en el caso de Bolsonaro en Brasil, quién además como un ejemplo la experiencia económica chilena de la  Dictadura. La política interna chilena también ha visto importantes cambios, entre estos la inserción de nuevos jóvenes de centro izquierda en la política, pero también se ha visto el resurgir el pinochetismo. Esta vez, no de un vociferante grupo de ciudadanos que reivindican la figura de Pinochet desde la experiencia emocional, sino con discursos más elaborados que nacen de la primera línea política nacional. Por ejemplo, el ex candidato a la presidencia José  Antonio Kast y dos miembros del congreso chileno como son: Ignacio  Urrutia y la joven diputada Camila Flores, han puesto en primera línea el  pinochetismo 2.0, con el que se busca omitir las violaciones a los derechos humanos, justificándolo con lo “positivo” de sus políticas, usualmente las de tipo económico. El presidente de Renovación Nacional Mario Desbordes, el partido de Flores, incluso justifica esta nueva postura y no le ve problema alguno: “En lo que ha señalado no la he visto defender o negar las violaciones a los derechos humanos, cosa que sí me complicaría y bastante.”

Esta situación es preocupante, sin duda, pero también es un llamado a la reflexión acerca de la pervivencia de discursos políticos que durante mucho tiempo se han omitido, pero que no desaparecen por ello. En esto, colabora también la falta de una mejor educación para la ciudadanía y la democracia, que ayude a evitar relativizaciones sobre las dictaduras (Cerda, et. al. 2004). Además, durante los últimos años, algunos jóvenes políticos han dado más argumentos a las posturas extremas, al construir discursos que minimizan los logros del retorno a la democracia o critican lo que denominan la “política tradicional”, porque según ellos es limitada o simplemente porque desconocen el contexto histórico en que se desarrolló. Si se critica a la democracia y se denosta la política, solo se da más “combustible” al discurso actual del pinochetismo, que vuelve a rescatar -omitiendo los hechos- lo “positivo” de la dictadura: orden, desarrollo económico y autoridad, mitos que no requieren mucho para convencer a nuevos seguidores o en realidad, para revivir el pinochetismo latente, y esta vez convertir el impulso emocional por Pinochet en votos y  acción política. Este nuevo pinochetismo no es  distinto al otro, no hay un discurso sofisticado, porque no lo puede haber, es diverso y maleable, y sigue echando mano a la inseguridad y el miedo, lo que suma fácilmente adherentes. Las imágenes de “I Love Pinochet” vuelven, pero esta vez no hacen tanta gracia.

Cerda, Ana, et. al. (2004). El complejo camino de la formación ciudadana. Santiago: LOM-PIIE.

Friedrich, Carl y Brzezinski, Zbigniew (1968) Totalitarian Dictatorship & Autocracy, USA: Frederick A. Praeger Publishers.

Huneeus, Carlos (2016) El régimen de Pinochet. Santiago: Editorial Taurus.

Said, Marcela (2001) I Love Pinochet. Chile: Pathe doc/Imago. 52 min. Film

Acerca de David Aceituno Silva

Profesor de Historia Contemporánea de Chile del Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Es Doctor en Historia Contemporánea y de América por la Universidad de Salamanca. España.
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