Interferencia a la realidad: el arte contemporáneo como acto de resistencia en Pegame que me gusta de Lalo Barrubia

A finales del siglo XX, se da en la teoría y la práctica artística un giro ético, de forma que se intensifica y al mismo tiempo se problematiza la relación del arte con la ética y la política, así como la importancia del compromiso social y revolucionario del artista.

En una sociedad regida por el consumo masivo y por la progresiva homogeneización —de la identidad, de la historia, de las experiencias—, el arte se constituye como una salida a esta dictadura de lo global. Por ejemplo, Irmgard Emmelhainz analiza Enacting Emancipation, una exposición de artistas nativos americanos, y llega a la conclusión de que sus obras sirven para reclamar una herencia erradicada y construirse como fuerza simbólica opuesta a Estados Unidos, que “representa el ‘no-total’ de una sociedad multicultural que presupone la disolución o, mejor dicho, celebra la característica de los lazos identitarios de estar en flujo constante.” (Emmelhainz 2012 30). Es evidente que el arte contemporáneo cada vez se posiciona más del lado del subalterno, del que no tiene voz, para intentar decir lo no dicho y enfrentarse a las instancias de poder — entendiéndose estas como el poder político, religioso, económico o simplemente como la forma mayoritaria de pensamiento, a veces tan opresiva como todo lo anterior—.

En la novela de Lalo Barrubia Pegame que me gusta (2009, Ediciones Trilce) se narra la vida de Laura y Gary, una pareja de artistas. En ellos se ven distintas actitudes hacia su actividad artística, que ilustran de alguna manera la diferencia entre el arte de resistencia y un arte más puro, más cercano a la visión vanguardista de “el arte por el arte”. Gary tiene una fuerte autoconciencia, demuestra —si bien sin una base teórica sólida— una reflexión continua sobre el papel del arte en la sociedad, y así lo reconoce su pareja: “Él había luchado siempre por una vida distinta, por una vida mejor. Haber renunciado a sus privilegios de clase era algo que no muchos hacían. Dedicarse a su obra era su actitud revolucionaria.” (Barrubia 2009 73). En cambio Laura disfruta del baile y lo considera una actividad redentora del sufrimiento, por la que renuncia a un trabajo con cierta estabilidad que sin embargo la hacía profundamente infeliz; pero su placer no viene de la utilidad que pueda tener el arte, sino porque “sentía que todos estábamos juntos, y ese era para mí el sentido de la obra.” (Barrubia 2009 55).

Es significativo que, a pesar de sus diferentes visiones sobre el arte, ambos estén de acuerdo en dedicarse a su obra, ya que como consecuencia del escaso éxito de sus propuestas, su situación económica es más que precaria. En su artículo “¿De qué hablamos cuando hablamos de resistencia?”, Nestor García Canclini denuncia la falta de estudio de aquellas propuestas artísticas que son recibidas con rechazo o indiferencia, pues también son indicativas del estado del campo artístico, de los actores que en él intervienen pero también, y sobre todo, de la recepción del público. En una sociedad fundamentalmente descentralizada no es posible hablar de un canon unitario en el arte, de un solo medio de difusión del mismo y, por supuesto, tampoco de una respuesta unificada a los mensajes, estéticos o revolucionarios, que este quiera transmitir. Por tanto, parece lógica la necesidad de examinar también aquellas propuestas que se reciben con indiferencia: ¿qué provoca que una exposición o una performance pase desapercibida? ¿Por qué en algunos casos el arte contemporáneo despierta la polémica y en otros es incluso invalidado como arte, y como única reacción despierta un encogimiento de hombros?

Para Laura, la respuesta es clara: “Mientras tanto Gary estaba siempre ausente, trabajando en proyectos que nunca cuajaban porque esta mierda de sociedad en que vivimos no le ha dado un maldito respiro a la gente para que pueda hacer algo de sus vidas.” (Barrubia 2009 54). Contra esta “mierda de sociedad” es contra la que protestan Gary y sus compañeros, con acciones como tapiar la entrada de un McDonald’s o intentar bloquear el aparcamiento de un centro comercial con cascos de obreros amontonados en un charco de sangre. Esta propuesta particular fracasa porque el propio centro comercial la aprueba, siempre que no obstruya el paso de coches: al ser refrendada por la instancia contra la que pretendía protestar —un centro comercial como símbolo de la sociedad de consumo—, la instalación fracasa y pierde toda fuerza contestataria.

Por tanto, en Pegame que me gusta encontramos la paradoja del arte contemporáneo, en cuanto resistencia contra las estructuras hegemónicas: si se sitúa en los límites, su efecto suele ser ignorado o no percibido, lo cual no solo lleva a la inefectividad de las propuestas, sino también a la propia miseria del artista; pero en el momento en el que es asimilado por las instancias legitimadoras pierde su propósito y su fuerza, haciéndose también inútil. Lalo Barrubia nos plantea así en su novela una pregunta, quizá imposible de responder: ¿puede el arte luchar contra el poder?

Referencias bibliográficas

Barrubia, Lalo (2009). Pegame que me gusta. Montevideo: Ediciones Trilce.

Emmelhainz, Irmgard (2012). “La geoest(é)tica en la era del imperio: de subalternos, cosmopolitas y guerras culturales”, en Alotropías en la trinchera evanescente. Estética y geopolítica en la era de la guerra total.Puebla: Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

García Canclini, Néstor. 2010. “¿De qué hablamos cuando hablamos de resistencia?” Estudios visuales 7. Retóricas de la Resistencia: 15-37.

Guasch, Anna María (2000). Los manifiestos del arte posmoderno. Madrid: Ediciones AKAL

Acerca de Beatriz Velayos Amo

Alumna del Máster en literatura española e hispanoamericana, teoría literaria y literatura comparada. Universidad de Salamanca.

2 respuestas a Interferencia a la realidad: el arte contemporáneo como acto de resistencia en Pegame que me gusta de Lalo Barrubia

  1. Irmgard Emmelhainz 25 abril, 2016 at 19:17 #

    Qué ganas de leer “Pégame que me gusta”!! Como una versión actual de Zabriskie Point de Antonioni o de cualquier Godard de entre 67-72. Muy buena reflexión! Saludos.

    • Beatriz Velayos Amo 3 mayo, 2016 at 8:48 #

      Tienes razón, Irmgard, la propuesta es similar, aunque creo que sobre todo Godard se arriesgaba más en sus películas en lo formal, era más vanguardista de lo que acaba siendo Pegame que me gusta (hay que tener siempre en cuenta que es una novela publicada en 2009). ¡Gracias por la lectura y por tu comentario!

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