La caída en desgracia del verbo haber

En América Latina, la ortografía ha dejado de ser un bien apreciado. No siempre fue así, hace años “tener buena ortografía” era algo que se cuidaba, no solo porque abría puertas –para un empleo– sino porque era un signo de distinción, de ser una persona educada. No obstante, aquello que el antropólogo peruano Matos Mar llamó con éxito “el desborde popular” arrasó, entre otras cosas, con la consideración por la ortografía. Tácitamente, se adoptó un criterio que es algo así como “No hace falta ser purista en la escritura, basta con que me entiendas”.

La avalancha se llevó la diferencia entre s, c y z. En los muchos remolinos se perdió asimismo la corrección en el uso de la h. Y los latinoamericanos nos acostumbramos a leer tanto avisos y carteles públicos como, cada vez más, mensajes de correo electrónico o “guasás” escritos de una manera que hubiera escandalizado a las abuelas.

Democratización, le dicen algunos, pero la marea no solo afecta a los sectores que en otra época se llamaron subalternos y hoy son emergentes. Las gentes que han pasado por la universidad, también se hallan afectadas por el virus, y quienes todavía tienen algún escrúpulo, se excusan en el corrector automático del móvil o del ordenador para escribir b donde corresponde v.

La sorpresa fue llegar a España –cuna del castellano– y descubrir, de a pocos, que el panorama no es muy distinto. Antes circulaban en las redes, escarnecidos, los crímenes más atroces contra las reglas de la Real Academia; sin embargo, han empezado a perder interés, porque las faltas se han normalizado, pese a que, según acabo de leer, siete filólogos atienden en la RAE quinientas consultas diarias. El asunto va a peor.

Mírese los menús que aparecen anunciados a la entrada de los restaurantes o, mejor, los anuncios que se pegan en los postes para vender una bicicleta, alquilar una habitación o, pedir ayuda para encontrar a la perrita perdida. Pero si se quiere encontrar barbaridades ortográficas, la vía más segura es un buen vistazo a los comentarios que circulan en las redes sociales y que hasta hace unos años hubieran descalificado la intervención de su autor.

Las tildes han sido víctimas preferenciales. En el caso de los pronombres, con la complacencia de la Real Academia que, vuelta condescendiente con los usos extendidos, especialmente los peninsulares, claro, ha cancelado la importante diferenciación entre los adjetivos ese, este y aquel, y los pronombres que llevaban una tilde distintiva. Con la RAE o sin ella, las tildes son especie en curso de extinción; como el lince ibérico, para que se entienda.

En medio de esta destrucción idiomática en curso, una de las víctimas más señaladas es el verbo haber. Su ejecución tiene lugar a diario y en dos direcciones, ambas en relación con la preposición a. Así, un “no a desayunado” es tan normal como un “vamos ha cambiar de tema”. El verbo haber parece haber caído en desgracia. Lo pensé esta semana al recibir un correo electrónico de una jueza chilena con un “a firmado” que merecía un réquiem para el verbo así fallecido.

¿A alguien le importa esto, además de los filólogos y los viejos que aprendimos ortografía bajo el principio de la-letra-con-sangre-entra, literalmente aplicado? Tengo dudas.

Acerca de Luis Pásara

Luis Pásara es abogado y Doctor en Derecho por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Entre 2004 y 2011 fue investigador del Instituto Interuniversitario de Estudios de Iberoamérica, de la Universidad de Salamanca.
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