La imprevisibilidad nos persigue

Entre las diversas razones por las que muchos decidimos en años recientes trasladarnos de América Latina a España, la imprevisibilidad de nuestros países probablemente ocupa un lugar destacado. Los argentinos fueron escaldados de por vida con corralitos y corralones que, de la noche a la mañana cancelaron los pocos o no tan pocos ahorros que hubiesen reunido. Los peruanos vinimos en oleadas generadas sucesivamente por un gobierno militar propenso a las expropiaciones, una democracia recuperada que con Alan García en el timón se encaminó sin dilaciones al desastre económico, y una subversión apocalíptica que se comparó con exageración a los khmer rojos. Ahora mismo, los venezolanos buscan algún lugar en la península o Canarias para evitar no solo el hambre sino la pregunta atroz de qué traerá el día, sabiendo de antemano que no será nada bueno.

Frente al horizonte de imprevisibilidad constante en nuestros países, España ofreció a partir de la vuelta a la democracia un panorama que en lo económico se consideró como relativamente estable, pese a algunos sacudones cíclicos; imaginamos que el euro, al atar el futuro español al de Europa, otorgaba una póliza de seguro a todo riesgo. La crisis de 2008 puso fin a algunas certezas que se creían duraderas. Inversiones, como la del ladrillo, que parecieron seguras durante varias décadas perdieron valor bruscamente. El desempleo golpeó duramente las expectativas de los inmigrantes, muchos de los cuales prefirieron volver entonces a sus incertidumbres conocidas. Pero incluso, la clase media autóctona ha recuperado estrecheces que conocía solo en boca de los abuelos. Y nadie puede asegurarnos ahora que el futuro será mejor.

En una importante medida como derivación del fin de la bonanza económica, el panorama político dio paso a novedades. El bipartidismo que acompañó la estabilidad durante tantos años pareció llegar a su fin. Y actualmente, el arco de la oferta política va desde una izquierda radical que, parece haber perdido simpatías, luego de aprender algo de pragmatismo, hasta una extrema derecha que muchos aseguraban, mirando con desdeño a Francia y otros países europeos poblados de neonazis o neofascistas, “aquí eso no ocurre”.

A las puertas de un festival electoral entre abril y mayo próximos, España se ha vuelto impredecible. Los comentaristas mejor enterados dicen que en términos de gobierno cualquier futuro es posible, y uno más sarcástico, Jordi Évole, ha buscado una imagen que reste algo de amargura a la situación: “España es ahora mismo un gran sorteo, una lotería judicial y electoral de la que soy incapaz de pronosticar qué bolita puede salir”.

Quiero testimoniar que esta no es la España a la que imaginé venir a vivir y a la que vine hace quince años. A mi edad, lo confieso, buscaba el sosiego y la tranquilidad para los cuales la previsibilidad es un componente indispensable y el sobresalto está contraindicado. Pues, en eso estamos, vueltos de algún modo a la latinoamericana imprevisibilidad de la que creímos posible huir.

 

Acerca de Luis Pásara

Luis Pásara es abogado y Doctor en Derecho por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Entre 2004 y 2011 fue investigador del Instituto Interuniversitario de Estudios de Iberoamérica, de la Universidad de Salamanca.
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