La propia política. Pasiones ociosas

Hay un cuento de Gabriel García Márquez que se llama “Espantos de Agosto” y es justamente el título lo que ya imprime el sello de realismo mágico. En verano no hay espantos y a mediodía, menos. Este ambiente no es propicio para asustar a nadie y, sin embargo, el Gabo teje una muy buena trama, sin profundidades filosóficas ni enseñanzas de vida, se embebe uno en divertimento puro, ocioso, enajenante.

El tiempo invertido a los partidos del mundial genera escozor en algunos grupos, juicios sobre ociosidad y flojera, desafección. En “La Virgen de los Sicarios”, Fernando Vallejo escribe algo así como media ciudad coreaba a 22 jugadores pateando un balón mientras la otra mitad velaba a una treintena de víctimas del crimen organizado.

¿Sería mejor que media ciudad leyera un libro en tanto la otra llora a sus muertos? ¿Es el fútbol un vicio y la literatura, pureza y perfección? En términos de “perder tiempo” ambas aficiones lo roban, ambas divierten, emocionan y a veces aburren, ya depende del partido o de la obra. Pero el fútbol nos alcanza a todos, no es tan demandante como un libro, pero eso no resta al elemento cultural que conlleva y los efectos en la persona que lo vive en intensidad.

La diferencia entre la alta cultura y la popular es la accesibilidad y el sentido de pertenencia. Inexorablemente esto también está ligado al nivel de educación del país y la sociedad, no sólo a la biografía del individuo. Chimamanda Adiche, nigeriana, confiesa que empezó escribiendo cuentos con manzanas por la influencia europea, cuando su entorno rebosaba de colores y sabores tropicales. Y aunque en Francia se lea más que en México, la afición futbolera no merma.

Es ocioso el tiempo entre libros si de ahí no resurge una nueva persona, así como la adrenalina futbolera regenera hasta el núcleo de las células, y por si fuera poco, produce endorfinas. Con el fútbol va una cerveza, con los libros, un tinto y a Dios le da por usar a ambos para criar a sus hijos.

Lo que se vive con pasión no puede ser ocioso, es más arribista el ocio de quien presume ajedrez cuando lo suyo es dominó. Y también, el ocio que no deja nada es aquel que se cultiva “para evitar la fatiga”, dicho del memorable flojonazo Jaimito, cartero en la serie del Chavo del Ocho.

No he querido terminar un libro de Enrique Serna, “Genealogía de la Soberbia Intelectual”, pero el título ya atesora un elemento sustantivo para reducir las tremendas diferencias sociales y educativas en México. Desde que lo encontré, hace como cinco años, se aflojaron varios prejuicios y lo “comercial-popular” iluminó fuertes destellos de mi ser regia, mi ser fiestera, bailadora, taquera, futbolera y más persona.

 

 

 

Acerca de Sara Lozano Alamilla

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