Lecciones del 1-O

Los prolegómenos del 1-O contaron con una abundante serie de análisis, opiniones y manifiestos que abordaron los variados escenarios de la situación catalana, dieron amplios recetarios y evidenciaron aspectos prácticos, cuestiones racionales y contenidos emocionales del asunto.Cualquier ciudadano medianamente atento pudo construir su juicio en virtud del acervo acumulado y, como no, de sus propios prejuicios. La palabra, oral o escrita, se entrecruzaba con los hechos. Se dibujaban estrategias, se construían marcos cognitivos en los que encuadrar el problema, unos no hacían nada repitiendo el mantra de la defensa del Estado de derecho, otros daban pasos inexorables alucinados bajo el designio de la voluntad popular.

La jornada del 1-O supuso el falso punto de llegada cuando todos tuvimos conciencia de que apenas era un momento de recapitulación. Un hiato en el que convergían años de militancia nacionalista tenaz con una profunda torpeza de una clase política ensimismada y una extendida anomia social con respecto a este asunto. Quizá era también una vuelta de tuerca más o, a lo mejor, el ultimo eslabón. Una escenificación más en la que el mayor valor debería constituir unas imágenes que corrieran por el mundo del uso de la fuerza frente a ciudadanos desprotegidos. Poco importaba que esta fuera la del Estado de derecho, ni que impúdicos manifestantes llevaran niños sobre sus hombros. El mensaje contraponía al pueblo prístino contra el Estado avasallador.

Ignoro qué puede pasar en el futuro, pero hay tres lecciones que he aprendido de lo ocurrido cuyas enseñanzas van sin duda a condicionar aquel. En primer lugar, la posverdad también se encuentra entre nosotros. Lo que a lo largo de 2016 vimos que sucedía en torno al Brexit y a las elecciones estadounidenses en torno a la construcción de relatos a través de medias verdades o, directamente, de noticias falsas, se ha dado aquí también. El Govern catalán corrompió el debido proceso, quebró sus propias leyes y no tuvo vergüenza alguna para constituirse en el abanderado de la democracia. El presidente Rajoy, pocos minutos después de cerradas las urnas en las que más de dos millones de catalanes habían depositado sus papeletas, no tuvo problema alguno en afirmar enfáticamente que el plebiscito no había tenido lugar. Son dos evidencias poderosas que señalan un camino del que seguramente ya no hay vuelta atrás.

La segunda lección tiene que ver con el ejercicio de la fuerza desde el Estado de derecho. Un manifiesto largamente publicitado y firmado por un importante número de intelectuales y de personajes públicos españoles animaba al gobierno central a impedir el plebiscito usando los medios legítimos a su alcance. Un eufemismo para no decir expresamente que usara la fuerza si era necesario. Desde los sectores más radicales del independentismo siempre se ha sostenido la existencia de un dominio casi colonial (de ahí el proceso de autodeterminación) que se ejercía sobre Cataluña “desde Madrid”. Pues bien, ambos supuestos resultaron falsos. El gobierno español supo pronto que solo podría contar para ejercer la legalidad con la Policía Nacional y la Guardia Civil, cuerpos de seguridad cuya presencia en Cataluña se ha demostrado que es residual y cuya capacidad de despliegue estaba totalmente constreñida. A falta de infraestructura estatal central se tuvo que usar barcos, hoteles y pensiones para albergar a esos efectivos. ¿Qué Estado “opresor” es ese que no dispone de efectivos ni logística en el territorio por el controlado? Por su parte, la Generalitat conto con la obediencia irrestricta de los Mossos, cuerpos de seguridad que se suponían del Estado español, pero que quedó evidenciado que solo lo eran de Cataluña. Si Weber nos enseñó que es patrimonio del Estado el monopolio de la fuerza legítima, la intervención de la Policía Nacional y de la Guardia Civil en los primeros momentos de la jornada electoral y su rápida interrupción evidencian esta situación. El autogobierno en Cataluña es ya tal que son los catalanes quienes tienen el control de la fuerza.

Finalmente, quiero señalar la paulatina, pero creciente, aparición de banderas españolas en barrios muy diferentes de distintas ciudades. No se trata solamente del madrileño barrio de Salamanca, la llamada zona nacional en la transición. El soterrado nacionalismo español, nunca desaparecido, pero muy constreñido en los últimos tiempos por códigos insólitos de tolerancia o, si se prefiere, de abulia, parece despertarse. No es una buena noticia porque ello implica la agudización de la polarización en todos los niveles y no solo en el del contencioso catalán. Cuando en el Camp  Nou  el 1-O el equipo canario que iba a jugar contra el Barcelona señaló que deseaba incorporar la bandera española a su camiseta se añadía un factor más en el esperpento subsiguiente de la celebración del partido de fútbol con el estadio cerrado. En octubre de 1934 el país se encontraba en una situación similar a la presente. Afortunadamente se trata de tiempos distintos y de contextos internacionales muy diferentes, pero todos sabemos que paso en 1936 y, en el mundo, tres años más tarde.

 

 

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