Los orígenes de la inseguridad y la víctima-cómplice

El fin de año argentino se tiñó otra vez de saqueos, vandalismo, denuncias de complots políticos y, esta vez, muertes. La inseguridad y la violencia continúan siendo uno de los mayores problemas del país, y también de la región. Sin embargo, como demostré en un trabajo anterior (Moriconi 2011), los estudios enmarcados en el tópico de la seguridad ciudadana habitualmente abordan el problema desde perspectivas técnicas que impiden comprender el fenómeno desde una visión holística. Se intenta estipular esquemas lineales y universales de causa-consecuencia que permitan prevenir la materialización del hecho violento o criminal. Para esta lógica discursiva, el problema es el hecho violento, y si este no se consumara todo parecería estar perfecto en las sociedades en conflicto.

Ante el robo de coches, se inventaron llaves codificadas y otros dispositivos para dificultar el robo. Lo que se consiguió no fue la eliminación del problema, sino la mutación del modus operandi de los robos, que ahora debían incluir la presencia del dueño del coche o chofer que portara la llave codificada. El robo de coches aumentó, así también como los asesinatos durante estos episodios. Ante la inseguridad, quienes podían se mudaban a barrios cerrados y olvidaban la coyuntura… hasta que los barrios cerrados dejaron de ser inseguros. Y los ejemplos podrían seguir.

Ser violento. Los orígenes de la inseguridad y la víctima-cómplice se propone un análisis complejo de la situación. Centrado en los casos de México y Buenos Aires, el libro parte de la hipótesis de que la violencia no es el problema central, sino la consecuencia lógica de un problema previo mayor: la deslegitimación y colapso de la legalidad como valor rector y principio efectivo de las interacciones cotidianas.

No es preciso respetar las leyes. La corrupción dejó de ser la manzana podrida para convertirse en la norma, los sobornos se han convertido en una herramienta efectiva para solucionar problemas, las evasiones impositivas son útiles, el mérito no garantiza la victoria, el trabajo está devaluado, la educación limitada.

En estas sociedades, el modelo de vida promulgado por las instituciones formales ha dejado de ser verosímil. Debido a las ideas que determinan lo justo y lo bueno, los valores sociales elementales y las pautas de reconocimiento, los antagonismos insalvables, y las exclusiones extremas, la convivencia se ha convertido en un malestar perpetuo. Se educa al ciudadano en pos de metas que, posteriormente, la propia sociedad se encarga de negar o imposibilitar. En el camino al éxito, la legalidad aparece como un obstáculo.

Y en este marco, la violencia emerge en los estudios sociales como una cuestión negativa, mala. Sin embargo, la violencia no es ni buena ni mala, sino que debe entenderse en el marco de su utilización, tolerancia y eficacia como herramienta, como medio, para lograr objetivos sociales y políticos. Cuando no hay un régimen jurídico e instituciones efectivas e inclusivas, la violencia emerge como una cuestión lógica y efectiva. Y aquí radica un nuevo problema: la violencia es reconocida y tolerada por diferentes sectores de la sociedad como una herramienta eficaz en las luchas simbólicas y políticas.

Diversos colectivos utilizan grupos de choque violentos para sus fines políticos, sindicales, sociales, deportivos. Amenazas, agresiones, imposiciones, golpes, vandalismo son acciones recurrentes de la vida política y social de estas sociedades porque su eficacia para conseguir objetivos está probada y aceptada. En Argentina, por ejemplo, se decidió incorporar la enseñanza del escrache en los programas educativos. En México, diversos grupos auto-convocados se arman para protegerse, entendiendo que la mejor forma de combatir la inseguridad (en una coyuntura como esa) es la empuñar las armas y, también, recurrir a la violencia. Por otro lado, el libro demuestra cómo diversos reclamos de sectores sociales particulares sólo ingresaron a la agenda política a través de la violencia o como consecuencia de la expansión y aumento de las percepciones de inseguridad en todos los estratos sociales.

Alejandro Martí, empresario que pasó al activismo tras el asesinato de un hijo y que fundó la ONG México SOS, se preguntó: “¿quién es más culpable? El que deja hacer o el que hace”.

Ser violento avanza sobre un análisis complejo que analiza el crimen a partir de las actividades paralelas que le dan sentido y valor simbólico. Existen una cantidad de actividades paralelas, muchas legales, sin las cuales el crimen perdería su razón de ser. Mercados de segunda mano, demanda de productos a bajo precio sin importar su procedencia, pautas de reconociendo sociales a partir del consumo, infinitas posibilidades de lavado de dinero, estructuras de oportunidad para la corrupción, paraísos fiscales. En este marco surge la lógica de la víctima-cómplice (Moriconi 2009): para que un foco de malestar se legitime, naturalice y perpetúe en el tiempo, es necesaria la tolerancia, por acción u omisión, de la mayor parte de la ciudadanía. No hay crimen sin consumidores de criminales. La culpabilidad no es potestad del criminal. El imaginario social, las ideas sobre aquello que es justo, bueno, tolerado, legítimo dentro de un orden social tiene una influencia clave en la socialización de los individuos y en la potencial materialización o no de una sociedad violenta. La clave son las narrativas y los estereotipos de éxito.

Y, en este contexto, una narrativa que genera malestar es la confusión de medios con fines. Subyace al metadiscurso de la seguridad ciudadana la idea de que el criminal busca el crimen, y que el crimen tiene como finalidad el dinero y/o el poder. Pero el crimen –al igual que el dinero o el poder- es un medio, no un fin. Quien roba un carro no desea el carro, ni siquiera el dinero que le darán si lo vende. Deseará lograr algo con ese dinero, buscará reconocimiento. En este sentido, el trabajo profundiza la comprensión del ser humano no desde una racionalidad plena que no es tal, sino desde sus vulnerabilidades y carácter social.

Durante los últimos saqueos en Argentina, el foco de análisis se centró en si eran o no organizados y se cuestionó que los saqueadores no robaban comida, lo que demostraba que el delito no era cometido por hambre. Por un lado, esto demuestra una clara criminalización de la pobreza: sólo el pobre con hambre debería ser aquel que saquea. Pero el crimen no tiene condición social, aunque si es verdad que diferentes clases sociales tienen diferentes estructuras de oportunidad para intervenir y materializar distintos tipos de crímenes. No todos pueden formar parte de la corrupción de cuello blanco y de estafas millonarias.

Por el otro, la clave no está en quién y cómo se roba, sino en lo que se llevan y en lo qué esa mercadería significa socialmente. Los saqueadores se llevaban, por ejemplo, televisores de plasma, cuestiones materiales que socialmente brindan status y, al brindarlo, permiten mayores y mejores posibilidades de interacción con el prójimo. Dime que tienen y te diré cuánto provecho puedo sacar de ti. Las ideas axiomatizadas que determinan las pautas de reconocimiento social de estas sociedades generan conflicto, odio, resentimiento y… violencia.

Dos conceptos han signado los programas de combate a la violencia y la inseguridad: la Mano dura y la Tolerancia cero. Cabe, tras este análisis, preguntarse mano dura y tolerancia cero a qué, a los crímenes puntuales o a un sistema de interacción social donde la legalidad y los criterios de veracidad del discurso jurídico ya no tienen jerarquía ni utilidad. Tolerancia cero al delito o a un modo de vida que ha degenerado los valores de integración, ha expandido la exclusión y la miseria (no sólo económica, también psíquica), y genera ideas sobre lo interesante y lo digno de ser reconocido que poco ayudan a la mejor calidad de vida conjunta.

 

Referencias Bibliográficas:

Moriconi, Marcelo (2011): “Desmitificar la violencia: crítica al discurso (técnico) de la seguridad ciudadana“, Revista Mexicana de Sociología, Año 73 (4) (octubre-diciembre): 617-644.

Moriconi, Marcelo (2009): “El malestar social y la víctima-cómplice”, Polis -Investigación y análisis sociopolítico y psicosocial, 09-1,  pp. 115-142.

 

Acerca de Marcelo Moriconi Bezerra

Marcelo Moriconi Bezerra es investigador del Centro de Investigaçao e Estudos en Sociología, del Instituto Universitario de Lisboa, Portugal.

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4 respuestas a Los orígenes de la inseguridad y la víctima-cómplice

  1. Marcelo 15 febrero, 2014 at 11:42 #

    Monserrat, gracias por el comentario. El delito siempre existió y seguirá existiendo. De hecho, las políticas de seguridad no buscan eliminar el delito sino reducirlo a un mínimo sustentable. El delito muda como muda toda actividad social. Una parte del libro lo dedico a eso. Por ejemplo, hace apenas unas décadas, el uso de la violencia en un robo era muy mal vista por “los delincuentes”, era muestra de inoperancia, poco profesionalismo. El buen ladrón era el que no dejaba rastro de ningún tipo. Hoy el uso de la violencia es para ciertos grupos una demostración de poder. Antes se veía a un policía y se huía, ahora muchas veces se lo mata, sin más. Es una bola de nieve.
    En términos de violencia política o común, es un debate que da para mucho. Quizás toda violencia es política y tiene un fin político (entendiendo la política no desde una lógica institucional, partidaria, sino como la construcción permanente del vínculo social, de las pautas de reconocimiento y de aquello que es bueno, tolerable, deseable para una sociedad). El que le pega a su mujer, se está quejando de ella, de él, o de la sociedad? O de todo? La violencia es simplemente un medio…

    Tristán, muchas gracias a ti también por el comentario. Sí, hay relación y todo lo que tu dices afecta. Pero no afecta per sé, sino por las ideas que signan el imaginario social de la lógica de pensamiento liberal/capitalista. Primero, hablar y condenar la pobreza ayuda a legitimar y no condenar la extrema riqueza. No necesariamente un pobre o un desempleado tiene que ser violento. Que sin una buena distribución y con pobreza extrema es imposible consolidar instituciones democráticas es una realidad, pero a mi me interesó, para el libro, el tema de que la ilegalidad y el uso de la violencia como medios se pueden apreciar en todos los estratos sociales de la sociedad que analizo.

    Muchas gracias

    • Monserrat 16 febrero, 2014 at 19:07 #

      Muchas gracias por la respuesta Marcelo, aclaró muchas dudas. Felicitaciones de nuevo por el artículo, muy interesante.

  2. Tristan 14 febrero, 2014 at 19:57 #

    Buenas tardes Marcelo y gracias por su articulo,

    Es interesante analizar la violencia así, porque en Sociología a pesar de los hechos delictivos me parece que la violencia en si misma ha sido poco estudiada.

    Podemos ver la violencia como uno de los medios para lograr sus objetivos y que sea así como “consecuencia lógica de la deslegitimación y colapso de la legalidad”. Pero tal vez, el riesgo de esta visión del fracaso de las instituciones incorporando la violencia en un cierto orden seria de olvidar el lado propiamente social.

    Es decir que pienso que hay que ver como se redistribuye la riqueza en los dichos países, cual es la tasa de paro y cuales son las políticas hechas para luchar contra la pobreza y la indigencia por ejemplo. Porque si hay una criminalización de la pobreza es quizás justamente porque hay un vació en las políticas para reducirla.

    ¿No opina que una comparación entre el “Indice de Desarrollo Humano ajustado por desigualdad” y la tasa de violencia (si se puede medir) en los países sería un ejemplo que podría decirnos mucho sobre este tema?

    Gracias,

    Un saludo

    Tristan

  3. Monserrat 13 febrero, 2014 at 12:42 #

    Buenos días Marcelo,

    Muy interesante el post. Estoy de acuerdo con que los criterios de veracidad del discurso jurídico – en muchos casos latinoamericanos- ya no tienen jerarquía ni autoridad, sin embargo no creo que el origen de la inseguridad víctima-complice sea un habitus, en donde la ilegalidad es el esquema de obrar y el delito es el símbolo de prestigio. Lo que yo creo es que siempre han existido incentivos para el delito, no obstante este ha mutado y ya los incentivos no son los mismos porque el contexto social va cambiando. Además de lo anterior, pienso que en el texto se debe hacer una distinción entre la violencia con fines políticos y la violencia común. No se si podría ampliarme más estas ideas?

    un saludo y muchas gracias.

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