México: de la solidaridad ante la tragedia a la institucionalidad para la vida

“Alerta sísmica, alerta sísmica,…” El miedo sube desde las vísceras. Sólo cada uno ante el inicio de los tiempos: la tierra nuestra única certidumbre cotidiana se mueve violentamente; es más que la lluvia pertinaz, inacabable; es más que el viento tirando todo cuanto se le opone. Cada uno recorre en unos instantes ese miedo que está más allá de la amenaza cotidiana del abuso, del despojo, de la represión; que no viene envuelto en la impunidad gubernamental y el horror criminal. Es el terror ancestral que emerge de las entrañas del planeta que en segundos colapsa edificios, devora personas entre escombros, tumba casas y abre grietas hacia el magma originario.

“Aléjense de los edificios”, “Caminen hacia los estacionamientos”, “Nadie entre por sus pertenencias” son las voces de la protección civil en medio de la huida apresurada, de las personas tentando no empujar al prójimo, buscando el lugar en la fila sin atropellar a otro. Son nuestros compañeros de trabajo haciendo la tarea encomendada. Los rictus del miedo, las caras de pánico, los gritos guturales, el llanto sin medida, la huida torna lentamente a la pregunta primera: “Dónde está Juan, viste si bajó Adriana, a dónde fue a dar Marcela que venía al lado mío…”, “Llevas el teléfono, tienes señal…”. Todos caminan apresuradamente, algunos quieren retornar por lo suyo. “Nadie regrese”, es el imperativo de los trabajadores en su papel de protectores de todos. La manada humana se protege, se arropa, se encamina.

Es la UNAM. No hay señal para llamadas; solo WhatsApp. “Me prestas tu teléfono para saber cómo están en tu casa”, en la mítica casa de Ud. que tiene toda persona de México, esa donde por lo general pernocta. “Por supuesto…”.

Fue muy fuerte el sismo, la tierra chicoteó de abajo hacia arriba y empezó un bamboleo en círculos que aventaba los cuerpos y cosas contra las paredes y el piso. No terminaba nunca: 20, 30, 50 segundos son horas. El sudor frío recorre las espaldas, los músculos se tensan, los huesos se yerguen; vamos caminando hacia los árboles que bordean los estacionamientos. Nadie respira hondo. Las huellas físicas de esos momentos duran días. Hay músculos con contracturas, articulaciones doloridas, huesos que no vuelven fácilmente a su lugar…

Ya suenan las ambulancias. Hay derrumbes en el sur de la Ciudad de México. Parece que hubo muertos en las colonias Roma y Condesa, lugares donde arrasó el sismo del 85. Las noticias de los cercanos que van en la bola no son alarmantes. Son las redes familiares, de amigos, de colegas, de juegos, de actividades mil que vomitan mensajes por la red celular y comunican noticias mientras se agrupan los universitarios.

La solidaridad es natural. Está en la evolución de la especie: competencia en la marcha normal de las cosas, cooperación y apoyo mutuo ante el peligro. La solidaridad es social. La adaptación al medio ambiente hostil exige todo el tiempo soluciones que involucren la colaboración y la reciprocidad. La solidaridad es cultural en México. Los pueblos aprendieron que los modos de vida comunitarios mejoraban las condiciones de supervivencia. Por ello, como siempre ante las catástrofes mexicanas, la solidaridad surgió espontánea. En horas se multiplicó desde cada escuela, lugar de trabajo, barrio, comunidad, club, organización social. Para rescatar, para apoyar, para contener, para ayudar, para que hubiera herramientas, alimentos, medicamentos, albergues, ropa, cobijas, cobertores y tiendas contra las lluvias; toda otra persona es ella misma como víctima, damnificada, afectada.

La comunicación fue instantánea allí donde funcionaron los teléfonos celulares que tuvieran acceso a las redes sociales, los smartphones. Esas innovaciones tecnológicas fueron fundamentales en medio de la tragedia. La falta de otros medios de más amplio acceso diferenció por estratos de ingreso las poblaciones de personas usuarias. No cualquier persona pudo comunicarse fácilmente porque las redes de telefonía celular estuvieron interrumpidas según zonas o lugares desde por varios minutos hasta por muchas horas e incluso más de un día.

La acción preventiva donde es posible junto con las de auxilio y rescate ante los sismos se había practicado y simulado a las 11 horas. El sismo fue a las 13:14 del histórico 19 de septiembre como hace 32 años. Los grupos de protección civil en las oficinas públicas, las escuelas, los hospitales, las fábricas, las universidades y muchas otras organizaciones estaban preparados y en sintonía operativa. La organización territorial de la protección civil es menos densa y dispone de menos recursos. En particular, la comunicación sobre el territorio sin el funcionamiento adecuado de la red de telefonía celular con todas sus aplicaciones disponibles complica y entorpece las acciones inmediatas.

Las inmensas masas principalmente de jóvenes que se volcaron durante el sismo y en estas últimas 120 horas a las calles, barrios y localidades para rescatar y apoyar a los damnificados desbordan todos los cauces organizativos instituidos. Son redes nacidas de las actividades laborales, sociales, culturales, de las relaciones profesionales, amistosas y lúdicas, de los roles que juegan las personas en hogares, empresas, escuelas, universidades, centros de salud, hospitales. Sus conexiones están articuladas mediante las tecnologías de la información y la comunicación (TIC); movilizan recursos tangibles e intangibles que rebasan todo lo imaginable cuando ocurrió la tragedia de 1985.

La sociedad mexicana vista a través del espectro que produce una tragedia de las dimensiones de este último sismo, del que ocurrió el 7 de septiembre, principalmente, en Oaxaca y Chiapas, y de los huracanes y lluvias torrenciales de antes y después de los terremotos, está atravesada de complicados y alentadores procesos a los que se oponen inmensas barreras de desigualdad y participación política.

El uso y difusión de la telefonía celular es inmensa; la concentración de la infraestructura de las TIC y las fallas de que adolece en momentos críticos produce que sólo funcionen los dispositivos más avanzados dejando fuera de la comunicación a amplios sectores de la población usuaria.

La organización de protección civil para enfrentar desastres naturales se ha multiplicado en el último cuarto de siglo. La capacidad social de auto-organización en redes mediante las TIC que tiene la población joven, en particular, rebasa el potencial de esa otra organización formal. La oportunidad de crear una organización de base territorial para prevenir y apoyar ante todos los eventuales desastres naturales aparece como realizable.

La generación de aplicaciones para dar seguimiento a las acciones de todo tipo que se realizan en medio de la tragedia muestra la fuerza, por un lado, de los recursos técnicos de los que disponen las nuevas generaciones y, por el otro, la posibilidad de crear una institucionalidad distinta que, estructurada en redes, controle las actividades de los gobiernos y auto – regule y ordene las tareas que hacen los grupos sociales en muy diversos ámbitos y territorios.

La conjunción, por un lado, de innovaciones tecnológicas y organizativas para enfrentar los desastres naturales que atentan y atentarán contra la vida en los próximos años y, por el otro, de la inversión de todo origen para realizar esa transformación portentosa requiere de una institucionalidad nueva. Unas reglas forjadas socialmente que reconozcan que en esa conjunción se juega la relación entre sociedad y naturaleza como nunca antes. Los riesgos del futuro sólo se enfrentarán con igualdad en el acceso a los recursos para proteger y salvar la vida y con conciencia de que, para vivir, los recursos naturales y las ciudades, en los territorios mexicanos, tendrán que estar en otro acordamiento con la tierra misma.

Acerca de Puchet Martin

En la UNAM es profesor titular de métodos cuantitativos desde 1990.
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