Nos habíamos amado tanto…relato breve de la “gobernabilidad” a la peruana

El 28 de julio de 2016, luego de una muy ajustada victoria en segunda vuelta, Pedro Pablo Kucsynski asumía la presidencia del Perú. Una campaña plagada de descalificaciones personales y un final agónico – la diferencia de votos entre Kucksynski y Fujimori fue de apenas un 0,24%-  privó a la democracia peruana de celebrar un hecho inédito de su historia como nación, por primera vez se producía una cuarta transferencia de mando ordenada, pacífica y conforme a las reglas de juego. Las principales noticias de los medios en aquellos días se enfocaba en el nivel de tensión en el que había quedado la relación entre los contendientes como resultado de una campaña sin concesiones. Un largo tiempo tuvo que pasar para que Keiko Fujimori con su estilo propio concediera públicamente la victoria a su contendiente.

La crispación de los ánimos y la tensión política generaron dudas acerca de la suerte de la gobernabilidad del Perú entre un fujimorismo “reloaded” que había obtenido mayoría propia en el Congreso unicameral (73 de 130 congresistas) y un gobierno con una pequeña bancada de 18 figuras que se habían sumado al proyecto pero que no provenían de una estructura partidaria sólida ¿Cómo gobernaría entonces Kucksynski sin partido ni militantes, sin una base social de apoyo fuerte ni aliados políticos de peso? Para colmo de males la economía internacional comenzaba a dejar atrás el ciclo de precios altos para las materias primas.

Los más optimistas pensaban que con la trayectoria y la larga experiencia pública de Kucsynski bastaría. “El conoce el Estado como ningún otro”, decían con entusiasmo casi irresponsable, “Finalmente tenemos el presidente más preparado y trae a los mejores técnicos para gobernar”, aseguraban los ilusos. Los más pesimistas, por su parte, solamente auguraban una vuelta a las andadas del fujimorismo y un escenario de conflicto que incluiría la eventual vacancia del presidente. Los estudios de opinión señalaban sin embargo que algo distinto sucedería, una suerte de camino intermedio que se expresaría en forma de una tensa convivencia en la cual sería posible lograr acuerdos implícitos en torno a ciertos temas puntuales. La sangre no llegaría al río.

Los convivientes con las tensiones y altibajos propios que se esperaban de una relación compleja parecían caminar en esa dirección pero como dice el dicho popular “el diablo siempre mete la cola”. Los vientos de cambio en el contexto internacional en poco tiempo se convirtieron en tornados de signo proteccionista que aumentaron el nivel de incertidumbre y en nuestra región explotó una bomba de acción retardada cuya espoleta fue accionada por un valiente juez brasilero. La tensión del ambiente iba in crescendo y la convivencia era requerida para encarar frentes más complejos que podrían hacer naufragar a todos, es decir era necesario pasar de un giro de realismo político a acuerdos más explícitos. Algo faltaba de todas maneras porque la dimensión de los nuevos problemas que comenzaban a acorralar a los poderes del estado en su conjunto no parecía ser suficiente para que al más alto nivel se tejieran acuerdos y concesiones que permitieran viabilizar una salida.

La catástrofe de las lluvias y las víctimas mortales generadas por el “Niño” posibilitaron finalmente aquello que el “Lava Jato” y Trump no habían podido lograr, un marco de oportunidad en el cual el gobierno podría retomar la iniciativa a través de una agenda de reconstrucción. El fujimorismo no podía quedar afuera de esta dinámica de intereses y necesidades que de repente comenzaron a confluir para ambos. El realismo político puro y duro comenzó a imponerse entonces a través de un consentimiento que ha estado girando hacia algo más explícito y que busca asegurar la gobernabilidad.  La consagración de “héroes de la democracia” por parte del Congreso a los comandos que realizaron hace 20 años la operación de rescate en la embajada de Japón, seguida de un homenaje del presidente sin ahorrar elogios al fujimorismo y llamando “a dar vuelta la página” han sido los primeros pasos de esta nueva andadura. El combo del consentimiento explícito para asegurar la gobernabilidad parece que trae otras novedades como el proyecto que posibilitaría un cambio de situación para Alberto Fujimori.

La convivencia explícita en marcha será ciertamente difícil o imposible de digerir para los sectores que apoyaron públicamente a Kucsynski apostando que era la única opción de balancear el poder del fujimorismo. La situación generará posibilidades de mayor acercamiento entre desencantados y enojados, pero aventurar el surgimiento de una alternativa electoral atractiva a partir de ello o como efecto de ello, o más aún de una alternativa de cambio con posibilidades reales de gobernar el Perú en los próximos años es algo que como mínimo suena prematuro. El contexto de fragilidad en el que se inserta y mueve el sistema político peruano conspira contra esa posibilidad.

El dato más relevante en el nuevo escenario que se estaría forjando a partir de este consentimiento de carácter más explícito entre el gobierno y el fujimorismo, es que no asegura per se una respuesta al talón de Aquiles de la política peruana. Esa debilidad está representada por la falta de legitimidad que arrastran los poderes públicos desde hace varias décadas.

El abordaje de los altos niveles de desafección ciudadana requiere de una decidida voluntad política con cambios profundos y estructurales que deben ser sostenidos durante varios gobiernos. La respuesta que sigue pendiente implicará la creación de un estado que brinde servicios públicos de calidad y que asegure mejores condiciones y oportunidades para las grandes mayorías. Sin el impulso de esa agenda virtuosa, que debería formar parte de la “reconstrucción” que se ha puesto en marcha, la ciudadanía volverá a sentir o reconfirmar que las cúpulas celebran acuerdos que favorecen simplemente sus propios intereses y los acuerdos explícitos dictados por el realismo político será acaso otro bumerán negativo.

Acerca de Santiago Mariani

Profesor Universidad del Pacífico, Perú. Coordinador de la Maestría en Ciencia Política (Universidad Antonio Ruiz de Montoya).
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