Políticas sociales progresistas y estrategias partidarias clientelares: ¿Reconciliando lo irreconciliable?

Idealmente, los programas sociales protegen a las personas en situación de desempleo, enfermedad o vejez, e influyen en la distribución del ingreso en la sociedad. Por lo tanto, el tamaño y el alcance de las políticas de bienestar constituyen un instrumento político fundamental en las sociedades modernas. Sin embargo, estas políticas suelen asociarse a conflictos redistributivos, debido a que generan costes para el contribuyente promedio mientras distribuyen beneficios sobre la base de un principio de asignación determinado políticamente. Estos conflictos sobre el alcance y el diseño de los servicios de bienestar deben ser resueltos en el ámbito político y electoral de los partidos que efectúan ofertas programáticas, por lo que son un tema central en la clásica competencia entre partidos. Pero, ¿qué sucede con la política distributiva cuando los partidos también movilizan apoyos por fuera de las estrategias de vinculación programáticas? En muchas democracias en desarrollo, algunos partidos políticos se basan en estrategias de vinculación clientelistas, que se caracterizan por el intercambio de bienes –beneficios, protección– por votos (Stokes 2007), es decir: la compra de votos.

Los argumentos en la literatura indican que los partidos clientelistas desarrollan políticas que favorecen el libre mercado más que al Estado en el gobierno de la economía, que son discrecionales más que universalistas y más conservadores que progresistas (Kitschelt 2000). Siguiendo estas ideas, se sugiere que los partidos clientelistas se asocian con esquemas regresivos en términos de política social debido a dos razones: el argumento del intermediario (broker) y el argumento de la diversificación de estrategias o representación segmentada.

Con respecto al argumento del intermediario, los partidos clientelistas pueden combinar la compra de votos en circunscripciones pobres de su red clientelar con concesiones políticas – por ejemplo, prometen introducir políticas sociales preferenciales o cierto tipo de regulaciones gubernamentales – a líderes partidarios o inversores privados (Stokes 2005). Cabe esperar que las preferencias de los segundos se posicionen más a la derecha que las de los electores pobres. Con respecto al argumento de diversificación de estrategias, puede observarse que las estrategias clientelistas y las programáticas no son excluyentes. Un partido político puede, para ganar las elecciones, dirigirse a diferentes grupos con estrategias diversificadas (ver Magaloni et al. 2007, Luna 2014). Por lo tanto, si los partidos políticos en el gobierno centran sus programas en los votantes que no están dispuestos a dar su voto a cambio de incentivos materiales, el clientelismo puede generar desigualdad en la representación a favor de los grupos de mayores ingresos y cualificaciones. En definitiva, esto conduciría a una política social regresiva de los partidos clientelistas, cuya oferta en las circunscripciones ricas estaría en promedio representada en mayor medida sobre una base programática (Dixit y Londregan 1996). A esto se agrega que el argumento de la representación segmentada (Luna 2014) tiene más probabilidades de desarrollarse a la derecha del espectro político, dado que hacia la izquierda los planteos universalistas suelen tener mayor arraigo, y estos son menos combinables con los intercambios particulares. En especial los partidos de izquierda libertaria que se centran en la desigualdad social y la redistribución podrían ver comprometida su credibilidad si se involucran en prácticas clientelistas ( Kitschelt 2000). En consecuencia, el clientelismo podría explicar la resistencia de sistemas de bienestar regresivos (residuales) como los que se observan en América Latina (véase Berens y Ruth 2014).

Para observar esta posible conexión entre el clientelismo y las políticas sociales regresivas utilizamos evidencia descriptiva de 18 países latinoamericanos en dos niveles de análisis: (1) el nivel de los partidos y (2) el nivel de sistema. En el primer caso recurrimos a una encuesta a expertos sobre vínculos y responsabilidad democrática (Democratic Accountability and Linkages Project) que proporciona datos sobre las estrategias de vinculación de los partidos políticos, así como sus posiciones sobre política social. La Tabla 1 confirma nuestra hipótesis de que, en promedio, los partidos políticos con estrategias de vinculación y movilización clientelares desarrollan políticas sociales más regresivas (r = 0,311, p <0,003).[1] Por otra parte, la relación se invierte al observar partidos con estrategias de vinculación programáticas (r = -0,370, p <0,000). Esto sugiere que el clientelismo no sería conciliable con políticas sociales progresistas.

Tabla 1: Estrategias de vinculación y políticas sociales

imagen 11.03.2015

Fuente: elaboración propia basada en datos de la encuesta DALP 

Al traducir estos hallazgos al nivel del sistema y las políticas sociales implementadas, esperamos observar una relación negativa entre el nivel de clientelismo de un país y el carácter progresivo de sus políticas sociales. Para ello, contamos con indicadores de bienestar que reflejan patrones de gasto progresistas, tales como la matrícula escolar, mortalidad infantil (ambos tomados del Banco Mundial) y la tasa de cobertura de las pensiones (Rofman et al. 2008), que se utilizan a menudo para este propósito (para una discusión de los indicadores ver Pribble 2011). La Tabla 2 muestra que el clientelismo va de la mano con políticas sociales menos favorables para personas de bajos ingresos[2]. Los países que evidencian un mayor nivel de clientelismo muestran una cobertura de pensiones más baja, mayor mortalidad infantil y una menor tasa de escolarización que sus contrapartes no clientelistas.

Tabla 2: Clientelismo (media por países, DALP) e indicadores de bienestar

tabla 3. 11.03.2015

Fuente: Elaboración propia basada en datos de la encuesta  DALP , Banco Mundial y Rofman et al. 2008.

Para concluir, las pruebas descriptivas iniciales indican que la estrategia de vinculación clientelista de un partido no es fácilmente conciliable con políticas sociales progresistas. Una explicación de economía política como la dada aquí arroja luz sobre las razones de este patrón (ver Berens y Ruth 2014 por un análisis más detallado).

Bibliografía y referencias:

Banco Mundial. 2014.  World Development Indicators. (Enero 2015).

Berens, S. A. y Ruth, S. P. 2014. Bad Bargains: Does vote buying hinders progressive social policy in Latin America? Working Paper (ECPR Salamanca 2014).

Dixit A y Londregan J. 1996.  The determinants of success of special interests in redistributive politics. Journal of Politics 58(4): 1132-1155.

Huber, E, Mustillo, T, y Stephens, J D. 2008. Politics and Social Spending in Latin America. The Journal of Politics 70(2): 420-436.¨

Kitschelt ,H. 2000. Linkages between Citizens and Politicians in Democratic Polities. Comparative Political Studies 33(6/7): 845–879.

Luna, J P. 2014.  Segmented Representation. Political Party Strategies in Unequal Democracies. Oxford: Oxford University Press.

Magaloni, B, Diaz-Cayeros, A, y Estévez, F. 2007.  “Clientelism and Portfolio Diversification: A Model of Electoral Investment with Applications to Mexico” en Kitschelt, Herbert y Steven. I. Wilkinson (eds). Patrons, Clients, and Policies. Patterns of Democratic Accountability and Political Competition. Cambridge: Cambridge University Press, 182–205.

Pribble, J. 2011.  Worlds Apart: Social Policy Regimes in Latin America. Studies in Comparative International Development 46(2): 191-216.

Rofman, R., Lucchetti, L. y Ourens, G. 2008. Pension systems in Latin America: Concepts and measurements of coverage. World Bank, Social Protection Discussion Paper.

Stokes, S. 2005.  Perverse Accountability: A Formal Model of Machine Politics with Evidence from Argentina. American Political Science Review 99(3): 315-325.

Stokes, S. 2007. “Political Clientelism” en Boix, C y Stokes, S (eds). Oxford Handbook of Comparative Politics. Oxford: Oxford University Press, pp. 604-627.

[1] Se pidió a los expertos que clasifiquen los partidos según sus estrategias de vinculación programáticas y clientelares usando una escala de 4 puntos, así como las posiciones ideológicas de los partidos en una escala izquierda-derecha, y sus políticas sociales en torno a tres dimensiones: libertad de mercado, redistribución y gasto público, usando una escala de 10 puntos (los valores más altos indican las posiciones más conservadoras). Combinamos esas cuatro dimensiones políticas en un índice de política social. El valor propio de la primera dimensión es 3,63, lo que explica el 90,9% de la variación en las cuatro dimensiones.

[2] Por supuesto, tenemos que reconocer que todos los partidos políticos en América Latina están limitados por la escasez de recursos con lo que la voluntad de invertir no siempre encuentra los medios de ser realizada (véase Huber et al. 2008).

Acerca de Saskia P. Ruth y Sarah A. Berens

Saskia P. Ruth es becaria postdoctoral en Ciencia Política en la Universidad de Zurich y Sarah A. Berens es Investigadora Asociada del Departamento de Política Comparada de la Universidad de Colonia

4 respuestas a Políticas sociales progresistas y estrategias partidarias clientelares: ¿Reconciliando lo irreconciliable?

  1. Yanina 12 marzo, 2015 at 21:44 #

    Felicitaciones por el post, que plantea ideas muy claras. Tras la lectura, me pregunto si los sistemas clientelistas operan de esta manera (regresiva) por defecto o es una estrategia racional y explícita. ¿tienen algunos resultados que permitan hacer inferencias en esta linea?
    Saludos,
    Yanina

  2. Lucia Miranda 12 marzo, 2015 at 17:16 #

    Estimadas,
    Encontré muy interesante el artículo, sin embargo tengo algunas dudas respecto de la robustez de las inferencias que se hacen.
    Mi duda se desprende de cierta imprecisión conceptual que identifico. Se habla de clientelismo y compra de votos sin especificar que son conceptos diferentes. Por otra parte se lo define como un tipo de vinculación entre partidos políticos y votantes, pero lo que se analiza es una estrategia de distribución. A su vez, se toma la estructura interpretativa del clientelismo como un mecanismo de rendición de cuentas perverso entre políticos y votantes pero en ningún momento se revisa el momento en que el votante apoya políticamente al partido o líder clientelista…
    Creo que se está dando por sentado, erróneamente, que en la distribución (de beneficios clientelistas) genera inmediatamente la adhesión y apoyo por parte del cliente.
    Saludos y espero que los comentarios sean de utilidad.

  3. Ivonne Maya Espinoza 12 marzo, 2015 at 13:36 #

    Es interesante como un mismo concepto, el clientelismo, puede ser estudiado desde dos enfoques políticos: el de la calidad electoral y el de las políticas públicas. En cuanto al primero de ellos, en términos de Sara Birch, el clientelismo es una de las malas prácticas electorales a las que recurren los partidos políticos para obtener votos. Dicha práctica “inclina la cancha” a favor del partido que tiene más recursos. Por lo que respecta al segundo, analizado de forma clara en este post, nos señala que el clientelismo contribuye al desarrollo de políticas sociales regresivas. Por tanto no sólo es nocivo para la democraticidad (grado de calidad) de las elecciones si no que también repercute en el estado de bienestar, dos razones para denunciar los casos de clientelismo con el afán de nivelar “la cancha” electoral y eliminar así las prácticas clientelares de los partidos.

  4. Santiago A. 12 marzo, 2015 at 4:41 #

    que pasa con la relacion en la tabla 2 cuando se controla el GDP per capita?
    saludos!

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