Procesos de toma de decisión y emociones: ¿una extraña pareja?

Desde hace algunas décadas, las investigaciones en los campos de la Psicología Social y la Psicología Política acerca de los procesos mentales de evaluación y toma de decisión política, sugieren que los razonamientos de las personas se encuentran sesgados y motivados por sus emociones. La noción de “razonamiento motivado” se refiere a una forma implícita de regulación de las emociones, en la que el cerebro tiende a aceptar más los juicios que minimizan y nos ahorran los estados afectivos negativos y que maximizan los positivos (Westen et al. 2006). El razonamiento motivado implica tanto la regulación de las emociones como la puesta en marcha de defensas psicológicas. Por ejemplo, la pertenencia partidaria suele actuar como un incentivo para el razonamiento motivado cuando las personas realizan evaluaciones políticas, sesgando las conclusiones hacia aquello que emocionalmente se prefiere.

Durante las elecciones presidenciales de 2004 en Estados Unidos, Westen y colaboradores (2006) realizaron una investigación para estudiar los procesos de razonamiento de ciudadanos identificados con partidos políticos cuando se les presentaba información negativa tanto del candidato de su preferencia como del candidato de la oposición. En el estudio participaron 15 demócratas y 15 republicanos, con fuerte identificación partidaria. A cada uno se le mostraron afirmaciones de George W. Bush y John Kerry. Aunque los sujetos creían que las citas eran de la autoría de tales candidatos, algunas lo eran y otras habían sido editadas o inventadas por los investigadores. A cada participante se le enseñaban secuencialmente 7 diapositivas. La diapositiva 1 contenía una afirmación de Bush y la diapositiva 2 otra afirmación de este mismo candidato que, indiscutidamente, contradecía la primera. En las diapositivas 3 y 4 se repetía lo mismo pero con afirmaciones de Kerry. La diapositiva 5 pedía a los sujetos que calificaran en una escala de 1 a 4, en qué medida las afirmaciones de ambos candidatos incurrían en contradicciones (siendo 1 ausencia de contradicción y 4 máxima contradicción). La diapositiva 5 presentaba una declaración que exculpaba al candidato de su contradicción. La diapositiva 6 pedía a los sujetos que reconsideraran hasta qué punto las inconsistencias del candidato no lo eran tanto como había parecido a primera vista. Finalmente, la diapositiva 7 les solicitaba nuevamente que calificaran el grado en el que creían que las afirmaciones se contradecían, utilizando la misma escala de 1 a 4.

¿Qué mostraron los resultados? Los sujetos veían una contradicción máxima en las afirmaciones del candidato de la oposición a la que otorgaban puntaje 4; mientras que cuando se trataba del propio candidato la calificación más frecuente fue 2. Pero, además, la Resonancia Magnética Funcional que permitía observar “en vivo” el cerebro de los participantes mientras realizaban la tarea, mostró que frente a la información política problemática referida al propio candidato, que les producía una sensación de malestar o incomodidad, el cerebro comenzaba a buscar modos de desactivar la emoción displacentera, tarea en la que finalmente resultaba exitoso porque la mayoría de las personas con identificación partidaria se las ingeniaba para minimizar la contradicción. Adicionalmente, una vez que las personas lograban convencerse de que la contradicción de su propio candidato no era tan pronunciada como la del otro, no sólo se apagaba el circuito cerebral relacionado con las emociones negativas (ausencia de actividad en la ínsula y en el córtex lateral orbital) sino que se activaba el vinculado con las emociones positivas: cuando los sujetos sesgaban la conclusión a favor de su candidato, se liberaba dopamina. Es decir, el razonamiento sesgado produce un refuerzo positivo que hace que la persona se sienta bien e invadida de una sensación placentera.

En este punto vale la pena detenerse. Ese “truco” que opera el cerebro, refuerza que los partidarios, cuando son confrontados con información acerca de sus candidatos que lógicamente produciría una conclusión que les resultaría emocionalmente negativa terminen, por el contrario, arribando a la conclusión alternativa. ¿Por qué? Las identidades partidarias cumplen la función psicológica de proveer certidumbres. Por eso los candidatos y posicionamientos parecen estar blindados frente a las “balas” disparadas por los opositores. Cualquier elemento disonante es corregido o descartado, mediante la aplicación de las clásicas estrategias psicológicas descritas en la Teoría de la Disonancia Cognitiva (Festinger 1957): desestimar lo que es disonante agregando cogniciones consonantes (“puede que nuestro candidato haya incurrido en una contradicción, pero el 99% de las veces es coherente”), o cambiando unas cogniciones por otras (“puede que nuestro candidato haya incurrido en una contradicción, pero lo que hay que pensar es que no existen los candidatos que no se contradicen nunca”), o bien alterando su orden de importancia (“puede que nuestro candidato haya incurrido en una contradicción, pero esa es una cuestión mucho menos importante que su agenda de políticas que beneficiarían a millones de personas si resultara electo”). Como señala Kahneman (2011), muchas veces las personas llegamos a ciertas conclusiones con poca o nula evidencia. El nivel de confianza en nuestras propias conclusiones dependerá de la coherencia que tenga el argumento que hayamos construido con esa escasa evidencia: la confianza en nuestros propios juicios no proviene de una evaluación racional sino de un sentimiento que, básicamente, procede de la “coherencia” que hayamos podido otorgar o reestablecer en una determinada situación.

¿Cuáles son los riesgos que se derivan de ese refuerzo positivo que reciben las identidades partidarias cuando provienen de un “razonamiento motivado” regulado por las emociones en pos de evitar la disonancia cognitiva? La principal consecuencia indeseable es el dogmatismo ideológico, la adhesión rígida a un líder o etiqueta partidaria. En 1960, Milton Rokeach retomó el trabajo de Adorno y colegas (1950) acerca del autoritarismo de extrema derecha. Encontró que el problema del autoritarismo responde a una variable psicológica más general, a la que denominó “dogmatismo ideológico”. Las personas dogmáticas o con formas de “pensamiento cerrado” se hallan no sólo en la extrema derecha sino en todo el espectro político. Sus investigaciones evidencian que quienes tienen un sistema de creencias flexible son democráticos, mientras que quienes adhieren rígidamente a sus posiciones tienden al autoritarismo, sin importar el contenido de la ideología con la que simpaticen. El problema se presenta, entonces, cuando cualquier creencia se vuelve dogma y el mundo queda planteado en términos de reafirmar sólo aquello en lo que creemos, mediante una lógica binaria, excluyente, sin matices ni grises que obliguen a esfuerzos de pensamiento y diferenciación.

 

Referencias: 

Adorno, T., Frenkel-Brunswlk, E., Levinson, D. y Sanford R. 1950. The authoritarian personality. Nueva York: Harper & Row. Edición consultada: 1er. edición en castellano, 1965. Buenos Aires: Ed. Proyección

Festinger, L. 1957. A Theory of Cognitive Dissonance. Stanford, CA: Stanford University Press

Kahneman, D. 2011. Thinking Fast and Slow. Londres. Penguin Books

Rokeach, M. 1960. The Open and Closed Mind: Investigations into the nature of belief systems and personality systems. New York: Basic Books.

Westen, D., Blagov, P., Harenski, K., Kilts, C. y Hamann, S. 2006. “Neural Bases of Motivated Reasoning: An fMRI Study of Emotional Constraints on Partisan Political Judgment in the 2004 U.S. Presidential Election”. Journal of Cognitive Neuroscience 18 (11) 1947–1958.

Acerca de Orlando D’Adamo

Orlando D'Adamo es Director del Centro de Opinión Pública de la Universidad de Belgrano, Buenos Aires (Argentina).

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2 respuestas a Procesos de toma de decisión y emociones: ¿una extraña pareja?

  1. Clara 30 Abril, 2013 at 14:01 #

    Muy interesante el post del profesor D’Adamo. Importante para comprender el dogmatismo partidario que se puede ver, no sólo a lo largo de la historia, sino en los últimos años y el presente también.
    Quería consultarle sobre la relación entre el “razonamiento sesgado” que usted refiere y los atajos cognitivos, relacionados éstos con la seguridad de la certidumbre. ¿Existe tal relación?
    Muchas gracias!

    • Orlando 1 Mayo, 2013 at 22:17 #

      Hola Clara: Muy interesante tu pregunta. Si entendí bien, sintéticamente es si el dogmatismo puede ser un heurístico o, al menos, funcionar como tal. La respuesta a mi criterio es sí. Todo conjunto de creencias que permite abreviar los procesos de análisis y extraer conclusiones, con el consiguiente ahorro de energía mental y dar a la vez retroalimentación positiva al mismo, tiene efecto heurístico ampliado. ¿Por qué ampliado? Porque si el heurístico solo abrevia procesos, los círculos viciosos dogmáticos los abrevian y además refuerzan (el sistema vigente) con un claro beneficio emocional (De ahí lo de “ampliado”) Finalmente un ejemplo: En Argentina, la polarización entre oposición y el oficialismo ha derivado, entre otras cosas, en el empleo de neologismos que describen grupos (Las “corpo” y los “K, por ejemplo”) a la vez que funcionan como heurísticos (Dice tal cosa porque es “K” . O está al servicio de la corpo -en general el grupo Clarín-) Simplificación y refuerzo emocional ya que delimita un campo de identidad política: “Soy anti K” . O defiendo el modelo nacional y popular con el que emotivamente me identifico y todo aquél que se opone y critique, sólo puede ser un esbirro de las corpo. Huelga decirte el cúmulo de estereotipos y pobreza de análisis que esto conlleva y, sobre todo, el uso casi religioso de estas “explicaciones” de sobremanera, entre los “conversos” de ambos grupos.
      El tema es largo y ante cualquier duda lo seguimos pensando. Gracias por tu interés.
      Cordiales saludos,
      Orlando

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