¿Qué queda del giro a la izquierda?

La capacidad de permanencia de los regímenes políticos es una preocupación que la ciencia política contemporánea heredó de la filosofía clásica. Ahora, cuando hay claros indicios de que el ciclo de los gobiernos de izquierda de América Latina llegó a su fin, es pertinente retomarla y preguntarse por el legado que dejan. Es necesario conocer si lograron establecer nuevos regímenes políticos y económicos, cómo fue la propuesta original de gran parte de ellos, o si fortalecieron los que existían previamente. Además, de manera indirecta esta indagación será una vía para encontrar diferencias entre las diversas izquierdas, precisamente en cuanto a los regímenes que dejan después de su respectivo paso por los gobiernos.

La búsqueda de respuestas puede hacerse en varios planos, entre los que se destacan dos. El primero es el de las políticas aplicadas, que apunta fundamentalmente a lo económico y a lo social. Estos fueron los campos en que los gobiernos de ese signo intentaron plasmar su objetivo de justicia social y establecer una dirección claramente contraria a las reformas neoliberales que predominaron en la mayor parte de países durante el ciclo anterior. El segundo es el institucional, referido no tanto a los contenidos de los cambios realizados —que serían materia de otra evaluación—, sino al efecto que ellos han tenido sobre la democracia.

Habiendo transcurrido casi veinte años desde el inicio del giro y considerando que en este se integró un alto número de países latinoamericanos, se puede suponer que sus vestigios deberían ser claramente visibles en ambos planos. Lo que sigue es una invitación a entrar en esa reflexión. En este texto no arribo a conclusiones, pero sí arriesgo alguna hipótesis y ofrezco algunas sugerencias para la investigación en este campo.

Premisa básica: ¿cuántas y cuáles izquierdas?

Para abordar el tema de la herencia tiene sentido retomar la idea de las dos izquierdas que acompañó a este proceso desde su inicio. Pero, es preciso considerar que aquella formulación original se guió principalmente por el criterio de continuidad o ruptura con la ortodoxia económica. Solo en menor medida, y prácticamente como una consecuencia de aquella, aludía a la sujeción a los estándares democráticos. Por ello, llegó a una clasificación dicotómica encerrada bajo parejas antagónicas de izquierdas (radical/moderada, buena/mala, responsable/populista, entre otras). Sin embargo, como se vio con el andar de los años, la situación era más compleja que la reflejada en esas antinomias. Con solo colocar en un mismo nivel como parámetros de análisis a los dos criterios (ortodoxia económica y estándares democráticos), se obtienen por lo menos cuatro clases diferentes. Más casos aparecen cuando se introduce el criterio de gradación en cada una de las dimensiones y muchos más si se añaden otras, como liderazgo, partido, sistema de partidos o poderes presidenciales.

En síntesis, y sin entrar en el complejo debate de las clasificaciones y las tipologías, esto lleva a reconocer la multiplicidad y la heterogeneidad que se encierra en la referencia genérica al giro. A la vez, plantea el problema de definir los límites de la izquierda o, en términos concretos, determinar cuáles países se incluyen y cuáles se dejan fuera. El mayor o menor estiramiento de los criterios de la definición de izquierda ha llevado a listas largas y cortas, respectivamente. Considerando que los objetivos del análisis comparativo exigen evitar el estiramiento, y siguiendo parcialmente a Bobbio (1995), es posible tomar como elemento básico para esa definición el énfasis puesto en la igualdad, que tiene como expresiones concretas el combate a la pobreza y las políticas redistributivas. Esto da como resultado un grupo de 9 países que hicieron el giro: Venezuela (1999-), Chile (2000-2010; 2014-2018), Brasil (2003-2016), Argentina (2003-2015), Uruguay (2005-), Bolivia (2005-hasta la fecha), Nicaragua (2007-hasta la fecha), Ecuador (2006-2016), Paraguay (2008-2012)[1]

La cuantía de la herencia

En el balance general del desempeño socioeconómico, entre 2002 y 2014, todos los gobiernos de izquierda presentaron resultados positivos, tanto en la reducción de la pobreza como en el cierre de la brecha de la desigualdad (CEPAL, 2017: 88). Sin embargo, cabe hacer tres observaciones. La primera es que, la reducción de la pobreza es un resultado compartido por el conjunto de países latinoamericanos, de manera que no puede ser atribuido a la orientación de las políticas de determinados gobiernos. Las cifras y los estudios al respecto demuestran que el factor fundamental fue el crecimiento de las economías derivado del auge de la exportación de las materias primas. Por ello, la reducción o la reversión de la tasa de crecimiento, a partir de 2014 frenó o redujo el ritmo con que se venía reduciendo la incidencia de la pobreza (CEPAL, 2017)[2].

La segunda es que en el cierre de la brecha de la desigualdad sí se encuentran diferencias entre los países que hicieron el giro y los que no lo hicieron. Aunque casi todos presentan avances en el período 2002-2014. En los primeros, la brecha se redujo más rápidamente y en promedio tuvieron distribuciones menos inequitativas que los otros en cada uno de los años considerados[3].

La tercera es que dentro del grupo de los gobiernos de izquierda se presentan diferencias, tanto en la incidencia de la pobreza como en el ritmo de reducción de esta y en la distribución del ingreso y su respectiva tasa de reducción. Por un lado, Brasil, Chile y Uruguay lograron mantener la tendencia previa de reducción de la pobreza en niveles muy cercanos a los que tenía en el período de auge de las exportaciones, mientras que en los otros países de este grupo se estancó (Bolivia, Ecuador) o se revirtió (Argentina, Nicaragua, Paraguay, Venezuela). Con respecto al cierre de la brecha de la desigualdad, la mayor parte de estos países mantuvieron la tendencia a la reducción aún en el período de reducción del crecimiento económico, a un menor ritmo, como se vio antes. Las excepciones fueron Argentina y Nicaragua, que vieron empeorarse la distribución del ingreso.

Esta visión parcial de las realizaciones socioeconómicas de los gobiernos que hicieron el giro lleva a sostener que efectivamente pusieron énfasis en el mejoramiento de las condiciones de vida de la población, en particular del cierre de la brecha de ingreso, lo que tendría correspondencia con los postulados de justicia social que tradicionalmente ha mantenido la izquierda. Pero, no se pueden soslayar las diferencias entre los países. Tanto en la reducción de la pobreza como en el cierre de la brecha del ingreso, Brasil, Chile y Uruguay muestran los mejores desempeños, mientras Argentina, Ecuador, Nicaragua, Paraguay, Venezuela y en menor medida Bolivia presentan una tendencia contraria. Para encontrar explicaciones a esas diferencias es preciso pasar al segundo ámbito, el de lo institucional.

La solidez de la herencia

Evaluar la herencia institucional de los gobiernos que hicieron el giro a la izquierda es más complejo que hacerlo en el plano socioeconómico. El mayor obstáculo no es el de las fuentes a las que se puede acudir, ya que en la actualidad existen varias que aportan información sobre un alto número de indicadores adecuados y ofrecen series de tiempo[4]. El problema se encuentra en la definición misma del objeto de análisis. En lo socioeconómico no cabían dudas, ya que, por su propia condición, los gobiernos de izquierda debían perseguir objetivos básicos de justicia social,  como superación de la pobreza e igualdad y, en consecuencia, la evaluación de su gestión podía hacerse por ese aspecto que la definía. Pero, en lo político-institucional se presenta la disyuntiva de tomar como criterio la ampliación de la capacidad de inclusión del régimen o la instauración de un régimen alternativo. El primer criterio, que consiste en la profundización de la democracia dentro de las condiciones vigentes, puede ser cuestionado por quienes consideran que los objetivos de las izquierdas no pueden alcanzarse dentro de los regímenes democráticos liberales representativos. El segundo, por su parte, solamente abarcaría a los gobiernos que explícitamente plantearon la sustitución o superación de ese régimen, como la denominaron algunos.

Dos razones llevan a dejar de lado este último criterio. En primer lugar, los fines comparativos no pueden alcanzarse con la utilización de una visión restrictiva que solamente se podría aplicar a un grupo de países, que establece una línea divisoria no solamente entre los gobiernos de izquierda y los otros, sino entre los mismos de ese signo. En segundo lugar, los criterios de evaluación de la calidad de la democracia incluyen varios elementos que han sido reivindicaciones tradicionales de las izquierdas, como la inclusión política, la participación, la igualdad ciudadana y el control a los políticos.

Por consiguiente, en el plano institucional, la herencia de los gobiernos de izquierda debe evaluarse en relación a la capacidad del sistema político para garantizar la plena vigencia de los derechos y libertades, procesar el conflicto social, hacer efectiva la participación ciudadana y viabilizar el control de los mandatarios. Para ello, cabe acudir a las mediciones de la calidad de la democracia, que abordan esos aspectos en términos generales, dan cuenta de una situación más compleja que la que se reduce a la diferencia entre dos izquierdas. Así, Uruguay, Costa Rica y Chile cuentan con sólidos estados de derecho, sistemas de controles y balances entre los poderes políticos y alta capacidad de respuesta a las demandas y necesidades de la población (Morlino, 2013; Bertelsmann Stiftung, 2018). Sin embargo, restricciones en el modelo educativo y en la seguridad social constituyen deficiencias en el caso chileno. Por su parte, Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador y Venezuela presentan indicadores satisfactorios en la capacidad de respuesta, lo que es coherente con lo realizado en el ámbito socioeconómico, pero muestran retrocesos en la vigencia del Estado de derecho, separación de poderes y competencia política. En Nicaragua y Venezuela se advierten retrocesos en todos los aspectos, incluida la participación política, contradiciendo la apelación permanente de sus respectivos gobernantes.

Conclusión: una agenda pendiente

Una constatación general es que el conjunto de los países que hicieron el giro tuvieron mejores indicadores socioeconómicos que los que no formaron parte de ese proceso, pero en los resultados políticos la relación es inversa. Se podría decir que se volvió a expresar la vieja ecuación, considerada superada a partir del derrumbe del mundo soviético y de la revaloración de la democracia por parte de la izquierda, que contraponía libertad e igualdad. La presencia de un alto número de países (Argentina, Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Venezuela) que hicieron el giro y que presentan diversos grados de deterioro en la vigencia de los derechos ciudadanos, la división de poderes y el Estado de derecho lleva a una conclusión de ese tipo. Sin embargo, dos de los países que hicieron el giro (Chile y Uruguay) siempre se encuentran entre los tres primeros lugares de los rankings de calidad de la democracia y se debe sobre todo a la alta calificación que obtienen esos factores institucionales.

Por consiguiente, el factor clave que marca las diferencias entre los países del giro y los otros no es el manejo de la economía sino la concepción de la democracia. Con excepción de Venezuela, y en menor medida de Argentina, todos los países que hicieron el giro se mantuvieron dentro de los márgenes de la ortodoxia económica. Los casos de “populismo económico” se restringieron al abultado gasto público, ya que más bien compartieron con los que no hicieron el giro la preocupación por los equilibrios macroeconómicos. Las diferencias de fondo se encuentran en los factores institucionales referidos a la democracia y al Estado de derecho.

Otra constatación es que hay fuertes evidencias para sostener que hubo varios tipos de izquierdas. Pero, también en este caso las diferencias más importantes se encuentran en los aspectos institucionales, especialmente en la vigencia y el fortalecimiento del Estado de derecho y la vigencia plena de los derechos y las libertades. Un hecho adicional y de enorme importancia es que los países que presentan los mejores indicadores en estos aspectos son, a la vez, los que muestran mejores indicadores sociales. El combate a la pobreza y los avances en el cierre de la brecha de la desigualdad parecen tener una estrecha relación con la apertura política y el avance en los derechos civiles. Esta relación, que ha sido destacada por varios autores (Putnam, 1993; Przeworski, 2010;  O´Donnell, 2010), aparece con claridad en la comparación y, según los grados de avance, da lugar a más de dos izquierdas.

Una última constatación es que los países que presentan los mejores indicadores, tanto en lo socioeconómico como en lo institucional comparten varias características de sus sistemas políticos. Tienen sistemas de partidos relativamente consolidados, estados con capacidad para formular y aplicar políticas económicas y sociales redistributivas, sistemas electorales que viabilizan la competencia política y garantizan la alternancia, el control y el balance de los poderes, asimismo cuentan con una institucionalidad adecuada para el procesamiento del conflicto, y a la vez para la toma de decisiones. Por el contrario, donde la oposición fue prácticamente eliminada, los partidos prácticamente desaparecieron, el gobierno no se asentó en un partido sólido (en el mejor de los casos en un movimiento heterogéneo y amorfo) y se redujo a la mínima expresión el equilibro de poderes. Los avances en los dos aspectos considerados tuvieron un ritmo más lento y carecieron de sustentos adecuados para enfrentar la situación económica adversa. En síntesis, los países que contaban previamente con sistemas políticos estables y apropiados para la competencia política, pudieron alcanzar en mayor medida los objetivos de justicia social propios de la izquierda. Seguramente serán también los que puedan dejar una herencia más sólida y durable.

Bibliografía

Alcántara, Manuel. 2016. Los ciclos políticos en América Latina. En Sistema. 242-243, páginas 5-22

Bobbio, Norberto. 1995. Derecha e izquierda. Taurus,  Madrid

Cepal. 2017. Panorama social de América Latina. Cepal,  Santiago de Chile

Levitsky, Steven y Kenneth Roberts (comp.). 2011. The Resurgence of Latin American Left. Johns Hopkins University Press, Baltimore

Morlino, Leonardo. 2013. La calidad de las democracias en América Latina. IDEA-LUISS,  Maryland

O`Donnell, Guillermo. 2010. Democracia, agencia y estado. Prometeo,  Buenos Aires

Przeworski, Adam. 2010. Qué esperar de la democracia. Límites y posibilidades del autogobierno.  Buenos Aires

Putnam, Robert D. 1993. Making Democracy Work. Princeton University Press,  Princeton

Ramos, Hugo. 2017. Nuevas izquierdas y nuevas derechas: debates en torno a la conceptualización de los procesos políticos latinoamericanos recientes. En Tiempos Históricos. 21, páginas 209-231

[1] Siguiendo el criterio mencionado, quedan de lado El Salvador (2009-hasta la fecha) y Guatemala (2008-2012), que sí son incluidos por algunos autores (Levitsky y Roberts, 2011: 2; Alcántara, 2016: 14; Ramos, 2017: 217) Un criterio más riguroso, que considerara el campo de los valores, la ampliación de derechos y políticas de inclusión reduciría aún más el grupo.

[2] El efecto del crecimiento en la reducción de la pobreza y la desigualdad es algo que llama la atención, ya que históricamente no ocurrió así. Son escasos los esfuerzos multidisciplinarios que proporcionan explicaciones satisfactorias.

[3] Los promedios del coeficiente de Gini en los años 2002, 2008, 2014 y 2016 fueron de 0,526, 0,472, 0,454 y 0,440, para los países que hicieron el giro, y de 0,550, 0,511, 0,488 y 0,483 para los que no lo hicieron. Las tasas de reducción de la brecha entre 2002-2008, 2008-2014 y 2014-2016 fueron de -10,4, -3,8 y -3,0 para los que hicieron el giro y de -7,0, -4,5 y -1,1 para los otros.

[4] V-Dem, Freedom House, Berteslmann Stiftung o IDD-Polilat proporcionan información válida para el análisis de las dimensiones políticas institucionales.

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