Reconciliación

La foto, una de tantas, dio la vuelta al mundo. Juan Pablo II, en el aeropuerto de Managua amonestaba a Ernesto Cardenal hincado rodilla al suelo. Su rígido dedo índice de la mano derecha era la evidencia pública del sermón, de una admonición urbi et orbe condenatoria de lo que resultaba inadmisible para Wojtyla. Ante un rostro limpio que mostraba la sonrisa de niño, como no podía dejar de ocultar el poeta de Solentiname, el Papa con un simple gesto no solo condenaba a un religioso por su supuesta desviación pastoral, anatemizaba también a aquella Iglesia católica que había auspiciado a la teología de la liberación y condenaba a la Revolución nicaragüense. No hacía falta oír las palabras. El proceso revolucionario que había encandilado a buena parte de la juventud tanto latinoamericana como mundial, que había seducido a Julio Cortázar como nunca hizo el cubano -que había marcado decisivamente el rumbo de un continente veinte años antes-, encallaba en su devenir, y la satanización del Vaticano hacía las cosas más complicadas.

Sin embargo, en la misma foto, a la vera del papa, de perfil, con su puño derecho ligeramente cerrado, ¿crispado?, Daniel Ortega era testigo privilegiado. Su gesto no se capta, ¿era de perplejidad?, ¿de íntima satisfacción por la condena al bardo atrabiliario?, ¿constituía una premonición del diametralmente opuesto devenir de la vida de ambos en los últimos 30 años? Cardenal se apartará de la política, continuará su trabajo poético, escribirá sus memorias, recibirá el premio Reina Sofía de Poesía Iberoamérica de la Universidad de Salamanca en 2012. Ortega se envilecerá en el poder, traicionará los principios más sagrados de la ética revolucionaria que había pretendido instaurar, una vez más, al hombre nuevo. Lo hará tras dejar el poder en 1990 permitiendo la operación “piñata” por la que muchos dirigentes sandinistas se enriquecieron repartiéndose propiedades públicas; pactará más tarde con el corrupto presidente Arnoldo Alemán para allanar su regreso al poder en 2006 y, una vez de vuelta, se perpetuará en él a toda costa.

Hoy, el ciclo da un extraño salto. El papa Francisco acaba de rehabilitar al poeta levantándole la prohibición de administrar los sacramentos que le había impuesto el papa polaco. 35 años después Cardenal podrá volver a celebrar misa. Un gesto de reconciliación en medio de la crisis que asola al país centroamericano y de las decenas de acusaciones de pederastia que tiene que enfrentar el Vaticano. Aunque no llega tarde pues Cardenal vive. Supone un justo alivio en la senectud de quien durante este largo lapso no se apartó de la religión, pero que se yergue vacuo precisamente cuando los vientos de la polarización que asolan el mundo no facilitan el abrazo que tampoco se registró en aquel aeropuerto en 1983. Más que perdonar, la reconciliación supone restablecer la concordia, un término en desuso, archivado detrás de los anaqueles del yo, de la permanente pugna que proclama la insoslayable competición tenaz entre las personas, el imperio de los intereses de los más fuertes.

Acerca de Manuel Alcantara Saez

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