Repensar la política a la luz de la globalización

La política ha sido conceptuada desde muy diversos paradigmas a lo largo de la historia. En un texto de estas características no es posible repasar la historia del concepto, pero sí advertir de que el concepto de política no es estático: varía en función de la realidad de cada tiempo y de las cosmovisiones imperantes. La historia conceptual es una disciplina imprescindible para abordar cualquier investigación en ciencias sociales.

Para adentrarnos en el concepto de política dominante en las últimas décadas, al menos desde la consagración de la ciencia política como disciplina autónoma, puede resultar útil partir de las reflexiones teóricas de Sartori (2002), uno de los máximos exponentes de la ciencia política contemporánea. A fin de explicar qué es la política, el autor pretende identificar la esencia del comportamiento político, suscribiendo así una hipoteca metodológica que indefectiblemente condicionará la determinación del objeto científico. Política es lo que puede observarse como político, y los comportamientos políticos son los que pueden adscribirse al “sistema político”. Sartori es consciente de las nocivas consecuencias que implica reducir la política a las nociones de poder, coerción o Estado, pero considera suficientemente elástico y comprensivo el concepto de sistema político, remitiéndose a Easton. Incluso asume que las grandes corporaciones gozan de poder (económico), pero que no es un poder político: “Por más que las corporaciones gigantes, o también los poderes sindicales, lleguen a ser influyentes, ello no quiere decir que su poder sea “soberano”, que esté sobreagregado al poder político” (Sartori, 2002: 221). Por ello, termina reduciendo la política a la coerción, a la idea de soberanía y, en última instancia, a los actores que deciden las políticas.

Las contradicciones de Sartori, al negar desde el inicio la identificación entre política y coerción para acabar remitiéndose a la coerción como elemento identificativo de la política, evidencian una carencia en la ciencia política contemporánea: la indefinición sustantiva de su objeto. A diferencia de la economía, donde todavía hoy existe consenso en torno a conceptos sustantivos, como la definición que proporcionó Robbins (la economía es la ciencia que estudia la satisfacción de necesidades mediante bienes escasos), la ciencia política remite su objeto a los sujetos, o a las interacciones de éstos en la esfera de la política. Política es lo que sucede “en la política” o en el sistema político. El poder económico, todo lo más, juega un rol subalterno en el susbsistema de grupos de presión. La autonomía de la política radica en que las decisiones políticas se adoptan en instancias políticas. Para la ciencia política la política es lo que deciden los políticos, una tipología concreta de relaciones sociales que goza de autonomía. De ahí que la ciencia política estudie los partidos, las elecciones, los sistemas de partidos, los gobiernos, las burocracias, las políticas públicas o, a lo sumo, los grupos de interés organizados que “influencian” al poder político, pero que no son “la política”.

Lo cierto es que en la sociedad de la transparencia resulta difícilmente aceptable que las decisiones políticas sean adoptadas en instancias meramente políticas, o que el poder económico no ejerza funciones eminentemente políticas. En el imaginario social prolifera la sospecha de que la política no es lo que ocurre “en la política”, pero buena parte de la academia todavía se aferra a concepciones estrechas de la política, que delimitan el objeto de la ciencia y nos proporcionan seguridad, pero que cada vez explican menos de la política.

Otro problema epistémico no resuelto tiene que ver con que la politología, con carácter general, ha puesto el foco de análisis en el estado o en el sistema político estatal, relegando los estudios sobre política internacional a otras disciplinas como las relaciones internacionales. Sin embargo, como bien se explica en las obras de Sassen (2007, 2010), el fenómeno de la globalización ha alterado la dicotomía entre esfera estatal y esfera internacional. La creciente relevancia de los mercados financieros ha reconfigurado la estructura de los Estados. No se trata sólo de una transferencia de soberanía: asistimos a un proceso de desnacionalización de los Estados y éstos se convierten en imprescindibles puntos de anclaje de la economía globalizada. Ello significa, a mi modo de ver, que el investigador no puede ceñir su análisis a la política nacional si no quiere escindir artificialmente su propio objeto de estudio. Si aceptamos la gramática dominante de la ciencia política contemporánea, puede afirmarse que la globalización quiebra la autonomía de la política.

Un ejemplo paradigmático de cuanto se dice es la crisis de la socialdemocracia. Un politólogo “estatocéntrico” prestará atención a los resultados electorales, detectará una crisis de representación, indagará en la organización interna de los partidos socialdemócratas, en la burocratización, analizará el liderazgo, se detendrá en los sistemas de partidos, en los sistemas electorales, en la cultura política, en los liderazgos, etc. No obstante, si se quiere explicar la realidad más allá del loable juego intelectual de la autonomía de lo político, la mirada del politólogo tendrá que trascender los confines nacional-metodológicos. Los resultados electorales de la socialdemocracia quizá serían diferentes si el proyecto de la socialdemocracia fuese viable en la globalización, o mejor aún, si la socialdemocracia hubiese impugnado las estructuras de poder que se han venido configurando a escala global y que inhiben las políticas públicas típicas del Estado del bienestar.

No se pretende descubrir nada en estas breves líneas: hay muchos politólogos en la senda que se indica desde hace décadas. Pero no se trata sólo de hacer investigaciones temáticas sobre la globalización, sino de tener presente la globalización en todas las investigaciones. La ciencia política contiene una precomprensión compartida de la política, y está bien que así sea, pues es necesario que cualquier ciencia comparta conceptos y paradigmas a fin de facilitar el diálogo. Ahora bien, poner en duda los conceptos básicos, cuestionar las ideas compartidas, es también una actitud deseable. Una mirada crítica más atenta a la globalización quizá habría contribuido a predecir la victoria de Trump con más acierto que las encuestas. Siguiendo al Sartori (2004: 354) más autocrítico, necesitamos “pensar antes de contar; y, también, usar la lógica al pensar”.

Bibliografía

Sartori, Giovanni (2002). La política: lógica y método en las ciencias sociales, México: Fondo de Cultura Económica.

– (2010). “¿Hacia dónde va la ciencia política?”. Política y Gobierno vol. XI (2): 349–354.

Sassen, Saskia (2007). Una sociología de la globalización, Buenos Aires: Katz Editores.

– (2010). Territorio, autoridad y derechos: de los ensamblajes medievales a los ensamblajes globales, Buenos Aires, Madrid: Katz Editores.

 

Acerca de Miguel Ángel Andrés LLamas

Licenciado en Derecho y en Ciencias Políticas y de la Administración, Máster en Democracia y Buen Gobierno (Universidad de Salamanca). Abogado ejerciente e investigador en FLACSO España.
Aún no hay comentarios

Deja un comentario