Resistencias narrativas al “estado de excepción” neoliberal

Naomi Klein cifra en el golpe militar a Salvador Allende el comienzo de una genealogía neoliberal que llega hasta nuestros días y que supone una nueva dictadura global de los cuerpos y las mentes, marcada por el ritmo del consumo masivo y las nuevas tecnologías (Klein 2007). El presagio de Walter Benjamin en su octava tesis sobre el concepto de historia acerca de una era en la que se viviría en un “estado de excepción permanente” (Benjamin 2005 22) se ha hecho realidad en los tiempos posthegemónicos y nada (casi nada) escapa a ese biopoder totalizador y anestesiante. Aunque posible, es compleja la tarea de luchar contra esa violencia hegemónica e institucionalizada del mercado, como Benjamin sugería, puesto que el concepto de historia no es unánime -paradójicamente y tras un siglo tan significativo al respecto- acerca de esta realidad “espectacularizada”, de esta vida social regulada por una economía en la que hemos pasado del “tener” a un “parecer” que busca siempre “son prestige immédiat et sa fonction dernière” (Debord 1992: 22).

Entre las posibles estrategias de resistencia, el crítico argentino Damián Tabarovsky (2010) menciona la literatura, una literatura desestabilizadora, que plantea preguntas, que se contradice, que vuelve sobre sí misma, que sugiere y encuentra resquicios para verbalizar lo que a la historia o a la ciencia política se le escapa. Esta literatura se aleja de la argumentación, la certeza y la mímesis; se apoya en mecanismos que se distancian cada vez más del realismo burgués y se emparentan con el diálogo entre disciplinas y medios, la vacilación o duda como modalidad discursiva, la mirada neobarroca, polisémica, fragmentaria e inasible, la autorreflexión o la polifonía antiautoritaria. Es una literatura no conformista, disidente, exigente y crítica que, por supuesto, no es nueva –existe desde la Safo del siglo VI a. C.- y que gira en torno a los ejes lenguaje-poder-historia o identidad-violencia-espacio por la vía de la dificultad lingüística, del reto estético y muchas veces desde un enraizamiento en lo erótico y subalterno, como apuntaran Deleuze y Guattari en El antiedipo (1973). Aira, Fogwill, Lamborghini, Libertella, más tarde Copi, son algunos de los nombres que cita Tabarovsky – a los que podrían añadirse Eltit, Echavarren, Di Giorgio si salimos del contexto argentino- como representantes de esa categoría que escapa de la novedad “líquida” de los escaparates que precisan de un continuo reciclaje y consumo, representantes en nuestra lengua de esa vertiente conscientemente polémica o provocadora que el crítico denomina “literatura de izquierda”.

Sin embargo, proyectos escriturales o artísticos de este tipo que tratan de cuestionar los paradigmas y los cánones históricos, políticos, estéticos no son siempre bien entendidos y son acusados de crípticos, de indescifrables, de elitistas. Esto es lo que le sucedió al colectivo CADA (Colectivo de Acciones de Arte) durante el régimen militar de Pinochet. Raúl Zurita, Diamela Eltit, Nelly Richard o, puntualmente, Pedro Lemebel, quienes hicieron de la contestación a la violencia de forma activa e inteligente, de la descomposición de las tramas o de la experiencia performática, contracultural y ciudadana un arte vivo y una invitación a la reflexión, fueron considerados demasiado teóricos y ajenos a la realidad. No deja de ser paradójico que artistas que encarnaron en performances urbanas y acciones directas en prostíbulos, hospicios, prisiones la crítica a la dictadura desde el “inxilio”, autores que buscan “decir la verdad al poder” (Said 2007) desde sujetos descentrados, subalternos o frágiles, creadores que cuestionan el lenguaje dominante, las políticas del cuerpo y los discursos oficiales desde los espacios excéntricos o liminares, participan junto al pueblo en el grito frente al horror y grafittean en colaboración en los muros sean considerados herméticos.

El caso de Diamela Eltit es significativo en la medida en que la escritora aborda el silencio, la complicidad con el poder, la opresión dictatorial y neoliberal o el fracaso ideológico desde el arte, la performance y la teoría simultáneamente (véase “Zonas de dolor”). Su mirada no deja nunca de ser una mirada autocrítica, lúcida y reflexiva hacia el fin de las utopías, como bien refleja Jamás el fuego nunca (2012), una propuesta que se apoya en la fragmentación discursiva y la desestructuración sintáctica y no siempre se ha entendido bien, como revelan algunas interpretaciones (tergiversaciones) de su obra o vacíos elocuentes en su recepción –lo que sucedió especialmente con Lumpérica, su primera novela-. Nos queda la impresión de que pareciera que nunca han existido las vanguardias, la patafísica, el barroco o el “nouveau roman” aunque intuimos, claro, que lo que en realidad se ataca no es la forma sino el contenido inconformista, en mutación, contestatario. Lo interesante, lo estimulante, lo renovador, lo verdaderamente literario es, siempre ha sido, saber narrar la fractura de la narración, las fracturas de la historia, la fractura íntima. Y Eltit lo hace como pocos.

Aunque esta literatura no busca el reconocimiento masivo sino la puesta en cuestión del poder y sus formas, ir contracorriente y continuar una tradición contestataria, crítica, marginal, otra tradición de lenguaje en tensión, en la cuerda floja, es innegable el intento de obliterarla, de excluirla, de negarla, de ignorarla –Vicente Luis Mora señala, atónito, en su blog “Diario de lecturas”, lo desconocida que es la autora en España: La apuesta, la dificultad y el riesgo son inherentes a la literatura de calidad y es probablemente ese atreverse a cambiar los modos de leer, escribir, mirar, actuar y pensar, ese intento de resemantizar una lengua cargada como ninguna de un imaginario imperialista y de dominio (Ortega 2012), lo que irrita e incomoda. En última instancia, en realidad no importa la manipulación autoritaria de los mercados, en este caso literarios, porque en el seno de esta sociedad espectacular, banal y de la mercancía “lo que define a la literatura de izquierda es que sabe que puede fracasar” (Tabarovsky 2010: 62).

Concluyamos con un breve fragmento de la novela Jamás el fuego nunca recientemente reeditada por Periférica y que es muestra del talento y la osadía de esa literatura cuyo fracaso comercial evidencia su extraordinario potencial estético y político, literatura que visibiliza las costuras de la historia, los “pliegues y repliegues de la incompleta e incesante historia”:

“[…] Quieres paz, silencio. Dirías que te los mereces a ambos, a la paz y al silencio, piensas que te corresponden después que entregaste tus huesos y tu sangre a un siglo que te depredó, un siglo en el que ingenuamente creímos y que nos lanzó en picada hacia una absurda esperanza. El siglo pena. Aún habla o murmura a diestra y siniestra. Arrastra sus tétricas e infantiles cadenas, se ríe de sí mismo con unas carcajadas destempladas y patéticas. Lo escucho y me apena. Morimos en medio de un parto atroz” (Eltit, 2012: 205).

Bibliografía:

Benjamin, Walter. 2005. Tesis sobre la historia y otros fragmentos. México: Contrahistorias.

Debord, Guy. 1992. La société du Spectacle. Paris: Gallimard.

Deleuze, Gilles y Félix Guattari. 1973. El antiedipo. Capitalismo y esquizofrenia. Barcelona: Barral.

Eltit, Diamela. 2012. Jamás el fuego nunca. Cáceres: Periférica.

Klein, Naomi. 2007. La doctrina del shock: El auge del capitalismo del desastre. Barcelona: Paidós.

Ortega, Julio. 2012. Nuevos hispanismos: Para una crítica del lenguaje dominante. Madrid, Francfurt: Iberoamericana-Vervuert.

Said, Edward. 2007. Representaciones del intelectual. Barcelona: Debate.

Tabarovsky, Damián. 2010. Literatura de izquierda. Cáceres: Periférica.

Acerca de María José Bruña

María José Bruña es Profesora de la Facultad de Filología e Investigadora Titular del Instituto de Iberoamérica de la Universidad de Salamanca.

, , ,

4 respuestas a Resistencias narrativas al “estado de excepción” neoliberal

  1. Guillermo Granado Roncero 2 mayo, 2014 at 9:58 #

    Excelente post, se agradece que de vez en cuando en este espacio se de voz a disciplinas diferentes de la Ciencia Política o la Sociología.

    Yo entiendo el arte y la cultura como formas de cambiar la realidad, no de simplemente plasmarla en las obras. Es interesante como en los últimos años en España están surgiendo jóvenes autores (desconocidos por completo para el “gran público”) que abogan por una literatura comprometida y claramente posicionada en la izquierda, me surgen nombres como el de Daniel Bernabé (http://www.danielbernabe.com) o Alex Portero Ortigosa (http://www.alexportero.com/p/biografia.html).

    En este sentido es necesario señalar como el capitalismo y la sociedad de consumo ligada a él ha transformado la literatura en una suerte de fábrica en cadena donde sólo importa sacar libros de forma contínua, buscando el lenguaje fácil, nunca comprometido, y que no obligue al lector a pensar lo que está leyendo, simplemente a engullir el libro buscando acabarlo y esperando la siguiente entrega (que no se demorará mucho en el tiempo). Una literatura que no cuestiona la realidad que vivimos, sino que simplemente se limita a reflejar una serie de situaciones que buscan empatizar con el lector y hacerle partícipe de escenas y situaciones que no rompen con el poder y la dominación imperante en la “cultura capitalista”, sino que la perpetuam y la señalan como la única cultura posible y válida.

    La lectura del post también me ha despertado en la memoria tres obras que he leído recientemente y que en cierta manera reflejan muchas de las ideas que María José intenta plasmar, de una forma u otra y que me resulta interesante señalar:

    – Teoría e Historia de la producción ideológica, Juan Carlos Rodríguez (http://www.akal.com/libros/TeorIa-e-historia-de-la-producciOn-ideolOgica/9788476006894)

    – La novela de la no ideología, David Becerra Mayor (http://tierradenadieediciones.com/tierradenadie/?p=282)

    – La Facción Caníbal. Historia del Vandalismo Ilustrado, Servando Rocha (http://www.lafelguera.net/web/La-Faccion-Canibal-Historia-del.html)

    Saludos.

    Guillermo.

    • María José Bruña 2 mayo, 2014 at 16:22 #

      Mil gracias, Guillermo, por tus comentarios y sugerencias de lectura -muchas de ellas nuevas para mi-. Estoy totalmente de acuerdo contigo: me interesa la literatura que ve el mundo desde otros ángulos, que se sitúa en la periferia para mirar un centro muchas veces en descomposición, en ruinas, que se atreve a mirar hacia lugares que la literatura conformista y comercial obvia por peligrosos, que se atreve a bucear en las razones de esta sociedad banal y espectacular y lo hace desde la exigencia, el rigor, la experimentación con el lenguaje. Seguiremos intercambiando lecturas.

  2. Cristhian R. 24 abril, 2014 at 5:03 #

    Estimada Profesora María José, este parece ser un post muy denso y la razón -espero acertar- fue que deseaba decir más de lo que aquí se presenta (aceptadas y oportunas medidas en un espacio de difusión académica). Como es natural algunas impresiones:
    – La Literatura de la resistencia (de izquierda específicamente como nos señala) es de ciudadanos cultivados que enfretan un neoliberalismo (el resultado de la derrota del liberalismo político a manos del liberalismo económico) que no construye ciudadanía (digámosle “robusta” como aquella que sabe sus deberes y defiende sus derechos al ser vulnerados) sino que la debilita, la agota y -no quiero ser pesimista- le da grado de fronterizidad. Entonces en ese contexto de sociedad-red (segun Castell) parece ser que esto genera un “distanciamiento” (con acento nietzscheano) de estos artistas que muchas veces los hacen “inconmesurables” por lo cual se infiere que no sean conocidos. Esa es un rápida conclusión que tengo a lo que pasó en Chile con el episodio que nos cita. Y salvando las distancias que la sociedad de entonces era más politizada y menos mediatizada. Entonces si el neoliberalismo no construye ningún tipo de ciudadanía o para los artistas de la resistencia sus lectores ávidos: ¿Este es un proceso que tiene retorno? Creo que no. Y volvería a decir que no soy pesimista.

    – Una consecuencia. Permítame decirlo crudamente: todo lo que está hecho para vender y estar de moda estupidiza. ¿Cómo es posible que nuestros niños antes de aprender a leer aprenden a ver y masticar tv? (pesimismo de Sartori) estos son, están siendo y serán los “jóvenes de comparsa” que llegara a rechazar Unamuno. ¿De qué tipo de democracia nos tendremos que asustar en el futuro?. Por otra parte aquí hay una relación importante de la cual Latinoamerica conoce recientemente y justamente con países de “giro a la izquierda” y es: la relación entre sistema de medios y sistema de gobierno.

    – Por supuesto la versión optimista vienen de trabajos como -y creo que peco al combinar y citar un género ajeno al que versa el post pero que en algo le atañe: http://www.amazon.com/dp/0374176957/ref=tsm_1_fb_lk La cual la revolución tecnológica le da voz, lugar, presencia y proyección a quienes no la tenían. Uno piensa en los bloggeros cubanos, las resistencias organizadas virtualmente de la “primera árabe”, los enemigos virtuales de Putín. etc. Es un tipo de compensación -creo yo- para la resistencia que nos expone.

    – Me gustaría que explicite una poco más lo que se le escapa a la ciencia política (puedo pensar en lo microsocial o micro político estirando desvergonzadamente esto último a la perspectiva simmeliana). Cómo es sabido para los que estudiamos ciencia política damos por aceptado que la política tiene autonomía, entonces -según entiendo con su exposición- hay un tipo de autonomía que está escapándose.
    – Finalmente, me gustaría que nos comparta una lista tipo de literatura de la resistencia que uno debería conocer.

    Saludos cordiales…

    • María José Bruña 2 mayo, 2014 at 16:12 #

      Gracias por las observaciones, Christian.

      No deja de ser revelador –y supongo que consciente- que comiences tus comentarios aludiendo a la “densidad” del post, pues es precisamente de densidad, de complejidad y si me apuras de hermetismo barroco, de lo que se acusa a los textos de Eltit.
      Paso a responderte inicialmente con una cita de Barthes que puede resultar iluminadora: “Cuando la literatura no se sustrae a la hegemonía del lenguaje, cuando no lo enfrenta, no lo trampea, entonces no es más que mera reproducción lingüística del poder”.

      A continuación, te recomiendo leer el breve ensayo literario del crítico argentino Damián Tabarovsky que es muy sugerente para que captes el sentido que él quiere darle a esa etiqueta voluntariamente provocadora de “literatura de izquierda” –que no es literal y con este respondo a tu pregunta sobre “giro a la izquierda” en América Latina que mencionas-. Más allá del debate, estéril y creo que obsoleto, de arte por el arte frente a arte comprometido, porque las fronteras son porosas y la narrativa de Eltit, entre otras, muestra cuán compatibles son la estética renovadora y la posición política activa, lo interesante es ver que hay textos, que hay obras, que hay productos culturales –audiovisuales, literarios, plásticos- que están fuera de la academia y fuera del mercado pese a que pueden bordear una u otra cosa –las obras artísticas , como los ciudadanos están atravesadas por grandes contradicciones inevitablemente-. Se trata de textos, esencialmente, que se sustentan sobre la duda, sobre la vacilación, sobre el escepticismo y no sobre las certezas, las verdades asentadas y las miradas hegemónicas para explicar el mundo. Te recomiendo asimismo el ensayo de Julio Ortega: Nuevos hispanismos. Para una crítica del lenguaje dominante (Madrid: Iberoamericana-Vervuet, 2012) para entender en qué consiste ese giro al lenguaje de los escritores inconformistas y renovadores a finales del siglo XX, pero que ya inaugura el barroco hispánico.

      No me queda claro, dada la ambigüedad de la frase que construyes si lo que consideras que “no crea ciudadanía” es el neoliberalismo –me parece obvio- o la denominada por Tabarovsky “literatura de izquierda”. Discrepo totalmente, en todo caso, con la idea de que sean los textos que menciono –de Eltit entre otros- productos de un grupo de poder, de una burguesía culta y elitista. Juzgar, por otra parte, la procedencia social de los autores no deja de ser reductor si tenemos en cuenta además que arriesgaron su existencia en muchos casos por formar parte de colectivos en peligro –sea por su orientación sexual, sea por sus ideas políticas o por su género o, como dice con mucho sentido del humor Cristina Peri Rossi, por todo junto-. La distancia del público mayoritario inicialmente pudieron provocarla ciertos mecanismos que sorteaban la censura –sin negar cierto regodeo de autor en la dificultad y el enigma-, pero pasado el tiempo son otros mecanismos que revelan los vacíos y carencias del espacio democrático –que sigue siendo patriarcal, homofóbico, neocolonial, etc….- los que explican el desconocimiento general y que estas novelas no acaparen premios o estén en los primeros puestos de las listas de ventas. Y, sin embargo, los lectores sí son ávidos, y cuánto, en el caso de la narrativa de Lemebel, de Eltit, de Zurita. Por otra parte, no reinvindico, obviamente, superventas para Eltit, pero sí un reconocimiento mayor en los circuitos literarios, en el mercado –pues en el ámbito universitario su prestigio es indudable- que está anegado por textos, en la mayor parte de los casos, banales, mediocres y complacientes con la realidad, sin embargo terrible, de fines del siglo XX.

      En este sentido, no hay canon de lecturas que te pueda dar porque la literatura disidente, renovadora, como dice Tabarovsky “no busca inaugurar un nuevo paradigma sino que pone en cuestión la misma idea de paradigma” (p. 20). La lista puede ser amplísima y transversal, pueden incorporar estilos totalmente dispares, pues de lo que se trata es de que el autor o autora cuestione el mundo y lo haga a través del lenguaje más allá de la reproducción literal, estrictamente realista. No hay un estilo o modalidad literaria de resistencia. Literatura de resistencia es toda la que tiene como eje una preocupación por el lenguaje, por renovar el lenguaje a la hora de transformar el mundo, por renovar el lenguaje como forma de no conformarse con el mundo que tenemos. Así, me vienen a la cabeza Belén Gopegui e Isaac Rosa en España, pero también Cristina Peri Rossi o Luisa Valenzuela y los autores nada conformistas, transgresores en estética y en política, que mencioné en mi post: Copi, Osvaldo Lamborghini, Roberto Echavarren, Fogwill, Néstor Perlongher, Marosa di Giorgio, Patricio Pron, Martín Kohan, Lalo Barrubia entre los rioplatenses, Pedro Lemebel, Roberto Bolaño, Nona Fernández, Raúl Zurita entre los chilenos. Añadamos la lista que nos proporciona Guillermo. Y sigamos leyendo y descubriendo textos que deshacen y rehacen a su manera los fragmentos de una sociedad neoliberal y homogeneizadora. Y esto sin entrar en la escasa nitidez de límites –qué riqueza- entre ensayo y literatura que está dando frutos tan valiosos como la escritura de Giorgio Agamben, Eliot Weinberger, Claudio Magris, Pascal Quignard, Slavoj Žižek, etc…

Deja un comentario