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Sobre populismos, socialismos y democracias liberales

El documental El pueblo soy yo: Venezuela en populismo, dirigido por Carlos Oteyza y producido por Enrique Krauze, sintetiza vívidamente la pesadilla que muchos venezolanos hemos sufrido durante casi dos décadas (https://www.youtube.com/watch?v=L0LpYWIoh68 ). Estar, durante una hora y media, ante una cuidadosa selección de escenas de esa terrible historia, que aún no termina, resulta devastador. Nos recuerda años de luchas y fracasos, de esperanzas y decepciones, de destrucción y muerte. Pero por duro que sea, este excelente documental viene a cumplir una tarea esencial: ayudarnos al aprendizaje social. Son muchas las reflexiones que surgen a partir de la experiencia venezolana. Aquí solo propongo cuatro.

  1. «Momento» populista no es igual a «régimen».

La noción de populismo cambió. Hoy se le concibe como un proceso del cual emergería el «pueblo» como sujeto político, catalizado por un liderazgo carismático. Ese proceso supondría siempre establecer una dicotomía entre el «pueblo» y «los otros», el no-pueblo. Tal distinción variaría en función del líder, de su ideología y, en general, de las circunstancias de cada sociedad.

El populismo «de izquierda» distinguiría entre un «pueblo» integrado por los inconformes, por diferentes razones, con el estado actual de cosas, por una parte, y la «oligarquía» capitalista nacional y transnacional, por la otra. De modo semejante, el populismo «de derecha» dividiría a la sociedad entre el «pueblo» formado por los auténticos nacionalistas y los otros: inmigrantes, extranjerizantes, globalistas. La tarea fundamental del liderazgo carismático consistiría en cautivar y aglutinar a sectores diversos, creando una «cadena de equivalencias» entre sus diferentes demandas y proporcionándoles una identidad común «transversal». El «pueblo» sería pues un «significante vacío», un vocablo que adoptaría diversos contenidos, y el populismo, básicamente, una estrategia discursiva (Mouffe, 2018).

Pero el populismo es algo más. Es también una forma de gobernar caracterizada por el personalismo desinstitucionalizador, el voluntarismo económico, el conflicto político, la movilización social. En tal sentido cabría distinguir, entonces, entre un «momento» populista y un «régimen» populista.

El «momento» populista consistiría, básicamente, en el choque entre sectores conservadores de un orden de cosas y una mayoría, plural y descontenta, que demanda reconocimiento y oportunidades para progresar. (Visto así, el liberalismo, por ejemplo, habría sido «populista» durante sus luchas antimonárquicas.) Otra cosa sería que, luego de la sustitución de los grupos en el poder, el populismo se perpetuase como la forma de gobernar de una nueva élite. En ese caso el «momento» populista habría dado paso a un «régimen» populista. Esto habría sido lo sucedido en Venezuela.

2. En cierta forma, el chavismo antecedió a Chávez.

El surgimiento de un «momento» populista era una posibilidad que germinó y creció lentamente en Venezuela. Esa posibilidad se derivaba, fundamentalmente, de cuatro circunstancias. Primero, la exclusión del proceso de ascenso social durante varias décadas del siglo pasado, de una creciente parte de la población.  Segundo, la existencia de una creencia colectiva: la de ser un país rico; con base en ella la desigualdad era explicada como el resultado de un sistema cuyos beneficiarios eran ricos empresarios y políticos corruptos. Tercero, la incapacidad de renovación de los partidos y de la élite política. Cuarto, la debilidad institucional que, en conexión con viejas prácticas caudillistas concentraba un excesivo poder en el Presidente.

En ese contexto ocurrió que muchos venezolanos asociaron el deseado cambio a la aparición de un nuevo líder, quien habría de redimir a los excluidos y castigar a los privilegiados, distribuyendo de manera justa la riqueza nacional. Chávez, con su personal mitología bolivariana y su imagen de hombre fuerte y responsable, fue el elegido. Y una parte significativa de los venezolanos colocó en sus manos todo el poder del Estado y, con él, el destino de la nación.

3. Es insuficiente definir al chavismo como populismo.

La caracterización del régimen chavista ha sido largamente discutida. En este debate, sin embargo, es importante hacer un análisis comprensivo de dicho régimen, entendiéndolo en los términos en los que sus propios líderes lo han concebido. Esto supone tomarse en serio al socialismo del siglo XXI que ellos anunciaron, en el año 2005, como su proyecto de transformación radical de la sociedad.

De ese análisis se deriva, con poco margen de dudas, que ese proyecto nunca representó a una izquierda democrática y moderna, y que era, por el contrario, expresión de una izquierda autoritaria y anacrónica, dispuesta a usar arteramente a la democracia para implantar su modelo de dominio. Era una nueva forma de comunismo. Es neocomunismo. (Casanova, 2011).

En efecto, cómo llamar a un régimen que asume la lucha de clases como base de la política e incentiva el odio social; sostiene que solo el trabajo crea valor y es la única fuente legítima de propiedad, mientras expropia arbitrariamente activos y empresas privadas; crea empresas estatales y socialistas, y a su vez, reniega del mercado y de la función empresarial; aspira a controlar y planificar centralmente el proceso económico, entretanto, crea un sistema de racionamiento y de sometimiento social. Además, pretende acabar con la separación de poderes e instaurar un Estado unitario y comunal. Asimismo,  es un régimen que rechaza el pluralismo y la alternancia en el poder, y propende a un sistema de partido único; crea milicias y arma a colectivos sociales, mientras ideologiza a la fuerza armada y la subordina a su proyecto político. También organiza comunas y consejos locales para el control social; busca la hegemonía cultural;  aspira a crear al «hombre nuevo»; amenaza, reprime y encarcela a quienes se le opongan. Un régimen que dice enfrentarse al imperialismo y al capitalismo mundial. Más aún, ¿cómo denominar a un régimen tutelado y apoyado directamente por la dictadura comunista cubana?

Otro asunto es que, como en toda experiencia socialista real, dentro y alrededor del Estado, haya surgido una clase social de poderosos y privilegiados, de corruptos y criminales. La nomenklatura la llamaron los soviéticos. Los enchufados, decimos los venezolanos, para referirnos a auténticas bandas delincuenciales que hoy gobiernan en el país.

Cabe preguntarse entonces: ¿Fue Chávez un líder populista que entendió que los Castro le ofrecían la «franquicia» de un sistema de dominio que le permitiría mantenerse indefinidamente en el poder? ¿O estamos ante un proyecto neocomunista que, en una primera fase fue populista, dada la figura de Chávez y la abundancia de recursos con los que contó, y que luego, en una segunda fase, se ha hecho represivo? ¿Hablamos, en al caso de Chávez, de populismo de izquierda o de socialismo populista? ¿Y qué pasa en el caso de Maduro? ¿No es evidente que el proyecto neocomunista continúa con él, aunque sin carisma ni dinero? De cualquier modo, es esencial no subestimar al socialismo del siglo XXI si se quiere entender lo que ha sucedido y sucede en Venezuela.

4. ¿Requiere la democracia liberal un «momento» populista (o popular) para ser renovada?

La democracia liberal se halla en peligro. La desigualdad, el desempleo, la captura del Estado por grupos de intereses, la discriminación, la exclusión social, entre otros asuntos, mantienen agraviados a amplios y diversos sectores, en diferentes países. Varios actores políticos, siguiendo la lógica populista, intentan hoy dar forma, desde la izquierda o desde la derecha, al «pueblo» como sujeto político. El centro es descalificado desde ambos extremos pues se le considera el lugar donde nada ocurre, excepto la conservación del presente estado de cosas.

¿Pero es esto realmente así? ¿No representa ese centro el acuerdo social fundamental de la democracia liberal? ¿No es acaso importante preservarlo, deslastrándolo de vicios acumulados? ¿No consiste el reto actual de la democracia liberal en desmontar sistemas de privilegios y hacer real el valor de la igualdad?

En cuanto al populismo, ¿no tiene algo que enseñarnos? Un liderazgo renovado que, en Venezuela, por ejemplo, lograse establecer una «cadena de equivalencias» entre las incontables protestas sociales, definiendo a la oligarquía socialista y a los «enchufados» como los principales responsables de la tragedia que sufre el país, ¿no estaría acaso generando una identidad popular? ¿No estaría creando un «momento» populista para rescatar, precisamente, a la democracia y a la libertad?

En definitiva, ¿no es necesario impulsar, en muchas de nuestras sociedades, un «momento» populista (o, popular, insisto, para evitar equívocos), pero de centro, para hacer renacer a la democracia liberal?

Referencias bibliográficas:

Casanova, Roberto (2011). Bifurcación: Neocomunismo o Libertad. Caracas, Venezuela: La Hoja del Norte.

Mouffe, Chantal (2018). For a Left Populism. London, UK: Verso.

Acerca de Roberto Casanova

Economista con estudios de maestría en Historia de Las Américas (Universidad Católica Andrés Bello). Investigador, docente y escritor. Autor de varios libros sobre economía y política. Coordina el Diplomado sobre Economía Social de Mercado, en la UCAB. Realiza una estancia de investigación en el Instituto de Iberoamérica de octubre a diciembre de 2018, con el apoyo de la Fundación Konrad Adenauer. Escribe actualmente un libro sobre Economía Social de Mercado, desde una perspectiva latinoamericana.
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