Tres textos posthegemónicos para un Perú postelectoral

Para Karina Pacheco y Ágata Cáceres, mis ojos peruanos.

Finalmente ganó Pedro Pablo Kuczynski, aunque sea por la mínima, tras la intensa campaña electoral peruana. En plena resaca, podemos analizar el contexto literario peruano como un perfecto trasunto del panorama político. Presentamos aquí tres textos literarios recientes (dos libros de memorias y una novela) que suponen la salida del mutismo o la autocensura que marcaron las últimas décadas. Memoria y violencia en un extraño postconflicto, en un peculiar escenario en el que muchos de los actores protagonistas de las décadas negras siguen en el tablero político.

Si las palabras y el silencio han sido siempre herramientas eminentemente políticas, asistimos por fin a la resemantización de algunos conceptos centrales en el espacio ideológico peruano. Estas tres visiones desde el margen, posthegemónicas, muestran la mirada de la mujer, la del indígena, la del niño. Complejas y ambiciosas, las tres evitan el ocultamiento y alzan su voz sobre la oficialidad política y el miedo social. Las tres enuncian aquello que antes “no tenía nombre”. Porque la impunidad mata dos veces y la recuperación del lenguaje, o al menos el debate en igualdad de condiciones sobre ese lenguaje, parecen las únicas maneras de construir un futuro de reparación a las víctimas. El trabajo de descolonización  de ese lenguaje apropiado por el poder es muy complejo y muy lento. Estos tres libros tratan de llevarlo a cabo, en un contexto en el que la literatura puede ser ya un territorio de resistencia, de recuperación.

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El libro de Lurgio Gavilán, Memorias del soldado desconocido (IEP, Lima, 2012) cuenta la historia del autor, un joven indígena ayacuchano que se une a Sendero Luminoso, con doce años, para seguir a su hermano mayor. A los catorce es apresado por el ejército y se une a él durante siete años hasta que lo abandona para hacerse franciscano, tras descubrir su vocación religiosa. Más tarde cuelga los hábitos para estudiar la carrera de Antropología (donde ha sido discípulo de Carlos Iván Degregori) La obra ha causado gran revuelo en Perú porque es la primera vez que se narra la violencia desde dentro y desde los dos bandos en liza, de manera descarnada pero, a la vez, con un punto de vista que trata de no juzgar y de no ser maniqueo. Sin embargo, es también un libro muy crítico con el poder, con la estirpe de políticos peruanos oligárquicos y ventajistas. A la solidez del planteamiento ideológico se une un lenguaje poético que entronca con la cosmovisión de los pueblos originarios y que destaca el afán de supervivencia de su protagonista a través de un vínculo profundo con la tierra y con los valores esenciales del ser humano. Hay permanentes inclusiones del quechua y fusiones gramaticales en tono y estructura, con oraciones híbridas y fragmentos de emocionante calado poético. El libro impresiona por su valentía y por su simplicidad. No deja de ser irónico, y muy posmoderno, que vaya a ser llevado al cine con guión de Mario Vargas Llosa.

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La visión de José Carlos Agüero, historiador y poeta, en Los rendidos. Sobre el don de perdonar (IEP, Lima, 2015), es igualmente esclarecedora y valiente, quizás también más compleja. Narra su peripecia vital como hijo de senderistas asesinados extrajudicialmente. Formó parte de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (punto de inflexión en la asunción de la memoria como herramienta para construir el futuro), con la que viajó a  Ayacucho para entrevistar a las víctimas de la violencia y pudo reconciliarse con el dolor causado por sus padres y la dureza de su infancia. Es este otro libro imprescindible para entender la complejidad de las múltiples derivadas emocionales que deja un conflicto como el peruano. Con lucidez y mucha honestidad, sin rasgo alguno de ingenuidad, Agüero se adentra en los dilemas morales del posconflicto, en las preguntas incómodas, en su propio papel de testigo y de heredero. Se interroga sobre su grado de complicidad, su extrañamiento y analiza las decisiones políticas que deberían ser tomadas en el debate de “lo que es justo” y “lo que debe ser recordado”. Agüero pone sobre la mesa la tensión central que estructura el país entero entre la memoria y la amnesia. El autor hace una profunda reflexión sobre la resemantización de las palabras, por ejemplo, el adjetivo “terruco/a”, de plena vigencia por su utilización como mantra de la derecha para deslegitimar cualquier movimiento ideológico que hable de memoria, de activismo o de medio ambiente (Verónica Mendoza y Máxima Acuña).

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La sangre de la aurora (Animal de invierno, Lima, 2013), aclamada novela de Claudia Salazar, narra la violencia desde la mirada de tres mujeres: la senderista, la indígena, la limeña de clase alta. Ya el comienzo de la novela es brillante, con una cita “feminista” de Marx, hallazgo que anuncia el tono cuestionador que recorre la obra. La tesis central pasa por igualar a las tres mujeres en su sufrimiento, de tal manera que hay una escena fundamental: la de la violación que padecen las tres de manera muy similar. No hay pintoresquismo ni falsa horizontalidad: cada voz está magníficamente individualizada y es coherente y creíble. Hay también mucha ironía sobre las escrituras anteriores del conflicto y sobre los retratos femeninos estandarizados. La novela profundiza en aspectos que habían sido siempre esquilmados: en el conflicto las mujeres fueron cosificadas permanentemente por todos los poderes. Si para la mujer senderista la militancia aparecía como posibilidad de empoderamiento (eran el 40% de sus militantes y el 50% de los miembros del comité central), acaba, en la mayoría de los casos, como víctima de la violencia sexual y asiste, además, el boicoteo que Sendero Luminoso hace a los movimientos feministas y al trabajo de las mujeres populares (el asesinato de María Elena Moyano es un ejemplo significativo). Las mujeres fueron, tanto para Fujimori como para Abimael Guzmán, parte de un juego de ajedrez. Así, la reivindicación feminista de Claudia Salazar es valiente en un espacio, el peruano, en el que hay más dimensiones conflictivas: raza, pobreza, idioma, religión, espacio mítico.

Cualquiera de los tres textos asume una mirada que no folkoriza, no victimiza y no juzga, es políticamente incorrecta en un campo ideológico en el que siempre se había propuesto el olvido como solución. Y aclara conceptos fundamentales para entender el Perú contemporáneo: la identidad chola, las formas de violencia simbólica, el racismo omnipresente, la distancia entre costa-sierra-selva, los prejuicios hacia la homosexualidad. A veces, la ficción explica la realidad mejor que la historia, la ficción es un buen camino para restaurar la memoria y para dar voz a los que no la tuvieron. 

Bibliografía y referencias:

Agüero, José Carlos, 2015, Los rendidos. Sobre el don de perdonar, Lima, Instituto de Estudios Peruanos (IEP)

Gavilán, Lurgio, 2012, Memorias del soldado desconocido, Lima, Instituto de Estudios Peruanos (IEP)

Salazar, Claudia, 2013, La sangre de la aurora, Lima, Animal de invierno.

Acerca de Ana Pellicer Vazquez

Profesora Carlos III de Madrid
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