Una crítica radical de lo ambiental

    La crisis ambiental que vemos materializarse en, por ejemplo, las altas temperaturas mundiales, las mega tormentas y ciclones, la deforestación de los bosques tropicales o el deshielo de los casquetes polares no es solamente una crisis de ciertos ecosistemas que tenga una solución técnica, o como algunos autores han llamado, una solución meramente “ingenieril” (Riechmann, 2005). Así algunos lo quieran negar, estamos en medio de una crisis estructural de la sociedad capitalista en cuanto a sus modos de producción y distribución de la riqueza (pobreza e inequidad), en sus formas de consecución de energías (eficiencia a costa de la contaminación) y en su modo de vida mayormente consumista (agotamiento de recursos y sinsentido social y cultural). Las múltiples dimensiones de la problemática ambiental se entrecruzan y se encadenan para hacer más difícil encontrar y concretar posibles soluciones o alternativas. Los modos de vida y consumo apalancan las demandas económicas y éstas a su vez impactan directamente en los recursos naturales necesarios para solventar dichas demandas, que provienen de las siempre nuevas necesidades creadas en la vida de las comunidades.

     Estamos llegando a un punto histórico límite en el que el mismo sistema social y económico asumido por la mayoría de las sociedades en el planeta está mostrando su cara más contradictoria y agresiva. La sobreexplotación de la naturaleza se vuelve contra los explotadores para señalar que la cosificación pone a la humanidad en su conjunto en el precipicio de la autofagia social (Jappe, 2017) o, lo que es lo mismo, del suicidio colectivo (Hinkelammert, 2015). La crisis ambiental que padecemos se da como efecto extremo de una racionalidad sobre-economizada que llega a ser antinatural en sus mismos fundamentos ontológicos: los entes que se convierten en basura. Parafraseando a Enrique Leff (2004), la desmesurada intervención del ser humano en los recursos naturales objetivados en el mundo socava las bases de la sustentabilidad de la vida en toda su complejidad y variedad. No se trata, por tanto, de la sostenibilidad del sistema a costa de fórmulas matemáticamente perfectas para poder conducir al sistema a un punto más elevado en la historia; se trata de la imposibilidad de la vida orgánica en el planeta frente a los excesos y la embriaguez del sueño moderno del progreso ilimitado. En palabras del mismo Leff: “[…] lo inédito de la crisis ambiental de nuestro tiempo es la forma y el grado en que la racionalidad de la modernidad ha intervenido el mundo, socavando las bases de la sustentabilidad de la vida e invadiendo los mundos de la vida de las diversas culturas (Leff, 2004, p. X).

     La tierra está pasando la factura y le está diciendo a las diferentes culturas y sociedades que existen límites y que si no se respetan esos límites la vida en general estará en peligro. Y aunque el tono en el que se escribe esta reflexión suene pesimista o apocalíptico, la verdad es que, según los cálculos de la mayoría de los ecologistas, nos quedan unos 11 o 12 años aproximadamente para no llegar a ese punto de no retorno (Andaluz, 2019). En ese punto la cantidad de CO2 que contiene la atmósfera puede llevar al colapso de los sistemas bióticos en una espiral de degradación medioambiental por sobrecalentamiento por el que la vida se vuelva inviable para la mayoría de las especies (Semana Sostenible, 2019).

      La situación mundial del medio ambiente es radicalmente preocupante, tanto en sus aspectos técnico-biológicos como en sus consecuencias humanas, políticas, económicas y culturales. Con base en lo anterior se necesita asumir una crítica radical que se dirija a las causas que han generado esta situación límite. Mucha gente ha visto con desconfianza las posturas radicales porque creen que conllevan intrínsecamente a manifestaciones de violencia e inflexibilidad. Sin embargo, en este caso, lo contrario a lo radical es lo superficial y lo superficial, en la cuestión ambiental, está constituido por posturas conservacionistas y neoliberales que no han entendido la gravedad del asunto ambiental y que defienden a cualquier precio el sostenimiento del sistema. Necesitamos de una crítica radical, pues radical y urgente es la situación ambiental y ya no tenemos el tiempo que se tuvo en los años setenta, donde el margen de maniobra era mucho mayor y se hubiera podido revertir mucho más fácilmente el calentamiento global.

     La postura de una crítica radical debe implicar algunos aspectos, tales como: hacer todo lo posible para responder ante los retos actuales y redireccionar o suprimir las causas (políticas y económicas sobre todo) que generan las consecuencias que estamos viviendo. Como segunda instancia; considerar cambiar modos de vida que sustentan las formas en que consumimos y demandamos recursos energéticos. Ya no es factible creer que estamos en un mundo casi vacío donde las consecuencias de nuestras acciones no van a afectar a los demás seres (Riechmann, 2005). En un mundo saturado, la responsabilidad recae en todos y sobre todo. Tal vez lo que se nos está develando es la necesidad de cambiar los modos de vida, para hacer transiciones a consumos responsables local y globalmente sustentables; y por último, procurar transiciones más efectivas y duraderas por la vías cultural en el campo educativo. Una educación ambiental que multiplique las alternativas ecológicas y enseñe una praxis liberadora y constructora de posibilidades de acción. Para esto es necesario la interacción y comunicación de la institucionalidad educativa formal con las experiencias no formales de educación popular, etnoeducativas y de los movimientos sociales, los cuales están enseñando caminos y demandas. Educación como campo de batalla cultural para la construcción de alternativas concretas de presentes-futuros viables.

     Las contradicciones del capitalismo han estallado en el centro mismo del sistema, en su miseria-opulencia, en su homogeneidad-diversidad, en su agotamiento-vitalismo. Esperemos dimensionar correctamente el reto que la crisis ambiental nos está fijando— reflejada bien en la última imagen—y no minimizar las responsabilidades, las acciones y las alternativas por asumir que nos corresponden en este momento histórico crucial y crítico.

Referencias bibliográficas

Andaluz, Javier (2019). Transformar el mundo, no el clima. En Conferencia llevada a cabo en Casa de las Conchas, Salamanca.

Hinkelamert, Franz (2015). Solidaridad o suicidio colectivo. San José: Ambientico.

Jappe, Anselm (2019). La sociedad autófaga. Capitalismo, desmesura y autodestrucción. Logroño: Pepitas de Calabaza.

Leff, Enrique (2004). Racionalidad ambiental. La reapropiación social de la naturaleza. México D.F.: Siglo XXI.

Riechmann, Jorge (2005). ¿Cómo cam.biar hacia sociedades sostenibles? Reflexiones sobre biomímesis y autolimitación. En: Isegoría. N° 32

Semana Sostenible (Abril 7 de 2019). El mundo enfrenta la mayor contaminación del aire en 3 millones de años. Disponible en: https://sostenibilidad.semana.com/medio-ambiente/articulo/el-mundo-enfrenta-la-mayor-contaminacion-del-aire-en-3-millones-de-anos/43719

 

Acerca de Diego Fernando Silva Prada

Docente de la Corporación Universitaria Minuto de Dios (UNIMINUTO), Bucaramanga, Colombia. Doctor en Ciencias Sociales, Magíster en Humanidades y Licenciado en Filosofía y Letras. Realiza estancia de investigación postdoctoral en el Instituto de Iberoamérica de la Universidad de Salamanca.
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