Uruguay en la nueva agenda posmaterialista: ¿hacia una mayor autonomía y disfrute de la vida?

Mi país es un país pequeño; si hubiera sido grande se diría ahora que la socialdemocracia empezó en Uruguay.
José Mujica, 2013

El final de lo que se llama delitos sin víctimas -penalizaciones por género o por usos y costumbres-, la legitimación de nuevos derechos -conquistados a partir de la eliminación de legislaciones moralizantes que pautaron la vida de los siglos anteriores- y la consolidación de la libre búsqueda de la felicidad personal, avanzaron desde la mitad del siglo XX en el mundo occidental y generaron un proceso que indica un cambio de sensibilidad y de criterios. Desempolvados del anaquel de lo prohibido durante la Iluminación, siguieron una trayectoria pendular que solo parece consolidarse en el siglo XX en algunos países del norte de Europa.

En la segunda década del siglo XXI, Uruguay parece generar un segundo polo de transformaciones a través de la aprobación de las tres grandes libertades que ha venido planteado la agenda de derechos en los últimos 50 años: legalización del aborto, final de las discriminaciones a las minorías sexuales terminando con las diferencias entre casamientos entre personas del mismo o de diferente sexo y legalización de la marihuana. Las mujeres ganan el derecho a elegir plenamente cuántos hijos tener, las personas pueden disfrutar de una vida afectiva y sexual sin sufrir ninguna limitación de acuerdo a las opciones que elijan y pueden finalmente elegir con que plantas relacionarse.

¿Por qué Uruguay asume un papel de vanguardia en este proceso de cambio de paradigma? José Batlle y Ordóñez, el presidente que sentó las bases culturales del Uruguay del siglo XX, supo muy tempranamente que Uruguay sólo podría distinguirse en el mundo “por lo racional y avanzado de sus leyes, por su amplio espíritu de justicia… y por la intensidad y brillo de nuestra cultura…”. Y actuó en consecuencia. En 1915 se aprobó la ley de 8 horas de trabajo, la ley de pensiones para la vejez e invalidez total en 1919, el descanso semanal obligatorio y la indemnización por accidentes de trabajo en 1920. En 1917 la constitución consagró la total libertad de cultos, culminando así el proceso de laicización que le permitiría al Uruguay adquirir rápidamente otros derechos: el derecho al voto de las mujeres, siendo las uruguayas pioneras en América Latina en el ejercicio del sufragio (1927); en 1907 y en 1910 el divorcio por causal y por mutuo consentimiento, agregándose en 1912 el divorcio por sola voluntad de la mujer.

Famoso por escribir dios con minúscula en sus editoriales del diario El Día, contaba ya con antecedentes importantes sobre los que actuar. El ascenso en los derechos de las mujeres y el divorcio no hubieran sido posibles, tal vez, sin las profundas reformas educativas que había planteado José Pedro Varela, quien propuso exitosamente una educación pública “laica, gratuita y obligatoria”. Varela ya había fundado un partido liberal radical democrático que postulaba la plena igualdad de derechos incluido el sufragio para la mujer. Batlle de alguna forma continuó un esfuerzo exitoso por separar tempranamente al Estado de la iglesia, afianzando valores democráticos que hicieron mucho más fáciles los cambios en Uruguay desde entonces hasta el presente. Era muy radical sostener en la segunda mitad del siglo XIX que:

“El ideal moderno es la democracia. El reino de los cielos ha bajado a la tierra. Ya no basta a la actividad humana un Dios como Júpiter, que permanece inmóvil en su trono, sin que los dolores y las alegrías de los hombres lleguen a conmoverlo” (José Pedro Varela 1866).

Su confianza en los individuos y su particular desconfianza en los políticos “iluminados” lo llevó a proponer el gobierno colegiado al estilo suizo:

“No es el problema de examen razonado, de discusión ilustrada, de esfuerzo común y armónico, de realizaciones levantadas y triunfales, que ha de cumplir una república. Si un hombre debe ser dueño de su destino ¡Cuánto más dueño del suyo propio debe ser un pueblo entero! Las más terribles desgracias de la Humanidad se debieron siempre al despotismo individual. Nuestros más crueles infortunios tuvieron también el mismo origen. La felicidad pública sólo florece y se perpetúa donde cada ciudadano es un ser consciente y libre, elemento efectivo de la soberanía, factor, por lo tanto, del destino de su nación” (José Batlle y Ordóñez 1916). (1)

Uruguay se destacó entonces, ya en desde el siglo XIX por la adopción de una serie de derechos sociales, políticos y laborales. El batllismo impulsó por un lado una política de incremento de derechos legitimando demandas de los sindicatos y de las feministas. Por otro encaró una serie de cambios destinados a evitar sufrimientos: prohibición de corridas de toros y riñas de gallos así como de otras formas de sufrimiento infligido a animales. Conjugó sensibilidad e innovación social. Liberalismo, republicanismo y centralidad estatal se dieron cita en un discurso democrático de reforma social que permitió al Uruguay ubicarse como la “Suiza de América”.

Como resultado, emergió una sociedad con la menor desigualdad en América Latina, con un sector conservador debilitado y una Iglesia sin injerencia significativa en la política. Los sectores populares fueron incluidos a la ciudadanía civil y política, al igual que en el peronismo y el varguismo, pero a diferencia de ellos, no fue a costa de la autonomía de las organizaciones sindicales y estudiantiles, tampoco emergió un liderazgo autoritario al estilo Perón o Vargas, por el contrario los líderes surgieron dentro de los partidos políticos y fueron contenidos por estos.

Como señala Panizza (1990), libertad, legalidad y laicidad se constituyeron en los puntos nodales de los proyectos políticos que se institucionalizaron en el Uruguay. En definitiva, se conformó en Uruguay una versión -limitada y modesta- de un Estado de Bienestar vinculado estrechamente al triunfo de la democracia representativa. De cualquier manera, los conservadores, dentro y fuera del Partido Colorado, lograron frenar el impulso batllista.

El presidente José Mujica, quien asumió en el 2010, volvió a poner a Uruguay en el mapa del mundo, a través de un nuevo salto en las políticas de derechos al que sumó la crítica al materialismo entendido como mero consumismo:

“Pareciera que hemos nacido sólo para consumir y consumir y, cuando no podemos, cargamos con la frustración, con la pobreza y la autoexclusión. (…) Una civilización contra la sencillez, contra la sociedad, contra todos los ciclos naturales. Pero peor, esta es una civilización contra la libertad que supone tener tiempo para vivir las relaciones humanas, lo único trascendente: amor, amistad, aventura, solidaridad, familia”. (2)

Mujica apeló, sin proponérselo, a los valores posmateriales. Siguiendo a Christian Welzel y Ronald Inglehart (2008) la nueva tríada sería: recursos de acción, valores de autoexpresión e instituciones democráticas. Las instituciones democráticas otorgan los derechos políticos y civiles que permiten a los individuos moldear su vida pública y privada de manera independiente; los recursos, en especial la educación, promueven el pensamiento propio; y la orientación participativa hacia la sociedad y la política, desarrolla la tolerancia y la igualdad.

Aquellos países con tradiciones democráticas consolidadas y alto nivel de PBI por habitante, que enfatizan los valores de autoexpresión, son también los que tienen en general un mayor nivel de confianza generada. No es casual entonces, que Uruguay sea uno de los países con mayor confianza en las instituciones: en particular en el acto de elegir los representantes en las urnas. También reciben evaluaciones positivas, es decir que superan el valor medio de 50, los medios de comunicación, el Presidente, la Suprema Corte de Justicia, el Parlamento, el sistema de Justicia y la Policía. Coherente con ello es una sociedad con alta confianza interpersonal (entre las cinco más altas de la región) (LAPOP 2012).

Al mismo tiempo, cabría esperar, una escasa creencia en la autoridad en general, y en la religiosa en particular. Esto se confirma pues los uruguayos tienen poca confianza en la Iglesia Evangélica y en la Iglesia Católica. Respecto a las Fuerzas Armadas, los uruguayos son bastante indiferentes y en general no declaran sentirse orgullosos de sus militares, presentando los niveles de confianza y orgullo en los militares más bajos del continente (LAPOP 2012).

Uruguay entró en la agenda de valores posmaterialistas: lo cual no supone abandonar la necesidad de resolver los problemas materiales de pobreza y bienestar objetivo, pero sí de ampliar el conjunto de derechos. En los últimos años se aprobó una de las legislaciones más amplia en el mundo en términos de protección al trabajo doméstico (2007 y 2011), la ley de salud sexual y reproductiva (que incluye la despenalización del aborto) y el matrimonio igualitario (ambos en el 2013), la adopción de niños por parte de matrimonios y uniones de concubinos y también de parejas homosexuales (2009); la admisión de homosexuales en las Fuerzas Armadas (2009), las acciones afirmativas en defensa de la igualdad de género (como las cuotas de participación en los cargos de elección popular) y de protección de las comunidades afrouruguayas (2013) y en el 2006 se dio inicio a un revolucionario plan para que todos los niños de las escuelas públicas tuvieran gratuitamente su propia computadora portátil (Plan Ceibal).

En 2013 se está debatiendo, con media sanción en el Parlamento, la legalización del consumo de marihuana, que podría quedar ya vigente en 2014. Estas propuestas surgieron de las demandas de organizaciones feministas, grupos pro legalización de la marihuana, grupos afrodescendientes, colectivos como Ovejas Negras y Proderechos, entre otros. Y encontraron en el Parlamento una caja de resonancia. Por su parte, Tabaré Vázquez (2005-2010) y José Mujica (2010-) fueron receptivos a las demandas planteadas por los diferentes actores y a los avances de los derechos en el mundo occidental, aunque el primero de ellos vetó la ley que legalizaba el aborto y no fue muy entusiasta en el resto de la agenda.

El reconocimiento del fracaso de la llamada “guerra contras las drogas” y la apertura al nuevo conjunto de valores constituyen otro componente de la agenda postmaterialista laica y se relaciona tanto con la legitimación del placer, como con la reducción de los daños y sufrimientos. Al mismo tiempo, supone un acercamiento a la naturaleza y el arte, pues son factores que en casi todo el mundo se asocian al uso de la planta. La legitimación de la marihuana dio un salto de proporciones con la globalización de la música en la década de 1960, y no para de avanzar desde entonces.

Su prohibición no tiene un justificativo sanitario diferente a la fracasada Ley Seca y como en los derechos anteriores solo cabe esperar su expansión a lo largo de este siglo. Por otra parte, la prohibición al auto cultivo sólo podría ejecutarse en la práctica a través de una grave intromisión estatal en la vida privada de las personas, un tipo de actitud para el que cada vez debe haber menos espacio en las sociedades democráticas. Aunque Mujica haya tomado esta bandera por razones diferentes -para terminar con el narcotráfico y erradicar la violencia en las calles- a las que movilizan a buena parte de los colectivos que promueven la legalización, el resultado termina por ser el mismo: más libertad individual.

La agenda uruguaya es todavía muy acotada y enfrenta prejuicios y desafíos especialmente desde los grupos y personas conservadoras, que se encuentran tanto en los partidos políticos de derecha, como de izquierda. A los conservadores les asusta el avance en materia de libertad personal y de igualdad de género. “Lo que más temen es un mundo en el que todos los valores tradicionales de la comunidad se disuelvan frente a una búsqueda sin fin de la autogratificación” (Mc Kenna 1993). Suelen apelar a la sensación de inseguridad personal que alimenta a la agenda materialista y esto se traduce en propuestas de ley para bajar la edad de imputabilidad y leyes que aumenten las penas. El conservadurismo no es una actitud exclusiva de la derecha política. Ha habido reacciones conservadoras también en las filas de izquierda, aunque ha sido el Frente Amplio el que ha aprobado los cambios institucionales (3). En particular, en lo que refiere al derecho a la gratificación sexual o a través de la marihuana, la actitud de reacción de los conservadores de todo el espectro político ha sido coherente.

Cabe plantearse cuáles serán los temas que deberían incorporarse a la nueva agenda. Algunos de ellos son: expansión de los derechos humanos y por tanto la penalización a las distintas formas de maltrato animal. Políticas de derechos ambientales que defiendan la vida silvestre y ayuden a frenar el cambio climático. Derechos sociales como la circulación en bicicleta por las ciudades, construcción de espacios peatonales y lugares de integración social y cultural, y en general políticas urbanas que enriquezcan la calidad de vida y la belleza de las áreas públicas. La asignación de un ingreso básico universal, porque ello supone más tiempo libre y menor dependencia del salario. La construcción de un sistema de cuidados a adultos mayores y a personas con discapacidad que libere a las mujeres de esa obligación social. Penalización de toda discriminación por cualquier causa, lo cual supone previamente hacer visible dicha discriminación.

Una reforma integral de la educación que tenga como objetivo un avance significativo de la calidad es una de las claves para el buen resultado de la implementación de la nueva agenda. Avanzar en ese camino puede generar conflictos con autoridades establecidas (en particular los sindicatos) e implica superar las resistencias que provienen de las representaciones corporativas, de izquierda, aunque no necesariamente progresistas. Valores y nivel educativo están íntimamente conectados: las persona que han alcanzado niveles educativos más altos son las que presentan porcentajes más altos de valores posmaterialistas, es decir que los efectos de cohorte que Inglehart atribuye a los crecientes niveles de riqueza son simplemente el resultado de los crecientes niveles de educación (Veira y Muñoz Goy 2010).

(1) Discurso pronunciado por José Batlle y Ordóñez en mayo de 1916 en la Convención Nacional del Partido Colorado.

(2) Discurso pronunciado en el marco de 68° período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas, Nueva York, 24 de septiembre de 2013.

(3) Un buen ejemplo de esta izquierda es el Ministro de las Fuerzas Armadas, Fernández Huidobro: “Está discutiendo la nueva agenda de derechos, que los homosexuales se puedan casar y cosas así. ¡Dejate de joder, hermano! Esa agenda la hacen Estados Unidos y la socialdemocracia europea, que inventaron ese radicalismo con las mujeres, los homosexuales, esto y aquello para no hablar de lo que importa realmente. Esa agenda no jode a nadie y somos tan giles que no lo vemos. El problema no está en si los homosexuales sí o los homosexuales no. El problema está entre los homosexuales ricos y los homosexuales pobres. Los homosexuales ricos no tienen ningún problema, nabo, no tienen ningún problema. El problema está en que hay ricos y pobres. Acá lo que pasa es que se olvidaron de la lucha de clases. ¡De la lucha de clases nada menos!”.

Referencias

Ingleheart, Ronald y Welzel, Christian. 2008. “The Role of Ordinary People in Democratization”. Journal of Democracy 19 (1): 126-140.

Lissidini, Alicia. 2002. “Uruguay y la centralidad de la política”. En Cavarozzi, Marcelo y Abal Medina, Juan Manuel. El Asedio a la política. Los partidos latinoamericanos en la era liberal. Rosario: Editorial Homosapiens.

Mc Kenna, Terence. 1993. El manjar de los dioses: la búsqueda del árbol de la ciencia del bien y del mal: una historia de las plantas, las drogas y la evolución humana. Barcelona: Editorial Paidós.

Panizza, Francisco. 1990. Uruguay: Batllismo y después. Pacheco, militares y tupamaros en la crisis del Uruguay Batllista. Montevideo: Ediciones de la Banda Oriental.

Queirolo, Rosario y Biodi, María Fernanda. 2012. Cultura política de la democracia en Uruguay y en las Américas: Hacia la igualdad de oportunidades. Nashville: Vanderbilt University, LAPOP.

Varela, José Pedro. 1886. Francisco Bilbao y el catolicismo. Montevideo: El Siglo.

Veira, José Luis y Muñoz Goy, Celia. 2010. “La difusión de los valores expresivos en el trabajo”. Configurações 7: 13-30.

Acerca de Alicia Lissidini y Eduardo Blasina

Alicia Lissidini es profesora adjunta en la Escuela Política de Gobierno de la Universidad Nacional de San Martín. Eduardo Blasina es ingeniero agrónomo por la Universidad de la República

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