Venezuela, moneda de oro

Sabemos que en Venezuela la gente pasa hambre, sabemos que un simple catarro puede ser una enfermedad de alto riesgo por falta de medicamentos e insumos básicos, hemos visto a millones de venezolanos, anfitriones natos ahora desalojados de su propia tierra, emigrar y ser recibidos/rechazados en masa como nunca antes en su historia, hemos contemplado incrédulos en tiempo real la muerte de cientos de venezolanos en las calles por manifestarse ante la situación dramática del país.

A estas alturas el mundo entero está al corriente de la dura crisis humanitaria, social y política de los venezolanos. Nadie ignora, como creo que suscriben buena parte de los analistas, que la principal lacra de este país rico no es el hampa, sino la colosal corrupción sin límite en torno a su oro negro en todos los sectores de la administración pública. Se trata de una crisis que ha desvirtuado las competencias de los poderes públicos de un sistema democrático ante la que casi todas las teorías parecen ser ciertas: corrupción endémica, tiranía, intervencionismo yankee y europeo, nuevo Irak en el Caribe, etc., más o menos en ese orden. Sea como fuere, lo más evidente es que los ciudadanos venezolanos son los únicos que están sufriendo desde hace tiempo la mutilación de sus derechos y libertades, el estrangulamiento económico, acorralamiento  militar y, ahora también, una delirante doble realidad (Maduro/Guaidó) cuya ambigüedad bipolar se extiende a las apuestas de los dos ejes maniqueos de presión internacional.

Cualquier observador externo o periodista en zapatillas puede visitar el país ahora mismo en plena crisis y echar un vistazo a la grave situación que viven los venezolanos, y luego, ya que está por ahí, relajarse un poco un par de días en cualquier hotel de playa paradisíaca o restaurante de lujo donde recibirá todos los servicios VIP por un precio irrisorio para un extranjero que tenga su nómina en dólares o euros, o por el sueldo de cinco años para quien la tenga en bolívares, que nunca alcanzará ahorrar, porque cuando lo consiga, ese servicio y otros realmente necesarios para subsistir costarán al menos setecientas mil veces más.

En los últimos tres años he tenido la impresión de que lo que sucedía política y socialmente en Venezuela (procesos electorales de fogueo, aparente clima de diálogo para ganar tiempo, duplicación de parlamentos y leyes, confusión de competencias institucionales, manifestaciones patrióticas en la calle para echar y/o defender a un presidente electo que se ha saltado las normas, el documento llamado Constitución comprendido como la partida de nacimiento del gobernante de turno, etc.), eso mismo pasaba casi tal cual al poco tiempo en Catalunya y, seguidamente, en España, con algunos efectos que parecían alimentar el reinicio del bucle, algo así como un choque múltiple en una rotonda cubierta de hielo.

¿Qué tienen en común la historia política reciente de estos tres países (traduzco aquí “país” del catalán)? Me arriesgo a decir que el método. Sí, usando una metáfora doméstica, algo así como la reparación autodidacta del fallo de la caldera de casa a través de piezas y pasos sacados de un tutorial de internet (o de mi primo físico), que encajan perfectamente en la imaginación pero en la realidad terminan taponando al poco tiempo la válvula de tres vías, causando al cabo de un lustro una gran explosión de la que apenas se salvan los que no estaban en casa. Un método que bien podría llamarse: la chapuza nacional. A lo mejor el problema es el método…

Pero ese no es el tema ahora, lo que resulta preocupante en este instante es el penoso espectáculo de los líderes políticos en torno al “caso Venezuela”, especialmente los de España y Estados Unidos. El afán por sacar tajada del derribo de las estatuas de Bolívar en todas las plazas principales de las ciudades de Venezuela no tiene límites, algo que esta vez no sucederá tras la inminente ocupación de Estados Unidos (como en ediciones anteriores) porque el mismo gobierno de los herederos del “comandante eterno” (a quien tanto los chavistas como la derecha reaccionaria confunden con el propio Bolívar) se ha encargado de destruirlo todo.

Sabemos que es inmoral, pero eso importa poco o no parece decir nada. Por ello mismo, han quedado más que retratados los líderes políticos que intentan obtener rédito convirtiendo en espectáculo la agonía de un pueblo. (Digo los políticos con intenciones explícitas, no las multinacionales claro, tampoco vamos a ser conspiranoicos y creer que ha sido intencional la prodigiosa casualidad de una popular marca de cerveza, cuya publicidad con el eslogan “reconozcamos lo bueno” aparecía en un popular diario español el pasado 4 de febrero, justo encabezando la noticia sobre el reconocimiento de Guaidó por parte de un popular país europeo). Los chavistas-maduristas (de Venezuela y España) bailan al vergonzoso son arrebatado de su líder en la tarima, tan solo unas pocas horas después de la muerte de más de 40 personas que se manifestaban pacíficamente en esas mismas calles. Los trumpistas (de España y Venezuela) se ponen la medalla de la ayuda humanitaria antes del abordaje. Lejos de preocuparles, se ven orgullosos en sus respectivas fotos. Lo evidente es que los que sufren son los ciudadanos venezolanos y lo que más temor da es que tras sus apaños los líderes políticos de ambos bandos parecen creer que todo es coser y cantar, por lo que han dejado de hacerle mantenimiento a la caldera.

Acerca de Reynner Franco

Profesor de filosofía en la Universidad de Salamanca
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